Hay diferencias

Don Víctor: Empiece usted por comparar esto con cualquier Virgen con el Niño a la puerta de casa, de un Murillo, y obtendrá prácticamente la respuesta a todo.

Don Hugo: Cómo celebro que sea usted tan concreto, don Víctor, porque es que después de discutir con Cuenca, Planes-Bellmunt y Lacasa sobre Manierismo y Barroco, salimos de allí sin que hubiera conseguido aclararles que básicamente no hay Renacimiento fuera de Italia y que el Renacimiento de todos sus vecinos es ya, en realidad, Manierismo.

Don Víctor: A primera vista, lo más inmediato para aclarar la diferencia entre los estilos manierista y barroco estriba, para el primero, en lo rebuscado, lo poco natural, lo artificioso, lo excéntrico, la descompensación de equilibrios en la composición, la distorsión de las proporciones y la alteración arbitraria de la perspectiva, en definitiva la sofisticación intelectual. El Barroco, por su parte, se cifra en una teatralidad que seduzca a la sensibilidad popular: el pueblo se reconoce en esos apóstoles callejeros, en esos santos pordioseros, tanto como en su vírgenes morenas.

Don Hugo: Sí, claro, pero cómo distinguirlos cuando coinciden en tantas cosas: torsiones atormentadas por mor de la expresividad teatral, la sorpresa, la paradoja, el gigantismo, la transgresión de las prescripciones clásicas….

Don Víctor: Es el espíritu que anima sus obras lo que nos permitirá distinguir uno de otro. ¿No ocurre otro tanto a menudo con el Neoclasicismo y el Romanticismo en pintura?

Don Hugo: Creo que ahora me ha quedado bien claro. ¿Querrá usted creerme que ante una pintura como ésta, destinada a príncipes mecenas y a sesudos intelectuales, me estoy sintiendo como succionado por esa acelerada perspectiva que nos acerca a la columnata?

Don Víctor: ¡Agárreme usted, don Hugo, que me da vueltas la cabeza!

Dos infiernos

Don Víctor: Pero entonces, don Hugo, dígame usted: al final, ¿con quién se quedaría, con Pasolini o con De Sica?

Don Hugo: Hombre, don Víctor, la cuestión no es fácil y obliga a un viaje a los infiernos, que es el lugar maldito donde ambos coinciden.

Don Víctor: Si tomamos en consideración “El ladrón de bicicletas”, hallaremos a un proletario honrado, amante de la familia, que quiere salir a flote, a pesar de que la fortuna se obstine en castigarlo y hacerlo fracasar…

Don Hugo: … mientras que en “Accatone”, el protagonista es un ser despreciable, vago, ladrón, marrullero y rufián, para más inri.

Don Víctor: De Sica nos hace visitar ambos infiernos cuando Antonio Ricci, su protagonista, se adentra en aquel arrabal poblado de pícaros y maleantes que viven al margen de la Historia.

Don Hugo: Si no es por su hijito, que consigue traer al guardia, allí dan buena cuenta de él aquellos malvados. También salvará a su padre de que lo lleven preso al final de la película.

Don Víctor: Ese niño redentor falta en Pasolini.

Don Hugo: A veces tengo la impresión de caminar por la vida de la mano de ambos: de Vittorio, que nos confirma la Resurrección de Cristo y de Pier Paolo que tanto se va doliendo de que no resucitara.

Don Víctor: Mi mancava qualcosa.

Bastardía

Don Hugo: Escuche un momento, don Víctor, que luego seguirá usted con “Camino”. Fíjese en lo que dice Edmundo el Bastardo: “¿Acaso la configuración de mi cuerpo no se halla bien proporcionada, no atesora mi ánimo largueza y no resultan mis hechuras agraciadas…?”

Don Víctor: Hombre, don Hugo, tiene mucha razón el chico… No por bastardo ha de ser necesariamente inferior a nadie.

Don Hugo: Calle, calle, que va más allá; “… el lúbrico y furtivo acecho de la Naturaleza nos dota de mayor fuste y más señalado brío frente a aquellos otros engendrados en un lecho zonzo, rancio, murrio, estirpe de afeminados pisaverdes, concebidos en borroso duermevela”.

Don Víctor: ¡Alto, alto, don Hugo! No se nos suba a las barbas el mozo. No todos los matrimonios legítimos son ajenos al amor. ¿Qué van a decir Dolores y Julita si nos oyen?

Don Hugo: ¡Qué van a hacer sino reírse!… No pretenda usted que Shakespeare escriba tan bien como monseñor Escrivá… Y mire usted además cómo remata la faena: “¡Qué hermosa palabra, “legítimo”!… Mas si mi treta prospera, Edmundo el Bastardo prevalecerá sobre el legítimo. Crezco yo, medro yo. Así pues, dioses, ¡sostened a los bastardos!”

Don Víctor: Ah, claro, ahora comprendo, don Hugo, que no debí haberme indispuesto con usted cuando, en el Ateneo, me presentó a los socios como “primo suyo… ¡por línea bastarda!”

Don Hugo: Claro, hombre, ¡es todo un mérito!

El canon atlético

Don Hugo: ¿Recuerda usted, don Víctor, lo bien que lo pasaron las señoras en aquella “descente de la Dordogne”?

Don Víctor: Sí, qué bien se les daba remar. ¡Y yo me sentía como nunca!, ¡qué viaje tan tonificante, qué acampadas y qué restaurantes maravillosos!

Don Hugo: Ha sido de los mejores, como para una de esas poesías de Rubens, tan sensuales.

Don Víctor: Allí estábamos de remeros. ¿No decía él que los cuatro físicos más bellos en su época eran los luchadores, los porteadores, los bailarines y los remeros?

Don Hugo: Claro, se trata de aquellos oficios que trabajan tanto el tren superior como el inferior y, por tanto, se volvían escultóricos, clásicos, y dignos de ser pintados.

Don Víctor: Hoy en día, don Hugo, ¿qué barqueros ni porteadores quedan?

Don Hugo: Han sido sustituidos por remeros olímpicos y halterófilos.

Don Víctor: En cambio, siempre ha habido luchadores y bailarines, que viven de la exhibición corporal.

Don Hugo: Siempre sostuve que el deporte vino a colmar la carencia estética que generó la Revolución Industrial.

Don Víctor: Yo aún me animaría a que volviéramos a ejercer de remeros. ¿Qué le parecería una travesía con las señoras desde el puerto de Ibiza al de San Francisco de Formentera?… un día en que no haya olas, claro está.

Catherine Deneuve en los Infiernos

Don Víctor: Claro, don Hugo, pero a ver qué escultor se puede permitir fundir en bronce una obra de cuatro metros de alto para que luego se quede muerta de risa en un taller y él teniendo que pagar encima el alquiler. Mi hijo Francisco sólo puede trabajar por encargos a partir de anticipos a cuenta.

Don Hugo: Siempre tuvo ventaja el pintor a la hora de innovar… lo suyo es tan barato que puede acumular pruebas en su taller mientras da salida a los encargos de sus clientes.

Don Víctor: Pero a su hijo Luis le ocurrirá otro tanto: si no hay comitentes, no hay edificio.

Don Hugo: Fernand Léger, pintor y cineasta, entendió como ninguno la encrucijada en la que se vio el cine: o exploraba el inconsciente y el mundo mágico, condenándose a lo minoritario, o se convertía en espectáculo de masas y, por tanto, en un arte industrial.

Don Víctor: Buñuel, sin embargo, tiene la osadía de intentar conciliar ese modo de producción industrial, que implica un capital, una gestión, una legión de técnicos y auxiliares y unos actores bien pagados, con la expresión del mundo subconsciente, cifra de su arte.

Don Hugo: Hacer arte y llenar los cines… ¡”Belle de jour”!

Don Víctor: Es cierto, desde este punto de vista es la más completa, la más redonda y la más popular de todas sus películas.

Don Hugo: Participa además de la modernidad internacional del París de entonces.

Don Víctor: Y de una Catherine Deneuve, que es epítome de la elegancia y conocida en todo el planeta.

Don Hugo: Otro ingrediente, nada desdeñable, de ese éxito al que aludimos, estriba precisamente en el contraste social entre la dama de la alta burguesía y el ambiente vulgar y sórdido del burdel. El encumbrado glamour descendiendo hasta lo clandestino.

Don Víctor: Bien claro lo dejó dicho el propio Buñuel, que, independientemente de que tenga calidad o no, su éxito se debió a las putas.

El otro cuero

Don Víctor: Ayer, en el youtube vi una entrevista antigua de la Televisión Española a Atahualpa Yupanqui. Dijo cosas muy bellas, pero se me quedó esta frase: “Un amigo es uno mismo con otro cuero”.
Don Hugo: Cómo se ve que Atahualpa se crió entre caballos y vacas.
Don Víctor: Sí, al parecer, la definición no es suya, sino que la oyó de niño a un gaucho viejo, un tal don Leiva.
Don Hugo: La cuestión no consiste en diferenciar amistad y relación amorosa, su relación conmigo y su relación con Julita, por ejemplo…
Don Víctor: ¡Menos mal que usted, don Hugo, nunca personaliza y se mueve siempre en el plano de la abstracción!
Don Hugo: En la amistad la compenetración se da en los ámbitos intelectual y afectivo, donde tantas cosas se comparten.
Don Víctor: Como dentro de la familia, por otra parte.
Don Hugo: Claro, don Víctor, me viene a la memoria aquella definición tan chusca de Gloria Fuertes sobre el amor: “Es cuando quieres a alguien que no es de tu familia”. La amistad sería, en esta perspectiva: “cuando quieres a alguien que no es de tu familia y con el que no quieres casarte”.
Don Víctor: Maxime Le Forestier, evocando en una de sus canciones al hermano que nunca tuvo, le dice: “Hubiéramos sido como dos amigos que se parecen”.
Don Hugo: Como usted bien sabe, don Víctor, siempre he mantenido que sólo puede discutirse y debatir con otro que esté de acuerdo con uno en al menos el noventa y cinco por ciento. El amigo comparte con nosotros el noventa y siete por ciento, aproximadamente.
Don Víctor: En definitiva, que se trata de un alter ego.
Don Hugo: Mi ego en otro cuero, con el que confrontar, platicar, compartir. Y a la postre, que haya feed-back.
Don Víctor: Dos amigos son como dos cíclopes que caminaran juntos. Cada uno mira desde un único punto de vista, muy próximo al del otro; y con facilidad se ponen de acuerdo en su objetivo. De esa estereoscopia nace el acierto, la identificación, la distancia justa, la corrección de las coordenadas.
Don Hugo: Claro, don Víctor, no se puede expresar mejor. Esa estereoscopia que usted menciona es la plasmación de la concordia.

Rugby

Don Hugo: No le dé usted más vueltas, don Víctor. El chico es de la estirpe de Alejandro. ¿Qué nudo gordiano ni qué porras? ¿Voy a estar yo perdiendo el tiempo tirando de un cabo y luego del otro, como si aquello fueran los cubos de Rubik? Le meto un tajo y Sanseacabó.
Don Víctor: No lo crea usted, don Hugo. El muchacho que, jugando al fútbol, decide coger el esférico con las dos manos y arrea a correr, hurtando el cuerpo al rival, hasta colocarlo en la portería contraria, más que alejandrino, encarna el afloramiento del sustrato céltico, mayoritario en su nación, por mucho que lo quiera disciplinar el ordenancismo germánico. Lo que en el fútbol es falta, aquí es norma.
Don Hugo: Me ha convencido usted, don Víctor. Lo veo claro, tanto es así que ahora me explico el por qué de la forma apepinada del balón de rugby. ¿Para dónde botará? ¡Qué incierto, qué imprevisible!
Don Víctor: El entrelazo céltico que adorna los pergaminos de los monasterios, configura las trenzas de Iseo la Rubia y teje los entrechats de las jigas.
Don Hugo: William Webb Ellis es, hasta el momento, el último héroe celta.
Don Víctor: De la estirpe del rey Arturo y no de la de Alejandro.

Y vio que era una elipse

Don Víctor: Ya estamos aquí, don Hugo. Ahora dígame usted en qué consiste ese gran shock del que me viene previniendo.
Don Hugo: Mire usted en derredor suyo mientras escucha lo que nos confía Shakespeare: “Los cielos, los planetas, los hombres / respetan la autoridad, / observan la jerarquía / y permanecen en su espacio propio”.
Don Víctor: ¡Atiza, don Hugo! Aunque los eruditos mantengan que nunca estuvo en Italia, para mí que esta proclamación sólo pudo suscitarla la contemplación de este espacio donde ningún elemento mantiene su lugar, todos se disputan la atención y se desafía la tratadística de Vitrubio y Alberti.
Don Hugo: No tenga usted duda, don Víctor, de que Shakespeare estuvo aquí y eso lo hizo más clarividente y consciente de las mudanzas de su tiempo: Lutero, Calvino y Enrique VIII, Copérnico, Maquiavelo, el saco de Roma y el descubrimiento de América, para decirlo en dos palabras.
Don Víctor: Muy bien, don Hugo, pero permítame que me siente en este escalón que, sin llegar a mareo, estoy sintiendo una desazón como si el planeta se estuviera saliendo de su órbita.
Don Hugo: Yo también me siento con usted, don Víctor, porque vienen curvas.
Don Víctor: ¡Piedad, don Hugo!
Don Hugo: Prosigo con el monólogo de Ulises. Escuche: “Preeminencia”.
Don Víctor: Calle, calle, don Hugo. ¿No ve usted que aquí concurren tres escaleras de igual anchura que acaban todas reducidas a una igual de estrecha para ajustarse a un único umbral?
Don Hugo: “Ritmo”
Don Víctor: ¡Obsesivo en los paramentos con repetición de ventanas ciegas y columnas pareadas! ¡Un ritmo enfermizo, de pesadilla!
Don Hugo: “Proporción”.
Don Víctor: ¿Qué proporción hay aquí si la escalinata parece brotar incontinente de la puerta, derramándose en abanico para rebosar este ámbito?… Calle, calle, no siga, don Hugo.
Don Hugo: ¡Valor, don Víctor, que ya queda menos para acabar la cita!… Sigamos: “Armonía”
Don Víctor: Usted gana, don Hugo… Repare en la acumulación excesiva de las más variadas formas y motivos: escalones curvos, balaustres y volutas elongadas, cornisas y dinteles… sin equilibrio entre la lisura de los paramentos y los dinámicos volúmenes a ellos aplicados.
Don Hugo: “Forma”
Don Víctor: ¿Qué son esos muros que retroceden injustificadamente para que las columnas se empotren aprovechando ese caprichoso retranqueo, como también hacen las ménsulas?… cuando éstas deben sobresalir del muro, por definición, y aquéllas, adosársele y consolidarlo.
Don Hugo: ¡El mundo al revés!… pero vayamos más adelante: “Función”.
Don Víctor: Claro… pues aquí, en cambio, las columnas, en lugar de apoyarse en el suelo, se asoman al abismo, reposando en ménsulas para contravenir su función tectónica.
Don Hugo: “Lugar”.
Don Víctor: Con un zaguán tan exiguo, ¿a quién se le pudo ocurrir, sino a Buonarroti, embutir un decorado tan aparatoso y desconcertante?
Don Hugo: ¡Bien que le tuvo que gustar al signor Medici! Y es que el entusiasmo de Miguel Ángel los llevaba por la nariz . Il les menait par le bout du nez, como dice el bueno de Dupré… pero aún nos falta la conclusión de la frase: “¡Y todo en orden!”
Don Víctor: ¡Orden, orden! Ja, ja, ja. Con el señuelo de la simetría, tapa las bocas a los insensibles incautos, guiña un ojo a los compinches y se mofa de los circunspectos catones.
Don Hugo: Creo, don Víctor, que Shakespeare es consciente de que la armonía renacentista del círculo, irremediablemente, se mueve hacia la aberración de la elipse, y que él mismo es producto y agente de ese proceso.

Don Víctor: ¡Como el propio Miguel Ángel!

El millonario necio, el escritor fantástico, el pintor surrealista y el cantaor payo

Don Víctor: Pues ahora este Musk está entusiasmando a media humanidad con que vamos a colonizar Marte.
Don Hugo (cantando:) Procurad curar los males / que hay en la Tierra, / hombres que tenéis tanto talento. / Procurad curar estos males / y dejad a la luna quieta / porque no se mente con nadie, / lo mismo que sus planetas.
Don Víctor: Le he dejado acabar el fandango, don Hugo, porque sabía que me iba a emocionar y, además, que si a alguien imita usted bien es a Pepe Pinto. ¡El mismo fiato! Lleva más razón que un santo, ¡a qué hablar de cosas tristes!… Sigo cantando con usted (da palmas).
Don Hugo: ¡La culpa de todo es de Julio Verne!…
Don Víctor: Cantemos por fandangos naturales con Pepe Pinto, por favor, don Hugo.
Don Hugo: … Bien claro lo dejó dicho Dalí, que la quimera que inoculara Julio Verne en el imaginario colectivo desvió nuestras energías y nuestro dinero de lo que hubiera debido ser el objetivo de la ciencia: curar el mal en la Tierra.
Don Víctor: ¡Maldito “Viaje a la Luna”!
Don Hugo: Ahora sí, don Víctor. (cantando:) Odios y rencores, / el mundo se ha convertío en odios y rencores.
Don Víctor y don Hugo (cantando:) Cada día estoy más convencío / que los talentos mayores / son los que no tienen buen sentío.

Imperialistas

Don Víctor: ¿Pero usted cree, don Hugo, que nos concederán una audiencia con la embajadora así por las buenas?
Don Hugo: Hoy sólo venimos a solicitar una cita cuando le venga a ella mejor. Lo que no sé es si nos conviene revelar de antemano el motivo de nuestra visita o si, por el contrario, sería contraproducente.
Don Víctor: No, don Hugo, es imprescindible desde el primer momento declarar el motivo.. No podemos sorprender, mediante engaño, la confianza que sin duda nos dispensará.
Don Hugo: De acuerdo, don Víctor, creo que lleva usted razón. ¿Qué le parece esta fórmula: “Conscientes de haber pecado por atolondramiento y soberbia contra la generosidad de la nación norteamericana en su denodada lucha contra los monstruos del odio, la irracionalidad y la tiranía, en su infinita variedad, acusándola de mercachifle, ignorante, zafia, infantil…
Don Víctor: ¡Imperialista!… ¡lo peor de todo!
Don Hugo: …suplicamos su perdón y nos ponemos nosotros mismos y la fundación que representamos a la entera disposición de Su Excelencia en cuanto podamos hacer por reparar este deplorable desvío, del que hemos tardado tantos años en ser conscientes”.
Don Víctor: ¿Cómo puede nadie seguir usando el remoquete de “imperialista” contra los yanquis, que no se meten ya con nadie, ahora en que se agitan, cada vez más belicosos, los ayatolás del Imperio persa, el nuevo Zar del Imperio ruso, el nuevo Emperador chino, el nuevo Sultán turco…
Don Hugo: … e incluso algún aprendiz advenedizo como el Kim Jong Un…
Don Víctor: … o el virrey don Nicolás?
Don Hugo: Y no olvide usted la India misteriosa que se arma, como todos por otra parte, hasta los dientes.
Don Víctor: ¿Será que Oriente, que alumbró la luz primera, vuelve ahora para sumirnos en las tinieblas con algún nuevo Jerjes a su cabeza?
Don Hugo: Occidente creyó que ya podía descansar sobre sus laureles, abatidos el león de Nemea y la Hidra de Lerna, preso el Can Cerbero, domado el toro de Creta y capturado el jabalí de Erimanto…
Don Víctor: Sí, sí, pero no llegó Heracles a eliminar todas las aves del Estínfalo y las que sobrevivieron siguieron envenenando con sus excrementos vastas regiones del planeta…
Don Hugo: … a lo que se añadió que no se arrodillara para limpiar a fondo, con estropajo y Vim, los establos de Augías.
Don Víctor: ¿Quién nos lo iba a decir a nosotros, don Hugo…? ¿Recuerda usted que en aquella primera comunicación que tuvimos, pusimos a caldo a los gringos por su decadente cine hollywoodiano, todo ruido, efectos especiales y violencia gratuita?
Don Hugo: Lo recuerdo, don Víctor, lo recuerdo… ¡Cómo añoro ahora aquellas películas del Oeste!