
Don Víctor: Ya estamos aquí, don Hugo. Ahora dígame usted en qué consiste ese gran shock del que me viene previniendo.
Don Hugo: Mire usted en derredor suyo mientras escucha lo que nos confía Shakespeare: “Los cielos, los planetas, los hombres / respetan la autoridad, / observan la jerarquía / y permanecen en su espacio propio”.
Don Víctor: ¡Atiza, don Hugo! Aunque los eruditos mantengan que nunca estuvo en Italia, para mí que esta proclamación sólo pudo suscitarla la contemplación de este espacio donde ningún elemento mantiene su lugar, todos se disputan la atención y se desafía la tratadística de Vitrubio y Alberti.
Don Hugo: No tenga usted duda, don Víctor, de que Shakespeare estuvo aquí y eso lo hizo más clarividente y consciente de las mudanzas de su tiempo: Lutero, Calvino y Enrique VIII, Copérnico, Maquiavelo, el saco de Roma y el descubrimiento de América, para decirlo en dos palabras.
Don Víctor: Muy bien, don Hugo, pero permítame que me siente en este escalón que, sin llegar a mareo, estoy sintiendo una desazón como si el planeta se estuviera saliendo de su órbita.
Don Hugo: Yo también me siento con usted, don Víctor, porque vienen curvas.
Don Víctor: ¡Piedad, don Hugo!
Don Hugo: Prosigo con el monólogo de Ulises. Escuche: “Preeminencia”.
Don Víctor: Calle, calle, don Hugo. ¿No ve usted que aquí concurren tres escaleras de igual anchura que acaban todas reducidas a una igual de estrecha para ajustarse a un único umbral?
Don Hugo: “Ritmo”
Don Víctor: ¡Obsesivo en los paramentos con repetición de ventanas ciegas y columnas pareadas! ¡Un ritmo enfermizo, de pesadilla!
Don Hugo: “Proporción”.
Don Víctor: ¿Qué proporción hay aquí si la escalinata parece brotar incontinente de la puerta, derramándose en abanico para rebosar este ámbito?… Calle, calle, no siga, don Hugo.
Don Hugo: ¡Valor, don Víctor, que ya queda menos para acabar la cita!… Sigamos: “Armonía”
Don Víctor: Usted gana, don Hugo… Repare en la acumulación excesiva de las más variadas formas y motivos: escalones curvos, balaustres y volutas elongadas, cornisas y dinteles… sin equilibrio entre la lisura de los paramentos y los dinámicos volúmenes a ellos aplicados.
Don Hugo: “Forma”
Don Víctor: ¿Qué son esos muros que retroceden injustificadamente para que las columnas se empotren aprovechando ese caprichoso retranqueo, como también hacen las ménsulas?… cuando éstas deben sobresalir del muro, por definición, y aquéllas, adosársele y consolidarlo.
Don Hugo: ¡El mundo al revés!… pero vayamos más adelante: “Función”.
Don Víctor: Claro… pues aquí, en cambio, las columnas, en lugar de apoyarse en el suelo, se asoman al abismo, reposando en ménsulas para contravenir su función tectónica.
Don Hugo: “Lugar”.
Don Víctor: Con un zaguán tan exiguo, ¿a quién se le pudo ocurrir, sino a Buonarroti, embutir un decorado tan aparatoso y desconcertante?
Don Hugo: ¡Bien que le tuvo que gustar al signor Medici! Y es que el entusiasmo de Miguel Ángel los llevaba por la nariz . Il les menait par le bout du nez, como dice el bueno de Dupré… pero aún nos falta la conclusión de la frase: “¡Y todo en orden!”
Don Víctor: ¡Orden, orden! Ja, ja, ja. Con el señuelo de la simetría, tapa las bocas a los insensibles incautos, guiña un ojo a los compinches y se mofa de los circunspectos catones.
Don Hugo: Creo, don Víctor, que Shakespeare es consciente de que la armonía renacentista del círculo, irremediablemente, se mueve hacia la aberración de la elipse, y que él mismo es producto y agente de ese proceso.
Don Víctor: ¡Como el propio Miguel Ángel!








