Don Víctor: Para mí, don Hugo, la refutación más eficaz del antisemitismo, por su solidez argumental y la empatía que suscita, está en el alegato de Shylock…
Don Hugo: … “¿Es que acaso un judío no tiene ojos? ¿Es que acaso un judío no tiene manos, órganos, dimensiones, sentidos, afectos, pasiones… exactamente igual que un cristiano?”
Don Víctor: “Si nos punzáis, ¿no sangramos? Si nos hacéis cosquillas, ¿no reímos? Si nos envenenáis, ¿no morimos?”
Don Hugo: Otro semejante injustificablemente oprimido es la mujer, encarnada en la fierecilla Kate.
Don Víctor: ¡Cómo eleva su voz contra los matrimonios forzados en que la fémina “queda obligada a conceder su mano, a despecho de su corazón, a un loco grosero, malhumorado que, tras cortejarla a toda prisa, espere a desposarla cuando le plazca!”
Don Hugo: A pesar de tanto alegato, al final la fiera será domada y el judío, castigado.
Don Víctor: Sí, pero entre tanto han tenido ocasión de que todos escuchemos sus irrebatibles razones, amueblemos mejor nuestras cabezas, asentemos sobre más firmes cimientos nuestros juicios y seamos verdaderos ciudadanos.
Don Hugo: Es verdad, que defendamos fundadas opiniones, más que posturas sectarias.
Don Víctor: En aquel tiempo, ambos estaban condenados de antemano a la derrota.
Don Hugo: ¡Vamos, don Víctor, que lleva usted media hora de pasmarote ante aquellas crestas!
Don Víctor: ¡Qué crestas, don Hugo! Allí arriba tenemos un sinclinal colgado… y eso que sólo vemos un borde labrado por la erosión a lo largo de cientos de miles de años.
Don Hugo: ¡Atiza!, pero ¿continúa más allá?
Don Víctor: Imagínese una teja boca arriba que se prolonga por la cuerda de esa montaña hacia el fondo.
Don Hugo: ¡Qué extravagancia de la Naturaleza! ¿Quién la puso allí?
Don Víctor: La erosión no fue capaz de acabar con lo que antiguamente era un valle orogénico, resultado de un sistema de plegamientos. Una masa ingente de materiales fue atacada y desalojada durante miles de años y lo que estuvo abajo queda ahora en resalto por la especial resistencia de sus materiales.
Don Hugo: ¡Bravo, don Víctor!… pero qué vértigo me está dando… Habla usted de una arquitectura y de un modelado de ¡millones de años!… ¿Y qué le importamos usted y yo, que nacimos ayer y vamos a morir pasado mañana, a ese escultor gigante que labra y modela según un arte caprichoso y sin ninguna prisa?
Don Víctor: ¡Bravo, don Alfred de Vigny!, ya que la mayor parte de su poesía está animada por ese sentimiento.
Don Hugo: En definitiva, la indiferencia de la Naturaleza, tan sublime, tan inabarcable, tan apabullante, tan infinita, tan poderosa, tan inclemente e ingobernable, al cabo, nos hace retroceder abrumados a la estrechez de nuestras guaridas… ¡al minúsculo y securizante claustro materno!
Don Víctor: ¡Qué distinto resulta venir a ver al María Guerrero “La reina muerta”, de Montherlant, que representarla en un campo de prisioneros, como aquellos franceses de la última guerra!
Don Hugo: Sí, esa obra, pero sobre todo su montaje, representó no sólo un lenitivo para aquellos vencidos, sino además una auténtica experiencia vital de entusiasmo y fe en medio de la triste derrota.
Don Víctor: También, en “Memorias de una casa muerta”, narra Dostoievski cómo en su cautiverio siberiano, los presos, tanto comunes como políticos, vivían con extraordinaria alegría la representación teatral anual, organizada e interpretada por ellos mismos. En gran medida se sentían redimidos.
Don Hugo: Pues en el manicomio que describe Peter Brook en “El espacio vacío”, los locos viven con el teatro una ilusión que los aleja momentáneamente de su oscuridad, brindándoles la alegría, la vitalidad y hasta la cordura. No es que sanen por ello, pero, mientras se despliega la ilusión escénica, olvidan su triste locura.
Don Víctor: No es curativo, pero sí analgésico.
Don Hugo: Y esto sí que no lo contemplaron los griegos, ¿verdad, don Víctor?
Don Víctor: Ciertamente, don Hugo, pero sí se cuidaron de edificar al ciudadano, espectador de aquellas tragedias y comedias, llegando a vivir como propias aquellas encrucijadas, dilemas morales y golpes del destino.
Don Hugo: Y así abandonaban las gradas transformados, al igual que estos pobres condenados de las prisiones, los campos de concentración y los frenopáticos.
Don Víctor: El ser humano es capaz de imprimir una intensificación a los procesos naturales, de acelerar la eficacia de las acciones, en definitiva de vivificarlo todo…
Don Hugo: Sí, de aunar en su vida mil vidas y en su experiencia otro tanto.
Don Víctor: Pare, pare, don Hugo, que me está subiendo la tensión y me voy a caer redondo sin poder ver la función…
Don Hugo: Pero, don Víctor, me doy media vuelta y ya se ha metido usted en el cuadro sin esperarme… ¿Qué tiene Friedrich que no tengan todos estos otros pintores?
Don Víctor: La cualidad de mostrar la belleza de la Naturaleza realzándola con la presencia de lo humano.
Don Hugo: ¡Bien cierto, don Víctor, qué buen ejemplo! Y es que la Naturaleza, sin el hombre, es un escenario vacío, tal y como sugirió Dante.
Don Víctor: Creí, don Hugo, que iba usted a citar a Baudelaire…
Don Hugo: Ése luego. Vayamos por el principio: al igual que el hombre no es bello por naturaleza, la belleza sólo se encuentra en la Naturaleza por obra del artificio humano: “la natura umana che tanta belleza produce nella sua materia”.
Don Víctor: Qué razón tenía el novio de Laurita. Repare usted en lo que sería esa “inmensa llanura del mar” desnuda de la diadema que componen las naves, alineadas a diferentes distancias hasta el horizonte.
Don Hugo: Son adorno y a la vez expresión de su sublime infinitud… Y ahora sí que le toca a Baudelaire.
Don Víctor: Me precipitaba, don Hugo. ¡Qué bien sabe usted ponerlo en suerte!
Don Hugo: El cuerpo desnudo de la amiga no es nada si, al menos, no va ornado de una joya. Escuche: “La adorada estaba desnuda, y, conocedora de mi corazón, / Tan sólo conservaba sus sonoras joyas”
Don Víctor: ¿Vamos ahora a la sala siguiente donde está la Gran Odalisca de Ingres, con su turbante y su abanico?
Don Hugo: Dígame usted, don Víctor, ¿cómo imagina en lo físico a Hamlet?
Don Víctor: Como Lawrence Olivier, aunque me hubiera gustado mucho ver el de Vittorio Gassman. En todo caso, lo veo como un joven esbelto.
Don Hugo: Eso pensaba yo también, don Víctor… Mire que lo habré leído cincuenta veces y ha tenido que ser Víctor Hugo quien me lo descubra ayer por la tarde en el monumental prólogo que dedica a Shakespeare. Escuche: “fat and short of breath”. Así lo describe su madre durante el duelo con Laertes, que pondrá fin a su vida.
Don Víctor: ¡Atiza! O sea que era “regordete y corto de aliento”.
Don Hugo: El típico pícnico, don Víctor. A la tipología de Kretschmer le remito, ¡que lo confirma plenamente! Tendencia a la manía-depresión…
Don Víctor: ¡La melancolía de Hamlet!
Don Hugo: … sociable cuando no está deprimido…
Don Víctor: ¡Y tanto!, dicharachero con sus buenos amigos; sarcástico y hosco con Polonio y los espías del rey.
Don Hugo: … aficionado a las humanidades…
Don Víctor: Lee y compone poemas, es cierto… Entonces, yo, don Hugo, ¿cómo soy, según Kretschmer?
Don Hugo: ¡Leptosomático y esquizoide! De enfermar mentalmente, usted daría en la esquizofrenia.
Don Víctor: ¡Me estaba temiendo algo parecido!… Pero entonces, don Hugo, para el baile del Círculo tendré que pasarle a usted mi disfraz de Hamlet.
Don Hugo: Sí y que lo acomode Dolores con la Singer.
Don Víctor: Vamos a ver, don Hugo, ¿no me verá usted a mí como Falstaff, verdad?
Don Víctor: ¿Usted cree, don Hugo, que llegarán a prohibir el teatro?
Don Hugo: Hombre, don Víctor, por algo se empieza… Repare usted en todos los ataques al teatro sacro por antonomasia, la tauromaquia.
Don Víctor: Ah, claro, se refiere usted a cuanto piensa Peter Brook, que el teatro primigenio evoca a una divinidad, la invoca y la reclama para que se haga presente entre los fieles. El primer teatro es litúrgico y el actor es sacerdote oficiante. ¿No es eso el matador, no comulgan los espectadores en ese mándala que es la plaza?
Don Hugo: ¡Qué bien lo ha expresado usted, don Víctor! Y cómo pone sus barbas a remojar cuantos se suben a unas tablas para representar lo que se da en llamar teatro convencional.
Don Víctor: Mil ojos internáuticos los escrutan y mil oídos se aguzan para detectar el máximo eco de lo patriarcal, lo no sostenible, lo xenófobo, lo no inclusivo…
Don Hugo: Sí, ahora nos ocurre a todos lo que Rousseau en sus manifestaciones paranoides expresaba, que “el suelo tiene ojos y los muros oídos” y que estamos “rodeados de espías y vigilantes malintencionados”.
Don Víctor: “Que me den seis líneas escritas por la mano del hombre más honrado y hallaré en ellas algún motivo para ahorcarlo”
Don Hugo: Eso sería en tiempos de Richelieu, que ahora con seis palabras, basta.
Don Víctor: Pues mire, don Hugo, para mí que para explicar todo esto habrá que volver a nombrar a don Jean-Jacques. De él nos llegó la traición más inesperada: en una más de sus flagrantes contradicciones, arremete contra el teatro, como un talibán cualquiera, por perturbar el orden social y dar malas ideas al pueblo.
Don Hugo: Sí, sí, don Víctor, ¡el mismo que inventó el “Pacto Social”!
Don Víctor: Claro, don Hugo, no olvide usted su educación calvinista y lo mal que le tuvo que saber la crítica de d´Alembert de que los ginebrinos carecieran de teatro.
Don Hugo: En definitiva, don Víctor, quememos los teatros y de paso las bibliotecas… y que ¡viva Kim Jong Un!
Don Víctor: Ha sido abrirme la puerta y creerme que tenía usted de visita en el salón un cuarteto clásico con Haydn a la cabeza. ¡Si es que no me atrevo ni a entrar por temor a que se desvanezca tanta belleza!
Don Hugo: Pase, pase usted, don Víctor, que suena muy bien. Además es un vinilo y no un CD. Verá usted qué presencia y qué sensibilidad…
Don Víctor: Don Hugo, no le dé usted la vuelta al disco. Antes querría preguntarle qué tendrá una obra de arte como ésta que se está manifestando aquí y ahora, y que me hace salir de mí mismo, henchido de agradecimiento ante un regalo sublime que nunca podría pagar y que me dilata, liberado de toda contingencia.
Don Hugo: Afortunadamente, don Víctor, un contemporáneo nuestro -que usted apreció muchísimo- formuló la respuesta precisa. Recuerdo perfectamente sus palabras: “La belleza es reveladora de Dios porque, como Él, la obra bella es pura gratuidad, invita a la Libertad y arranca el egoísmo”.
Don Víctor: Sólo puede ser Benedicto. Me tiene usted que pasar ese texto. ¡Se va a enterar Isidro Cuenca!
Don Hugo: Hay más: el Arte es puente que “supera la escisión entre la belleza de Dios y la belleza de las cosas”.
Don Víctor: Sí, es uno de los caminos, ¡y qué duda cabe que el más bello hacia Dios!
Don Hugo: Voy a pinchar ahora por un adagio maravilloso y me dirá usted si no siente un hormiguillo que le recorre todo el cuerpo, tal y como le ocurría a veces cuando era chico.
(Permanecen unos minutos callados, por una vez)
Don Víctor: ¡Clavado! Ya veo que a usted también le pasa.
Don Hugo: “La belleza nos permite seguir siendo jóvenes y construir un mundo que refleje algo de la belleza divina”. También lo dice Benedicto XVI.
Don Víctor: Claro, como las aguas benditas del Jordán que nos rejuvenecen y hacen de nosotros hombres nuevos. ¡Cuánto le gustaba al pobre Dupré el que en nuestros libros de caballerías se hablara del amor como un jordán que nos regenera y nos devuelve la prístina inocencia!
Don Víctor: Desde luego, no será el de más calidad de todo lo que vimos ayer en el Museo Nacional, pero qué duda cabe que es el más conmovedor. ¡Con decirle que no he pegado ojo en toda la noche y que tampoco he dejado dormir a Julita!
Don Hugo: Yo me he despertado pensando en lo mismo: el conflicto de ese rey, dividido, desgarrado, entre dos deberes: la patria, por un lado, que exige el sacrificio de su hija Ifigenia, y, por otro lado, la paternidad horrorizada ante tal atrocidad.
Don Víctor: ¡Qué dramático aquel pasaje en que la virgen Ifigenia, en su inocente confianza, pregunta a Agamenón, su padre, por cómo ha de ser el sacrificio… ¡ignorante de que ella va a ser la degollada!
Don Hugo: Qué duda cabe que Eurípides incorpora al teatro la psicología que desconoció Esquilo: el remordimiento, la duda, la rumiación.
Don Víctor: Claro, eso es como cuando Isaac pregunta a su padre qué dónde está el carnero para el sacrificio. ¡Qué estremecedor resulta!
Don Hugo: Abraham, que es esquiliano avant la lettre, no participa de ese dilema puesto que él profesa un ciego fanatismo hacia Yahvé.
Don Víctor: ¿No cree usted, don Hugo, que en esta perspectiva, nuestra Edad Media representaría un retorno…
Don Hugo: ¡Regresión!
Don Víctor: … al viejo equilibrio de un orden universal que nos apabulla?
Don Hugo: Acaso en los inicios, don Víctor, pero desde el momento en que afloran el amor cortés y el humanismo gótico, como siempre nos recordó Dupré, surge de nuevo el conflicto afectivo. Repare usted en los amores adúlteros en que el héroe se ve demediado entre la fides al señor y el amor prohibido a la dama.
Don Víctor: ¡Triste Tristán!
Don Hugo: ¿Sabe lo que le digo, don Víctor? Que hoy que nos toca Pompeya, le voy a ahorrar la cuesta esa tan mala que lleva hasta la Villa de los Misterios. Sus frescos tendrán mucha calidad, pero ese prolijo rito iniciático me deja a mí más frío que, por ejemplo, el futuro skyscraper madrileño…
Don Víctor: Pero, ¿cómo ignorar la gloriosa tradición cómica de la ópera bufa, con aquellos bajos italianos tan cantantes, dotados de tales flexibilidad y legato, capaces de un fraseo vertiginoso como del más belcantista virtuosismo, a la par que eran prodigiosos histriones?
Don Hugo: Le recuerdo, don Víctor, que no hace tantos años hemos llegado a ver a Giuseppe Taddei. ¡Qué tío!
Don Víctor: De ése habría querido yo que nos hubiera regalado un don Hilarión.
Don Hugo: Sí, pero ponga usted los pies en el suelo. Recuerde, en primer lugar, que las partituras del género chico, por lo menos en lo que al siglo XIX se refiere, no acotan normalmente una tesitura definida ni prescriben grandes exigencias vocales como a usted le gustan.
Don Víctor: Claro, claro, don Hugo, pero que yo sepa, ¡no prohíben la calidad de los cantantes!
Don Hugo: Ciertamente, don Víctor, aunque le recuerdo que el género chico es un teatro popular y allá donde hay teatro, se impone por encima de todo la verdad teatral.
Don Víctor: Según eso, ¿no hay alternativa a la creación del papel que animara Miguel Ligero como tenor cómico?
Don Hugo: Nunca se puede decir porque para eso están los genios. Ahora bien, el realismo del género chico, que no es la ópera romántica, ha de dejar explícito que no se trata del duelo entre dos galanes, sino entre un joven de voz firme y saludable, por un lado, y, por otro, un viejo que suple su inevitable debilidad con el dinero.
Don Víctor: Según eso, la Norma de Bellini debiera presentar en escena la verdad teatral y, por tanto, preterir a los más virtuosos cantantes en beneficio de otros teatralmente más expresivos.
Don Hugo: La utopía de la ópera, que como tal raras veces se llega a rozar, estriba en ese milagroso maridaje entre su verdad teatral y la belleza musical.
Don Víctor: ¡Vaya lío! Si hasta se me están quitando las ganas de ir este año disfrazado, por una vez, de don Hilarión…. cuando tanto le insistí para que intercambiáramos los papeles…
Don Hugo: Hombre, don Víctor, ¡no será para tanto! Ya verá usted cómo mañana mismo se le habrá pasado el enfado a su hija Celia.
Don Víctor: ¡Dios le oiga, don Hugo! Estoy que no vivo. Pensé que le haría gracia, la verdad… Que ella sea restauradora me inspiró el cuento. Tiene que quitar una costra de barniz muy denso del rostro de un busto de madera policromada que representa a Trump.
Don Hugo: El arranque es gracioso. ¿Y qué se encuentra debajo?
Don Víctor: Para su sorpresa, por mucho que rasque, no se le va de momento el color anaranjado, pero sí se aprecia una alteración en los rasgos faciales con un evidente estiramiento de la piel, amén de que el cabello pasa de rubio teñido, con prominente tupé, a un implante capilar muy planchado, negro y gomoso. ¡Es otro hombre!
Don Hugo: ¡No me diga que habla italiano con acento milanés!… ¡Berlusconi!
Don Víctor: Pero hay más, don Hugo. Viendo que indudablemente se trata de una falsificación, Celia sigue rascando. ¡Nuevas sorpresas! El color da paso a una piel más curtida donde azulea una barba cerrada, en tanto que el injerto capilar ralea en una calva incipiente y mal cuidada; además surge una prominente nariz junto a una gruesa papada.
Don Hugo: Éste, me temo que va a hablar español con acento desgarrao….
Don Víctor: Ya ha adivinado usted la trayectoria que nos conduce de un personaje a otro. Es Gil y Gil.
Don Hugo: Visto así, usted plantea en su cuento que el celebérrimo alcalde de Marbella fue precursor.
Don Víctor: Evidentemente. Los tres son hombres de negocios sin escrúpulos que dan el salto a la política como medio de seguir medrando, recurriendo a la demagogia populista.
Don Hugo: Eso es lo que sabe todo el mundo menos los que les votan… tanto es así que llegan a alcanzar la mayoría, pero en lo profundo responden los tres a lo que Freud definió como personalidad fálica… Fanfarronería.
Don Víctor: “Yo acabo con la guerra de Ucrania en un día”. “Canto mejor que Sinatra”. “Este año hacemos triplete”.
Don Hugo: Desinhibición.
Don Víctor: “La Unión Europea nació para fastidiar a los Estados Unidos”. “Nunca ha practicado el sexo pagando”. “El presidente del Ajax hace demagogia con sus negros”.
Don Hugo: Matonismo.
Don Víctor: “Me voy a anexionar Groenlandia”. “Se van a enterar los comunistas”. “Has insultao a los votantes de Marbella”.
Don Hugo: Rasgos paranoides.
Don Víctor: Los tres siempre enzarzados en pleitos y cambiando ordenanzas y leyes a conveniencia.
Don Hugo: Amén de incultos y putañeros.
Don Víctor: Stormy Daniels. Ruby y los Bunga bunga con Gaddafi. Las chicas del jacuzzi marbellés.
Don Hugo: Quédese tranquilo, don Víctor: Le explicaré todo esto a Celia y ¡arreglado!
Don Víctor: Sí, sí, eso, don Hugo, pero además añádale que, como no podía ser menos, el arte ya anticipó esta plaga a distancia.
Don Hugo: Claro, el Macbeth de Shakespeare, ¿verdad?
Don Víctor: Tocado, don Hugo, pero yo me refería a un ejemplo más cercano, de sólo un siglo, un modelo que perfila y condensa a estos tres…
Don Hugo: ¡Ya lo tengo, el Ubu de Alfred Jarry!
Don Víctor: Ahora sí…¡Hundido!
Don Hugo: Yo robo a todos, mato a todos, arraso todo y me voy con la música a otra parte a seguir con lo mío.