
Don Hugo: ¿A qué no sabe usted, don Víctor, lo que encontré ayer, poniendo orden en casa? Tan bien la había guardado que la daba ya por perdida definitivamente tras aquella fatídica mudanza. Pues apareció: ¡la fotografía enmarcada con Alfredo Kraus cuando le saludamos en aquella “Lucia”!
Don Víctor: ¿Aquélla en que parece que estamos tocando a Dios?
Don Hugo: ¡Al mismísimo Cristo que venía de sudar sangre tras cantar aquello de “L´alma innamorata”!
Don Víctor: Es cierto que sudó sangre, en lugar de mesarse los cabellos o de rasgarse las vestiduras como tantos famosos fariseos.
Don Hugo: Fue una auténtica transfiguración. Agonizó realmente antes de clavarse la daga. Toda su carne y toda su alma se entregaron a la más absoluta desesperación.
Don Víctor: Sciagurato!
Don Hugo: Qué manera de penetrar en el sentido de las palabras y cómo las hacía fluir, ¡ como si vinieran directamente del pensamiento y no de su cuerpo!
Don Víctor: Es como la pintura de Velázquez, que parece imposible pintarla con la mano y no directamente con el intelecto.
Don Hugo: Qué variedad de ataques, qué forma de colorear, de muscular las notas con esas dinámicas cambiantes, con ese claroscuro…
Don Víctor: ¡Por eso, lo de la técnica! Para hacer posible aquel vuelo poético.
Don Hugo: Esos sonidos tan prístinos, impecablemente apoyados en la máscara.
Don Víctor: Es como la virgen Atenea nacida directamente de la cabeza de Zeus.
Don Hugo: ¿Qué filósofo griego dijo aquello de que el alma reside en el entrecejo?
Don Víctor: Qué más da… Si tiene tiempo, ¿por qué no subimos un ratito a casa a escuchar algún disco de Kraus?