Género ínfimo

Don Víctor: El abuelo porfiaba en su decepción cuando Isabelita Bru se rebajó a interpretar algunos papeles de aquellos que llamaban sicalípticos, ¡sin que enseñara nada la pobre!, sino por aquellos ingeniosos equívocos tan atrevidos de principios de siglo.

Don Hugo: Pues, según tengo entendido, la muchacha estaba de muy buen ver.

Don Víctor: Y, en cambio, mi madre, que era tan catolicona, no encontraba mal aquello y, por el contrario, muy graciosas tales procacidades, que el paso del tiempo ha acabado por convertir en inocentes.

Don Hugo: ¡Cuánto más tuvo el género ínfimo de verbal que de visual y qué provocación tan vanguardista que se autoproclamara “ínfimo”!

Don Víctor: Lo más insignificante y lo más bajo de las categorías del espectáculo teatral.

Don Hugo: ¡Como que no tiene honra ni aspira a adquirirla, lo cual le faculta para tomarse todas las libertades!

Don Víctor: Tanto es así que contribuyó a la desintegración del género chico en las variedades y en la nueva piel de la revista.

Don Hugo: Hay un clasismo innegable, ¡que viene de antiguo!, por el cual lo cómico y lo popular son, por definición, claramente inferiores a drama y tragedia, géneros elevados.

Don Víctor: Y, sin embargo, ¿no vale más un buen sainete de Ricardo de la Vega, dinámico, ingenioso, gozoso, que, por ejemplo, un drama de Marquina, torpón, espeso y afectado?

Don Hugo: Si lo tiene dicho Cervantes, don Víctor… ¿Se acuerda usted del prólogo a sus entremeses nunca representados? Le regalé aquel libro el día de su jubilación.

Don Víctor: Sí, es verdad, no le dije entonces que eché en falta en aquel volumen “El hospital de los podridos”.

Don Hugo: Es que esa obra se la atribuyeron después. Pero, recuerde cómo defendía sus comedias y los versos de arte menor con que estaban escritas: “que no tienen necedades, y que el verso es el mismo que piden las comedias, que ha de ser, de los tres estilos, el ínfimo”.

Experimento al alba

Don Víctor: Ya estamos aquí, don Hugo. Son las seis y media de la mañana y nos hemos venido hasta la Plaza de España, como usted quería. ¿Cuál es el experimento que necesita tan severas coordenadas?

Don Hugo: No le haré esperar más, don Víctor. Debe usted hacerme tres preguntas relativas a manifestaciones artísticas bien conocidas de los dos, por lo menos desde antes de que reformaran esta plaza.

Don Víctor: ¿No me va a pedir nada más?… ¡Eso es de lo más fácil!… Bien, vayamos con la primera… Antes de que reformaran la plaza… A ver, ¡ah, sí! ¿Qué opinión le merecen las performances de Najwa Nimri?

Don Hugo: ¿Sus performances?… Nada, don Víctor, para mí sigue siendo “Nada” Nimri. Son ejercicios de intelectualismo vacuo y presuntuoso.

Don Víctor: Retrocedamos entonces en el tiempo. Juzgue usted ahora la prosa de Gabriel Miró.

Don Hugo: ¡Gabriel Miró!… Cómo puede estar tan olvidado hoy en día. Su prosa es el arte de un orfebre acompañado del vigor de un escultor clásico, algo así como un Benvenuto Cellini de la escritura.

Don Víctor: Le haré la tercera, remontándonos más lejos. ¿Qué efecto le produce escuchar a las Walkirias cantando en su propio idioma walhallesco y no en buen alemán?

Don Hugo: El de la puerilidad más monumentalmente ridícula del mundo.

Don Víctor: Pero, don Hugo, ¿qué ocurre? Le veo a usted consternado y caviloso.

Don Hugo: No, don Víctor, si en el fondo casi me temía esto. Ocurre que mi visión crítica de las cosas no parece haberse modificado, ni siquiera en la matización del gusto artístico.

Don Víctor: ¿Y eso le preocupa tanto cuando, en realidad, está evidenciando unos sólidos criterios, a cubierto de modas y esnobismos?

Don Hugo: Sí, eso es cierto, pero me pesa el comprobar una vez más que nuestra libertad es mucho menor de lo que pretendemos y que tiene razón el cabezón de Goethe cuando afirma…

Don Víctor: ¿Dónde, en el Werther o en el Fausto?

Don Hugo: No, una vez más en “Las afinidades electivas”, que es la obra que más me gusta a mí… cuando afirma que “carácter, individualidad, inclinaciones, orientación, localidad, cercanías y costumbres forman juntos un todo en el que cada hombre se mueve como en su elemento, en su atmósfera, allá donde únicamente se encuentra cómodo y a gusto” y añade que “sigue sin mudar al cabo de muchos años”. Mire si estuvimos clamando durante tanto tiempo para que reformaran esta plaza y, hoy, sigo pensando las mismas cosas.

Don Víctor: ¡Sursum corda, don Hugo! Cante conmigo, que vamos a despertar a los del hotel RIU. (cantando:) Hojoroho! Hojoroho!

Don Hugo y don Víctor (gritando:) Heiaha! Heiaha!

¿Digital o analógica?

Don Hugo: ¿Digital o analógica?… Ésta es la cuestión. He aquí el dilema.

Don Víctor: ¿Qué hace usted con esa urna que parece funeraria, don Hugo?

Don Hugo: Usted, don Víctor, ¿querría que lo incineraran o prefiere la inhumación de toda la vida?

Don Víctor: Don Hugo, ¡por amor de Dios!… ¿es que ha tenido usted noticia grave sobre mi salud?

Don Hugo: Tranquilícese, don Víctor, que no hay nada de eso. Le hablo a futuro. ¿Qué le parece lo de la urnita?

Don Víctor: Muy desagradable. Tengo la impresión de que se trata de acelerar la desaparición de todo rastro de nuestra existencia.

Don Hugo: Yo lo veo como una manifestación más de esa alarmante compulsión a que actuemos como si a nuestras espaldas no hubiera nada, ningún pasado que nos precediera ni nos condicionara. Nada que respetar ni recordar, ninguna enseñanza que buscar. Ningún recuerdo que venerar…

Don Hugo: ¡Vamos, que nos quedamos sin cementerios!, ¡y todos al limbo, que nadie sabe dónde está!

Don Víctor: Sí, ¡ahí con los niños sin bautizar! Anda que no he perdido yo fotografías y otros documentos, irrecuperables ya, en la famosa nube…

Don Hugo: Quien viaja desprovisto de pasado, carece de visión de futuro. Su mirada se sabe tan corta que apenas es capaz de prever más allá del día a día, como cuando en el coche seguimos las indicaciones del GPS, que nos va indicando el camino, sí, pero kilómetro a kilómetro, y hurtándonos la visión de conjunto…

Don Hugo: … como las migas de Pulgarcito… ¡Ay, cuánto añoro los mapas de carreteras!

Don Víctor: ¡Cuánto tiempo nos lleva crecer físicamente y sobre todo intelectualmente como para desaparecer totalmente en un minuto! Se rompe la proporcionalidad. A mí me gustaría volver a la tierra lentamente, de manera gradual y “analógica”.

¡Pobres pobres!

Don Víctor: Pero, don Hugo, ¿qué mosca le ha picado a usted ahora? Ya teníamos hecho el esquema de la pieza; había versificado usted el primer acto y un cuadro del segundo; hemos hablado ya con mi nieto Miguelito; Dolores y Julita están encantadas con sus papeles; incluso Celia está muy divertida con hacer la alemanota; y, para colmo, Dupré nos ha asegurado su presencia en Madrid durante esos días para su breve papel de Felipe II.

Don Hugo: ¡Que no, don Víctor, que no paso de aquí! Vaya usted eligiendo otro tema para otra obra, pero le prevengo: ¡no caigamos en la misma trampa!

Don Víctor: ¡No acierto a explicarme a qué viene este cambio de humor cuando todo marchaba sobre ruedas!

Don Hugo: Y menos mal que no me limité a ocuparme de los decorados, porque en ese caso no me habría enterado del desvío de Jeromín.

Don Víctor: ¿Y qué desvío del pobre chico es ése?… ¿Que se desentendió de su madre biológica, la teutona Bárbara Blomberg, pagándole con la misma moneda?

Don Hugo: De ninguna manera, siempre intentó reformarla y que abrazara las buenas costumbres… pero, respóndame: ¿quién lo crió a sus pechos?

Don Víctor: La plebeya, Ana de Medina, la viuda de aquel violista… ¡el papel de Julita!

Don Hugo: Sí que la quiere usted bien… ¿Quién se ocupó de llevarlo a la escuela de Leganés, a aprender las primeras letras?

Don Víctor: Pues, ¡Julita!… digo, ¡Ana de Medina!

Don Hugo: ¿Quién le dio antes su cariño de madre?

Don Víctor: Que sí, don Hugo, que sí…

Don Hugo: ¿Quién le inculcó con su ejemplo y su amor la modestia, el respeto y la obediencia a los mayores, así como la religión católica?

Don Víctor: Todo eso lo hizo la buena Ana. ¡y qué bien completaron esa educación doña Magdalena de Ulloa, que lo envió a Alcalá, y su marido, don Luis de Quijada, que lo adiestró en las armas, y ambos en los secretos de la cortesía áulica!

Don Hugo: ¿Y le parecen esos últimos valores superiores a los anteriores, sin los cuales nunca podrían darse? ¿Cómo Jeromín, el gran don Juan de Austria, pudo llegar a olvidar de ese modo a Ana de Medina?… ¿o es que acaso va a aparecer siquiera de comparsa en nuestros actos tercero y cuarto? ¿No pienso colaborar, dramáticamente, en esta injusticia histórica que ignora al pobre!

Don Víctor: Hoy está usted imposible, don Hugo… Si le parece, representamos “El ratoncito Pérez”.

Puertas y ventanas

Don Víctor: Don Hugo, ¿por dónde entramos, por la derecha o por la izquierda?

Don Hugo: Don Víctor, casi no me atrevo a contestarle en presencia de Ortega y Gasset. La última vez que vinimos a esta facultad, no estaba aquí esta estatua.

Don Víctor: Es cierto, don Hugo, pero no entiendo qué le puede importar a don José que entremos por la cafetería o sigamos hasta la puerta principal.

Don Hugo: Hombre, don Víctor, que para algo afirmaría aquello de que ser de la derecha como ser de la izquierda es una de las infinitas formas que el hombre puede elegir para ser un imbécil, amén de contraer la hemiplejia moral.

Don Víctor: Es que eso de ser de una o de otra es como ser del Madrid o del Atleti, una decisión gratuita que evita tener que tomarse el trabajo de discurrir y de asumir responsabilidades.

Don Hugo: Cuando no es porque yo soy, por ejemplo, de izquierdas porque mi padre lo era.

Don Víctor: Y me parece criminal lo de la otra parte mientras que lo nuestro es obligadamente bueno siempre.

Don Hugo: Sí, y ellos son unos ladrones mientras que nosotros somos muy honrados. Y es que, claro, el Atleti ha perdido porque el Madrid ha comprado al árbitro.

Don Víctor: Hemos ganado porque somos mejores personas.

Don Hugo: Yo siempre tengo razón, como todos los míos… Los otros matan a conciencia y a mansalva mientras que nosotros, nunca matamos… quizás algún incontrolado, pero ¡nada más!… ¿Se acuerda usted de aquel chiste de Mingote en que un niño, sentado en el regazo de su abuelo, le pregunta que qué es mejor, si ser de derechas o de izquierdas?…

Don Víctor: ¡Arrea, buena pregunta! ¡A ver qué dirán luego los lectores!

Don Hugo: … y contesta que lo primero es no ser gilipollas.

Don Víctor: Mire, don Hugo, estos filósofos me están mareando. ¿Qué le parece si nos colamos por esa ventana, que tiene la persiana levantada?

Empantamiento

Don Hugo: Para mí, el diario es uno de esos productos consustanciales a la civilización occidental. Ninguna otra habría alumbrado semejante quimera de papel, plagada de noticias candentes, opiniones encontradas, propuestas y análisis, crítica artística y literaria, anuncios de lo más heterogéneo, cartas abiertas de los lectores, campañas y polémicas interminables, viñetas de humor…

Don Víctor: … pero bien que se los apropian y les echan el dogal los tiranos, siempre con las más santas razones.

Don Hugo: Claro está, todos los autócratas y sus turiferarios son como aquel capitán de Goethe…

Don Víctor: ¿Quién, Valentín, el hermano de Margarita?

Don Hugo: No, me refiero al de “Las afinidades electivas”: “Son tan difíciles las deliberaciones, sobre todo con la muchedumbre… Si se añade a esto que con una medida común sale ganando el uno y el otro perdiendo, es totalmente imposible establecer nada por un convenio general. Realmente, todas las cosas de utilidad común tienen que ser fomentadas por el ilimitado derecho del soberano “.

Don Víctor: Es verdad, y con tal de que llamemos al soberano de otra manera, ya está todo arreglado.

Don Hugo: ¿A usted le parece, don Víctor, que una vez más se nos va a comer Oriente como pasó al final de la época clásica?

Don Víctor: Lo dice usted, sin duda, por el retroceso de la democracia y el ascenso del autoritarismo…

Don Hugo: … y del fundamentalismo religioso, por mucho que se lo llame “sostenibilidad”, “género”, “salud”, “animalismo”…

Don Víctor: Calle, calle, don Hugo, ¡pensamiento único, en definitiva!… Con todo lo que nos hemos reído estos años atrás de lo políticamente correcto…

Don Hugo: Claro, una sociedad delatora e inquisitorial… ¡como corresponde!

Don Víctor: Se acabó el criticar nada de lo que nos imponen, así como investigar lo que nadie nos ha mandado investigar.

Don Hugo: La ausencia de ningún proyecto de futuro: ¡el fin del progreso!

El héroe en su plenitud

Don Víctor: Este otro dibujo, desde el lado izquierdo, me parece muy revelador: se observa claramente cómo la pierna izquierda se adelanta y apoya el pie en el suelo tan firmemente como el derecho.

Don Hugo: Y no se le habrá pasado que el brazo izquierdo no pende junto al tronco, sino que se tensa con el puño apretado.

Don Víctor: Claro, pero, a diferencia de los faraones, su mano derecha rompe la frontalidad al cubrir el pecho y, además, la mirada se alza a lo alto.

Don Hugo: ¡Hombre, claro!… y entreabre la boca para sostener esa nota a fior di labbro que nos pone la carne de gallina. No es un dios como el faraón, sino un héroe romántico.

Don Víctor: Lo que más alabo de sus bosquejos, don Hugo, es que proponga usted un Kraus en plenitud, a diferencia, por ejemplo, de la escultura del auditorio de Las Palmas, que nos lo muestra ya machucho.

Don Hugo: De eso se trata precisamente. Si no, no me hubiera tomado la molestia. Es como si nunca hubieran leído al doctor Juarros. Escuche usted: “Entre los egipcios no se pintaba ni esculpía al muerto representándolo en la infancia, en la adolescencia o en la vejez, sino en la edad madura, en el máximo de su vigor”.

Don Víctor: Había que citar autoridades para que cayéramos en la evidencia., pues ¿qué estamos celebrando sino exactamente eso: la fuerza aliada a la experiencia y el Ideal asociado a la sabiduría?… pero, dígame, don Víctor, la concibe usted de tamaño natural?

Don Hugo: ¡Quia!… No menos de cuatro metros, y con un pedestal adecuado a sus proporciones. ¿Cuándo los griegos, que ya representaron héroes amén de los dioses, menguaron a nuestra talla mortal aquellos ejemplos con nombre propio, con los que edificar al ciudadano?

Don Víctor: Eso, don Hugo, un gigante y ¡no un cabezudo, como el de la rotonda de Boadilla del Monte.

Ultracorrección

Don Hugo: Yo no quise decir nada porque con Planes-Bellmunt lo mejor es no discutir. Siempre ha de tener razón, pero ¡ponerse a descubrirnos a estas alturas a Elisabeth Schwarzkopf , la “soprano perfecta”, y decir que era infinitamente superior a Victoria de los Ángeles y a la Callas, incluso en el repertorio italiano!… ¡Por amor de Dios!

Don Víctor: Hombre, don Hugo, hay que reconocer que, no teniendo la voz potente, sí la manejaba con encomiable pulcritud y apreciable expresión.

Don Hugo: Ciertamente, pero su italiano… Es como aquello que escribe Blasco Ibáñez sobre otra cantante, que, aunque con voz agradable, “se le comprendía tan poco como cuando una bella alemana canta a la guitarra”.

Don Víctor: ¡No exagere usted tampoco, don Hugo! Es verdad que pasa un poco de puntillas sobre el italiano… y eso que se nota que lo ha preparado con la mayor aplicación, pero, claro,  como los alemanes ignoran nuestro sonido de erre fuerte, lo prodigan cuando hablan en italiano o español, cayendo en la hipercorrección, que no deja de ser otro error.

Don Hugo: Claro. ¿Qué efecto hace la pobrecita Liù, de “Turandot”, nada más empezar su aria, diciendo al príncipe Calaf: “SignoRRe, ascolta…”?

Don Víctor: ¡Ni que fuera un agente de la Gestapo en una película americana!

Don Hugo: Pero que no es el único caso, don Víctor… que es que le pasa siempre… ¡Tener que escuchar a Mimì que vive en una “bianca cameRRetta” y que se acuerda del “grido d´amoRRe” de Rodolfo!

Don Víctor: En muchísimas ocasiones el acento extranjero en un personaje femenino llega a ser “sexy”; ahora bien, a este lado del limes, don Hugo, esas “RR”, tan extemporáneas, delatan el pelo de la dehesa.

Centauro Flaubert

Don Víctor: ¡Qué bella es la muerte de Ofelia, don Hugo!… Y sólo puede serlo porque, en realidad, no es teatro: no la vemos, nos la cuentan. Es literatura.

Don Hugo: Sí, pero luego bien que nos la muestran los prerrafaelitas, con tanta minuciosidad como hermosura.

Don Víctor: Lo mismo que David cuando convierte el cadáver de Marat en la bañera en todo un monumento

Don Hugo: Pues, para mí, que en esta ocasión el doctor Juarros discreparía. Escuche usted, don Víctor: “¿Por qué los escultores griegos, cinceladores de tipos estéticos, abstractos, no se atrevieron a posar su inspiración en los muertos?”

Don Víctor: Es cierto que, aunque idealizados, los relieves del Cerámico los representan en su plenitud física, si bien con actitudes melancólicas…

Don Hugo: … como los encuentra Ulises en el Hades… ¡otra vez literatura!… Sí, pero, en cambio, ahí tiene usted el “Galo moribundo”.

Don Víctor: Ciertamente, don Hugo, pero ¿no es el mismo cuerpo en plenitud y parecido pathos que en aquellas estelas?

Don Hugo: ¿Y no le parece a usted que la música, con su capacidad transfiguradora, llega a permitir muertes sublimes sobre el escenario de un teatro?

Don Víctor: ¡Evidentemente! ¿No añadió el sabio Donizetti un número final a su “Lucrezia Borgia” para que hiciera llorar a todo el mundo el gran Moriani, “tenore della bella morte”?

Don Hugo: Parece que las distintas artes se hayan visto siempre obligadas a velar las miserias de nuestra carne mortal en la más dramática de nuestras situaciones. Fíjese usted en la santa muerte de don Quijote, tan sereno, sensato y caritativo en su postrer discurso, ya cuerdo y sabio, incluso antes de hallarse en presencia de Dios.

Don Víctor: Sí, con los dos pies prácticamente ya en los estribos…. Ahora bien, don Hugo, nuestra civilización no puede conformarse con esto. Siempre aparecerá quien enarbole la antítesis, quien no se conforme, quien agüe la fiesta, como aquellos centauros a los despreocupados Lapitas.

Don Hugo: Pero, ¿con qué me sale usted ahora, don Víctor? Ya está usted haciendo arte incluso hablando.

Don Víctor: Me refiero al centauro Flaubert, si le parece a usted bien. ¿No recuerda que usted mismo nos recitó a todos la muerte de Madame Bovary aquella vez en que Dupré se mareó en el autobús, allá por Cinque Terre?

Don Hugo: La verdad es que luego me remordió algo  la conciencia…

Don Víctor: Si es que la recitó usted entera mientras el pobre Dupré echaba hasta la primera papilla.

Don Hugo (declamando:) “Poco después tuvo un vómito de sangre. Su boca convirtióse en una línea finísima y se crisparon sus miembros. El cuerpo se cubrió de manchas oscuras. Al tomarle el pulso, se lo notaba vibrar como un hilo tenso, como la cuerda de un arpa próxima a romperse. Comenzó a gritar horriblemente…”

Don Víctor: La verdad, don Hugo, es que aquella vez superó usted todas las manifestaciones del centaurismo español que en demasiadas ocasiones hemos compartido con nuestros amigos.

Héroes de tenacidad

Don Hugo: ¿Está todo resuelto, don Víctor?… porque trae usted mala cara. ¿Qué le ha dicho Herranz?

Don Víctor: No sé por dónde empezar.

Don Hugo: Pero, don Víctor, si veo que tiene usted el pañuelo empapado. ¿Tan mal le ha pintado el futuro de nuestra fundación?… ¡Demonio de hombre, que le da ahora por llorar a la primera de cambio!… Si no puede ser, ¡pues no puede ser! Ya buscaremos por otro lado. ¡Que el mundo no acaba aquí!

Don Víctor: No, si yo no he llorado esta vez… ¡ha sido el propio Herranz!

Don Hugo: ¡Atiza! ¿El mismo Herranz, de “Herranz y Casau, abogados”?

Don Víctor: Como una Magdalena, don Hugo. No sé cómo, tras entregarle todos los documentos que nos pidió, más el proyecto y la memoria, después de felicitarnos por todo lo que llevábamos hecho y cómo nos complicamos la vida por unos fines tan altruistas, se ha puesto a enumerarme un centón de iniciativas suyas encaminadas al bien del prójimo, numerosas defensas de litigantes desamparados e insolventes y renuncias a derechos propios que en buena ley le correspondían, y todo en aras de la concordia entre las partes.

Don Hugo: Vamos, ¡que le ha contado su vida!

Don Víctor: Sí, sí, empecé a sentirme como san Pedro recibiendo las justificaciones de alguno que llama a las puertas del Cielo. ¡Ahí lo tenía usted, cada vez más emocionado y compadeciéndose a sí mismo!

Don Hugo: Pero… ¿Herranz, el del Lamborghini rojo, con esa esposa rubia tan jovencita, que podría ser artista de cine?…

Don Víctor: Eso pensé yo también y me ahorré las lágrimas. Es posible que Herranz sea tan bueno como se pinta a sí mismo, pero conozco yo a muchos igual de sacrificados, de honrados, de tenaces y de trabajadores que, por añadidura, pasan desapercibidos o incluso son desdeñados por la modestia de su porte y su actividad.

Don Hugo: Tiene usted toda la razón, don Víctor. ¡Cuántos héroes anónimos de lo cotidiano no se concitarían a nuestro alrededor durante la postguerra! ¡Con qué espaldas tan anchas cargaban con tanto azacaneo y tantas penurias sin rechistar ni llorarle a nadie, mirando siempre por los demás!

Don Víctor: ¡Con qué parsimonia se abre una flor en medio de aquel paisaje de sombras y privaciones!… pero se da, ¡se da!… Acuérdese de Bahamontes….

Don Hugo: ¿Bahamontes?… ¿Que tiene que correr la Vuelta al País Vasco?… Pues se sube a su bicicleta y para allá que va desde Toledo, sin pedir a nadie ni un duro ni un chusco de pan.

Don Víctor: ¡Claro, así se iba entrenando por el camino, y sin dar lástima a nadie!

Don Hugo: Y luego iba y la ganaba y, un día, hasta le llegó el Tour… pero, bueno, don Víctor, ¿qué pasa con nuestra fundación?… ¿Tenemos posibilidades?

Don Víctor: Entre hipidos y sollozos, Herranz me ha prometido conseguir la Declaración “de utilidad pública”. Eso sí, nos va a salir por un pico.

Don Hugo: ¡Todo sea por el maillot amarillo!