Duelos y quebrantos

Don Hugo: ¿Cómo son las cosas, don Víctor! La semana pasada, estábamos usted y yo en la residencia del embajador de Francia, intentando identificar a Velázquez entre aquellos cortesanos reunidos en la Isla de los Faisanes….
Don Víctor: ¡Es verdad, don Hugo!… y hoy, ¡la otra cara de la moneda!, en estas salas de la armería del Palacio Real. Aquí se enseñan los dientes y allí todo eran zalemas, protestas de amistad y palabras de buen comedimiento.
Don Hugo: Sí, don Víctor, en los salones de palacio se despliega la diplomacia, pero afuera aguardan varias compañías de mercenarios.
Don Víctor: El taimado cardenal frente al tonitronante condotiero.
Don Hugo: Viendo esos admirables estoques italianos, me he acordado de cómo definió Larra la esgrima: “el arte de tener siempre razón”.
Don Víctor: Pues qué son las batallas, según Víctor Hugo… ¡matanzas autorizadas!
Don Hugo: Doble moral, don Víctor, desengáñese usted… Si un soldado mata a alguien en una reyerta de taberna, será reo de muerte, pero como los diplomáticos se cansen de que sus negociaciones queden en tablas y sin acuerdo, el Príncipe decretará, en consecuencia, la declaración de guerra…
Don Víctor: ¡Un duelo entre príncipes!
Don Hugo: … y quizás entonces aquel mismo soldado mate a mil y ¡sea condecorado!
Don Hugo: ¡Eso cuando no le otorguen la bengala de general!

La máscara caída

Don Hugo: Si se tratara de una comedia dieciochesca, reprocharíamos al autor que sobra esta reiteración para dejar en evidencia la cobarde inconsistencia de nuestro tartufo desenmascarado.
Don Víctor: Claro, don Hugo: subrayar con su incomparecencia a los funerales solemnes de Valencia la deshonrosa espantada de Paiporta.
Don Hugo: ¡Pero menos mal que Él “está bien”!
Don Víctor: ¡Qué diablos va a estar bien! Tampoco estuvo bien Luis XVI en la noche de Varennes cuando lo sorprendieron ¡disfrazado de burgués!, escapando de su reino como un ladrón.
Don Hugo: No sea usted tan severo, don Víctor. Es cierto que un rey debería mantenerse en su dignidad sagrada en todo momento, pero no dejaba de ser un marido y un padre de familia, impelido a salvar la vida de los suyos.
Don Víctor: No en vano había sabido contener a las turbas que asaltaban Versalles, incluso probándoles que su corazón mantenía un pulso sereno ante la amenazante algarabía, pero, a mi juicio, fue siempre más propia y elegante la actitud de Carlos I de Inglaterra, el rey caballero.
Don Hugo: Magnífica su hierática actitud frente a la espada del verdugo, delante de la fachada del Banketing House, digna de una gran pintura veneciana.
Don Víctor: Muy bien, don Hugo, pero déjese ahora de Historia y vayamos a cuentas. ¿No le parece que Felipe VI enlaza con el respeto sagrado que siempre ha tenido en España la persona del Rey, incluso cuando vuelan a su alrededor los insultos y las pellas de barro?
Don Hugo: ¡Cuánto se repite la Historia!… ¡La nariz de Cleopatra!
Don Víctor: Pero, don Hugo, ¿a qué viene eso ahora?
Don Hugo: No… se me ocurría que, si no hubiera sido por la nariz borbónica de Luis XVI, que figuraba en todas las monedas, nadie le habría reconocido.

La edad crítica

Don Víctor: Me inquieta tanto esa mirada aprensiva, ese gesto desazonado… no sé… ¿qué edad le parece a usted, don Hugo, que tendría Rembrandt cuando acabó ese autorretrato?
Don Hugo: Frisando los treinta, creo yo.
Don Víctor: ¿Será verdad entonces cuanto afirma Goethe de que después de esa edad “todo inocente o entusiasta se convierte en un bribón”?
Don Hugo: Esto me recuerda otra aseveración del bardo de Francfurt que cuadra muy bien al capricho de encajarse un casco: que en la guerra, si se es vencido, hay que acomodarse con la tropa.
Don Víctor: ¡Qué ánimo tan derrotado! ¡Qué fragilidad, cómo huyen los ideales! ¡Qué expresión medrosa, cuánto recelo! No confía ya en nada.
Don Hugo: Se ha hecho viejo, así, de pronto…. Pero, don Víctor, repare usted en el yelmo… para mí no hay duda. Se trata del precedente de aquel tan bien cincelado, ostentado esta vez por un viejo soldado, que Rembrandt pintará más tarde.
Don Víctor: Sí, y que Velázquez transfigura en su melancólico Marte.
Don Hugo: Ése sí que ha perdido toda esperanza y vive del recuerdo.
Don Víctor: Sólo un loco español como don Quijote o como Pizarro mantienen ese espíritu más allá de los cincuenta.
Don Hugo: Siempre jóvenes a la sombra de su cimera, con el estoque en la mano, y a despecho de la edad.

Entre calaveras

Don Víctor: Merece la pena darse una vuelta a deshora por estas callejas del Madrid de los Austrias.
Don Hugo: Fíjese, don Víctor: qué mala espina me da aquel individuo que acecha en el portal.
Don Víctor: A esta distancia, se me antoja un embozado que esconde la daga bajo la capa.
Don Hugo: Alufra hacia dentro de la casa como el Tenorio en una de sus calaveradas.
Don Víctor: ¡Calavera!… Bien lo pudiera llamar así por más que Larra escriba que ese término no se halla en nuestros clásicos.
Don Hugo: Hombre, ya llamaron “calavera” a un muerto o al que podía darse por tal en alguna peligrosa circunstancia, pero Larra se refería, claro está, a la persona de vida airada, disoluta, cuyo comportamiento tan poco juicioso constituye un peligro para los demás y una amenaza constante para sí mismo.
Don Víctor: Ciertamente que se refería a eso, pero ¿cómo era aquello de Quevedo? ¡Ah, sí! “Sin sonar a dientes / Viejecilla ronca…
Don Hugo: Calavereaba /Las bellezas chonzas”.
Don Víctor: Creo, no obstante, don Hugo, que hay una cierta diferencia entre el calavera quevedesco y el de Larra: el primero, de baja extracción, se ve abocado irremediablemente a morir pronto y mal, mientras que el segundo parece disfrutar de una cierta posición social que le permite ejercer de gamberro y disiparse hasta que le llegue el momento de sentar cabeza.
Don Hugo: Sí, claro, pero… ¿adónde ha ido a parar el embozado ese? ¿A que se ha colado en la casa?
Don Víctor: ¡Sereno, sereno!

Alterar lo sublime

Don Hugo: Yo cada vez le hago menos peticiones, más modestas y más cercanas. Otra cosa me parece tentar al Diablo.
Don Víctor: Hombre, don Hugo, no sea tan cicatero, a ver si va a pecar usted de orgullo y de autosuficiencia.
Don Hugo: Pero, don Víctor, ¡si yo me considero tan menesteroso como el que más! Es que no quiero agobiarle porque igual me equivoco en lo que deseo.
Don Víctor: ¡Quite, quite, don Hugo! Ya sé que no le va a pedir usted acertar el Euromillón ni que el Atleti gane la Champions… ¡hombre, reconozca que es usted razonablemente juicioso!
Don Hugo: Yo antes le solicitaba muchas cosas, sobre todo para los demás, pero ahora me da miedo…
Don Víctor: Claro, toma usted los avisos de Kraus al pie de la letra (cantando:) Parfois, j´ai peur de blasphémer!
Don Hugo: Desengáñese usted, don Víctor. No se trata de un pensamiento de Goethe, sino de nuestro entrañable Víctor Hugo, origen mágico e inconsciente de nuestra amistad.
Don Víctor: No creía yo que Víctor Hugo pudiera inducir semejante temor de Dios, él que lamentaba que su querida España perdiera tanta vitalidad entregando legiones de jóvenes a la vida contemplativa del claustro, por aquella causa.
Don Hugo: Siéntese , don Víctor, y escuche esta frase: “Si el alma alemana tuviera tanta densidad como extensión, es decir tanta voluntad como facultades, podría, en un momento dado, engrandecer y salvar al género humano. Pero tal como es, es sublime”.
Don Víctor: ¿Víctor Hugo?
Don Hugo: ¡Víctor Hugo!… Años más tarde Alemania culminó su unificación, dejando de momento fuera a Austria. Adquirió una única voluntad que alentaba a todos los Länder.
Don Víctor: ¡Calle, calle! Ya sé todo lo que ha venido después y quién sabe si no nos espera todavía algo más de esta bella tierra de viejas montañas, caudalosos ríos, umbrosos bosques, airosos castillos y románticos trovadores.
Don Hugo: ¡Ay, Bismarck, contigo Alemania dejó de ser sublime! ¿Por qué prestaste oídos a Satanás dejándote halagar por los poetas románticos franceses?

Modernización fulminante

Don Víctor: Pero, don Hugo, ¡parece que la haya tomado usted con los turcos!

Don Hugo: Es que fíjese usted si no será sorprendente que en un país tan grande, de la noche a la mañana, se pase de escribir en caracteres arábigos a hacerlo en caracteres latinos, a una orden del señor Kemal.

Don Víctor: Pues es verdad,¡ con el tiempo que nos está llevando aquí adecuar el ancho de vía al europeo, que parece cosa bastante más fácil!

Don Hugo: Calle, calle, don Víctor, que cómo hemos quedado con esos trenes que no caben por los túneles.

Don Víctor: ¿Y qué me dice usted de nuestra parsimonia para ajustar nuestra hora oficial al huso que nos corresponde?

Don Hugo: También me maravilla cómo los suecos pasan de un día para otro, de conducir por la izquierda…

Don Víctor: Sí, cuánto no disfrutaríamos circulando por la izquierda en aquel viaje del 62, con las señoras.

Don Hugo: …a hacerlo por la derecha. Se ve que entonces todavía no había rotondas.

Don Víctor: Admirable lo de los turcos, cómo no, pero reconozca que ante otras reformas remolonearon lo suyo: acuérdese de las campesinas de la Anatolia, cómo, so pretexto de guarecerse del inclemente Sol y de los fríos mesetarios, volvieron a ocultar su cabello bajo un pañolín y a hurtar su figura dentro de un abrigo talar.

Don Hugo: Amigo Mustafá: hecha la ley, hecha la trampa.

Ricardo de la Vega y Shakespeare

Don Víctor:  Don Hugo, ¿cómo lleva usted esa charla sobre las raíces shakesperianas de “La Verbena de la Paloma”?

Don Hugo: ¡Increíble, don Víctor! Permítame usted que me guarde las revelaciones más importantes. De momento, tan sólo le mostraré un par de perlas, con la condición de que no desvele usted nada a nadie, ni siquiera a Julita.

Don Víctor: Cuente con mi discreción, pero, en todo caso, ya sabe usted que, como de costumbre, he avisado a la prensa cultural.

Don Hugo: Eso está muy bien, pero que aguarden también. Ahí va la primera noticia… pero antes recuérdeme usted aquello del tabernero…

Don Víctor: Sí, el marido de la señá Rita.

Don Hugo: ¡Ése!… cuando después de la trifulca desencadenada por los celos de Julián, deshace la aglomeración, imponiéndose al sereno y su pito…

Don Víctor (cantando:) Ustedes por aquí,

Don Hugo y don Víctor (cantando:) Vosotros por allá. / NI usté aquí toca el pito / Ni usté aquí toca na.

Don Hugo: Pues bien, escuche usted, don Víctor, cuanto dice don Adriano de Armado para dar fin a “Trabajos de amor perdidos”: “Las palabras de Mercurio resultan ásperas tras las canciones de Apolo: “Ustedes, por aquí, y nosotros, por allá”

Don Víctor: ¡Formidable!

Don Hugo: Y ya sólo una más: ¿qué se dice don Hilarión acerca del cariño de Susana y Casta?

Don Víctor (cantando:) Y es que las dos, / Y es que las dos / Se deshacen por verme contento …

Don Hugo y don Víctor (cantando:) …Esperando que llegue el momento / En que yo les diga / Cuál de las dos me gusta más.

Don Víctor: ¿Y qué puede aportar Shakespeare ante eso?

Don Hugo: “A ambas hermanas he jurado amor. Cada una celosa de la otra. ¿Cuál de las dos escogeré? ¿Ambas? ¿Una o ninguna?

Don Víctor: ¡Atiza! Déjeme que lo adivine. Se trata de “Los dos hidalgos de Verona” y quien habla es Proteo, enamorado recientemente de Silvia, pero comprometido previamente a Julia.

Don Hugo: Podría ser, quizás, pero se trata en realidad de Edmundo el Bastardo en “El rey Lear”.

Don Víctor: Le voy a pedir un favor demasiado grande, don Hugo, y le juro a usted por todos los santos que no lo revelaré ni al confesor en trance de muerte, pero dígame usted: ¿Cuál va a ser la conclusión de semejante diluvio de concordancias?

Don Hugo: ¡Doscientas treinta de momento!… pero la conclusión es (muy bajito y al oído): que la Verbena de la Paloma está toda ella en Shakespeare.

Enemigos

Don Víctor: Como creador que era nuestro querido Víctor Hugo, y tan prolífico, no podía por menos que condenar al militar destructor. Oiga usted, don Hugo, lo que dice de Omar, quien quemara la biblioteca de Alejandría: “La cimitarra es el sublime ideal. Es peor que estúpido. Es turco”.

Don Hugo: Entiendo que estúpido pues sirve para matar, y turco porque mata más.

Don Víctor: Usted, don Hugo, ¿a quién atribuye la fama de tontos que siempre adjudicamos a aquellos temibles extranjeros?

Don Hugo: Pues, en primer lugar, por necesidad psíquica de ridiculizar al enemigo temido, rebajando así su peligrosidad. Y también porque el turco, tal y como denunciara Baudelaire, consume una mezcla de hasch y alcohol, que lo embrutece.

Don Víctor: De ahí lo de las “curdas”, que los curdos para nosotros eran unos turcos más.

Don Hugo: También a los franceses, don Víctor, los tachamos de cornudos y afectados… ¡la verdad es que vaya par de enemigos de categoría!… de ésos que le ponen a uno en valor.

Don Víctor: En cambio, de los ingleses decía mi tía Rosa que “como amigos, son encantadores, pero, como enemigos, son de lo más desagradable”.

Dos mujeres

Don Hugo: Como siempre, quienes acuñan los conceptos son los griegos.

Don Víctor: ¡Y quienes mejor los ilustran con sus mitos, su teatro y su filosofía!

Don Hugo: Por un lado está Helena, la infiel, y, por otro, Penélope, la leal.

Don Víctor: Claramente, don Hugo, Helena había de ser por fuerza más bonita, pero la otra, amén de su virtud, hace gala de una gran inteligencia.

Don Hugo: ¿Para qué quería Helena la inteligencia y la virtud, siendo tan bella como era? Lo mismo dice Rodin a propósito de los cisnes.

Don Víctor: ¿Es el ser humano infiel por naturaleza, como parece demostrar la literatura?

Don Hugo: Naturalmente, don Víctor: ¡por Naturaleza!, pero es que, contra ella, está la cultura cuyo cometido consiste en alejarnos cada vez más de nuestra animalidad, por mucho que  nuestra civilización se sofistique tanto como para pretender que nos acerquemos de nuevo a nuestro orígenes naturales.

Don Víctor: No se me ocurre otra cosa, como explicación, que la propiedad con su corolario de transmisión generacional de bienes  como motor de esta virtud consagrada por la religión. ¡Vaya chasco!

Don Hugo: Se lo concedo, don Víctor. No obstante, qué duda cabe que la fidelidad conyugal supone una clara depuración moral, una superación racional del estado silvestre. Y no olvide usted que la cultura es necesariamente represiva del instinto.

Don Víctor: Sea como fuere, se impone que, ya que no podemos volver a ser buenos salvajes, seamos, al menos, unos medianos seres racionales.

Monos

Don Hugo: ¿Está usted viendo lo que yo, don Víctor? A pesar de las apariencias, vamos más uniformados que los chinos en la época de Mao.

Don Víctor: Veo que todos llevan vaqueros y lucen, de balde, propaganda en petos y espaldares.

Don Hugo: Y hay un único sexo, por más que haya ahora tantos géneros…

Don Víctor: Seguro que recuerda usted, don Hugo, cómo sin darnos cuenta, de niños, aprendimos a reconocer a aquéllos con quienes nos cruzábamos por las calles de Madrid, aunque no los hubiéramos visto antes: el hortera, la chacha de casa pobre, la de casa bien, el carbonero, el tabernero, la suripanta, el magistrado, el pasante de un bufete, el oficinista, la taquimecanógrafa…

Don Hugo: … hasta alcanzábamos a distinguir un agustino de un carmelita.

Don Víctor: Hoy en día, estamos todos igualados por abajo por obra y gracia del vaquero universal.

Don Hugo: Si hasta las alfombras rojas, donde se exhiben los últimos modelitos, parecen una fiesta de frescachonas camareras de road movie.

Don Víctor: En sí el vaquero era una prenda de gran dignidad, como ropa de trabajo del obrero rural.

Don Hugo: Claro, pero fíjese qué tempranamente se produjo un achabacanamiento semejante cuando empezó nuestra guerra civil. De un día para otro, todos se enfundaron el mono proletario, obedeciendo al instinto de mímesis social… ¡incluso las chicas!

Don Víctor: Y qué coqueta la mujer de Malraux cuando se presentó en España de aquella guisa, con un precioso mono de Chez Lanvin.