El que venga detrás, que arree

Don Hugo: Lo mismo que ve usted en esta serie de Botticelli, así era la costa cuando de pequeños nos llevaban a veranear a aquella casa de pescadores. Don Víctor: Pues este verano nos invitaron los hijos unos días a Julita y a mí y aquello era como Manhattan. Don Hugo: Claro, primero un incendioSigue leyendo «El que venga detrás, que arree»

Chunda-chunda

Don Víctor: Mire por dónde, don Hugo, ¡un disco de Luis Cobos! ¿Quién se acuerda de él? Don Hugo: De él ya nadie, don Víctor, pero… de aquellos polvos vinieron estos lodos. Repare usted en cuántos “cobistas” llenan el escaparate. Don Víctor: ¡Anda, los tres tenores, otros que tal bailan! Don Hugo: Y aún decíanSigue leyendo «Chunda-chunda»

La cueva de los sueños olvidados (de W. Herzog)

Don Hugo: Yo he sentido lo mismo que Picasso: ¡qué envidia poder pintar toros como los de Lascaux, con esa fuerza; o, en este caso, esos leones, ¡imponentes! Don Víctor: A mí, don Hugo, me ha recordado a aquella película, “Viaje alucinante”, en que unos científicos recorrían el interior del cuerpo humano en un pequeñoSigue leyendo «La cueva de los sueños olvidados (de W. Herzog)»

Dar de beber al sediento

Don Hugo: Hoy me encuentro algo resfriado. Me parece que a la tarde iré al ambulatorio. Don Víctor: Muy bien, don Hugo, usted póngase malo siempre en nuestra autonomía; no sea que en otra no quieran atenderle. Don Hugo: O que la ambulancia que me traiga de vuelta me deje tirado en la raya autonómica.Sigue leyendo «Dar de beber al sediento»

En el Monte Tabor

Don Hugo: ¿A qué no sabe usted, don Víctor, lo que encontré ayer, poniendo orden en casa? Tan bien la había guardado que la daba ya por perdida definitivamente tras aquella fatídica mudanza. Pues apareció: ¡la fotografía enmarcada con Alfredo Kraus cuando le saludamos en aquella “Lucia”! Don Víctor: ¿Aquélla en que parece que estamosSigue leyendo «En el Monte Tabor»