Don Hugo: Mire, don Víctor, mientras sirvo unas copas, frótese usted bien los ojos y comprenderá lo que es el Op Art, con Vasarely y la estética discotequera… ¡y todo de golpe!
Don Víctor: Es verdad, don Hugo, si hasta me parece estar oyendo al bueno de David Ghetta…
Don Hugo: Seguro, don Víctor, que recuerda usted, de cuando estudiaba, cómo llamaba a la puerta el bedel, asomaba luego ante todos y se dirigía respetuosamente al profesor tras una leve inclinación de cabeza: «Señor catedrático, la hora».
Don Víctor: Claro que sí y lo malo era que el señor catedrático se entretenía todavía unos minutos con algún estrambote que rematara dignamente su lección magistral.
Don Hugo: En cambio mis hijos me contaban que la fórmula se había reducido en sus años de universidad a abrir la puerta y proclamar estentóreamente: «¡La hora!». Y sin la menor inclinación de cabeza.
Don Víctor: Eso no es nada, don Hugo. Según me dice mi nieto mayor, actualmente suena el timbre como en las fábricas.
Don Hugo: ¡Cómo ha ido progresando el arte del pregón al impulso de las nuevas tecnologías!
Don Víctor: ¿Y qué me dice usted de la profesión de bedel? ¿No ha pensado usted alguna vez, don Hugo, que equivocó su vocación?
Don Hugo: ¡Cuántas quimeras, cuántos castillos en el aire, cuántas ensoñaciones maravillosas no habríamos puesto en pie usted y yo, don Víctor, si nos hubiéramos quedado paseando los corredores de la universidad!…
Don Víctor: ¡Cuántos maravillosos crepúsculos napolitanos no habríamos admirado sentados a la puerta de una facultad de la Universidad Central!
Don Hugo: Y lo mejor de todo: nos habrían impuesto al cabo de cuarenta años de fatigas ¡la medalla del mérito en el trabajo!, como a aquel bedel que, por ya no sé qué dolencia, se pasaba toda la jornada sentado y con una pata estirada sobre otra silla.
Don Víctor: Yo estoy completamente de acuerdo en lo de «llama, verso y flor»…
Don Hugo: Obviamente: amor, poesía y belleza. ¡Si es que Raquel, la chica de «El huésped del sevillano», es todo un primor!
Don Víctor: … pero analicemos lo demás…
Don Hugo: Quite, quite, déjela estar. No hay pero que ponerle. Juan Luis tiene toda la razón en cantarla.
Don Víctor: Sí, sí, don Hugo, si tiene usted razón, pero ¿es que acaso no está bien discurrir sobre lo bello?
Don Hugo: Dígame qué está usted tramando entonces… No me vendrá usted ahora con aquello de que no es cristiana vieja…
Don Víctor: No, no, de ninguna manera, don Hugo; si como muy bien dice el Corregidor, en ella se cifran las perfecciones de ambas razas: la cristiana y la judía… pero alguna relación hay con eso…
Don Hugo: Sometamos entonces su retrato a la razón crítica…
Don Víctor: Canta Juan Luis: «Mujer de los negros ojos / La de la trenza morena…»
Don Hugo: Eso cuadra muy bien, tanto a una judía como a una castellana de Toledo.
Don Víctor: Calle, calle, que luego viene «mujer de perfil gitano…»
Don Hugo: Sería cosa de considerar algunas analogías fisionómicas: lo aguileño de la nariz, por ejemplo… Ah, no, ya lo tengo, don Víctor: ¡la petenera!, un palo flamenco gitano de clarísimo abolengo sefardí.
Don Víctor: ¡Pero si luego dice: «que tienes sangre agarena»!
Don Hugo: O quizá muy parecida. ¿No son ambos pueblos semitas?… pero, en definitiva, ¿adónde va usted con estas supuestas contradicciones?
Don Víctor: Ya acabo: «mujer de los labios rojos / Como la flor del amor».
Don Hugo: ¡Como todas las mujeres!
Don Víctor: Sí, sí, pero mire usted el remate: ¡»Mujer de cuerpo pagano»!
Don Hugo: Hombre, claro, don Víctor: Venus y las diosas antiguas. El arte recuperó entonces aquellos cuerpos glorificados que eran de auténtica carne.
Don Víctor: Sí, pero la contradicción, diga usted lo que diga, es insalvable: de las dos razas del Corregidor hemos pasado a todas las razas de Juan Luis.
Don Hugo: Pero mire usted que Cervantes dice al final de la obra: «Toledo, solar hispano, / Crisol de la raza ibera».
Don Víctor: ¡Es que este Juan Luis, más que de la raza ibera, habla de la globalización.
Don Hugo: ¡Justamente! ¿No está pintando ese retrato un enamorado? ¿Hay ocasión más ajena a la razón crítica?
Don Hugo: Mire, don Víctor, desde aquí se ve mucho mejor.
Don Víctor: Ahora es difícil imaginarse lo que sentirían los palermitanos cuando entró el Emperador que venía victorioso de Túnez.
Don Hugo: Geoestratégicamente, Sicilia era como una torre albarrana adelantada contra el frente enemigo norteafricano; mientras que, por tierra, el Turco estaba ya al acecho de Viena.
Don Víctor: Y en cuanto a las costas italianas del Adriático, puesto que ni el Papa ni los duques de Urbino ni de Ferrara las protegían debidamente, más que muralla, eran playas de desembarco.
Don Hugo: Por lo menos estaban los venecianos que hacían lo que podían…
Don Víctor: Quite, don Hugo, quite, que era Nápoles quien, cada verano, cerraba el paso a la escuadra de la Sublime Puerta.
Don Hugo: La situación era apocalíptica: en 1522 se pierde Rodas; en 1526, Hungría…
Don Víctor: Gracias al amigo Francisco I que se alió con el Turco.
Don Hugo: … y enseguida llega el primer sitio de Viena; en 1566, si no es por los españoles, también hubiera caído Malta; en cambio, en 1570, nos quitan Chipre.
Don Víctor: Ya ni Otelo supo defenderla. Menos mal que al año siguiente ganamos en Lepanto, que si no…
Don Hugo: Calle, calle, don Víctor, que en el siglo XVII las cosas no pintan mejor. En 1669 cae Creta y todavía, en 1683, vuelven a poner cerco a Viena.
Don Víctor: Durante doscientos años estuvimos todos al borde del desastre. ¿No piensa usted, don Hugo, que alguna vez Europa debiera reconocer lo que hizo España?
Don Hugo: Tiene razón nuestro amigo Chiavegato: «L´Italia avrebbe potuto diventare turca!»
Don Víctor: ¿Usted, don Hugo, es también de los que creen que la culpable fue Lady Churchill?
Don Hugo: No está probado, pero se dijo que el retrato lo quemaron entre ella y el jardinero, poco después de su muerte.
Don Víctor: Bien pudiera ser porque todavía en vida de don Winston lo arrumbaron en lo más profundo del desván…Como todos los retratos que pintaba Sutherland, entonces tan en boga, es una imagen muy cruda del viejo león al final de su decrepitud.
Don Hugo: Él mismo se encontró parecido con un viejo bulldog inglés, desorientado y temeroso.
Don Víctor: ¡Qué exposición no se podría hacer rebuscando en esos tenebrosos «salones de rechazados» que se esconden en los sobrados de las viejas mansiones!
Don Hugo: La historia que se cuenta es como de Agatha Christie haciendo desaparecer el cadáver en el jardín…
Don Víctor: … por incineración y no por inhumación…
Don Hugo: Eso es lo de menos, don Víctor. Lo importante es que hay que preservar la imagen resplandeciente del héroe que salvó a Inglaterra.
Don Víctor: La podredumbre y las cenizas alimentan la floración de los rosales.
Don Hugo: El héroe accede al Olimpo transfigurado. ¿Se acuerda usted de lo que decía Baudelaire al respecto?
Don Víctor: Hombre, claro, que «il faut être de son temps».
Don Hugo: No, don Víctor, yo me refería a aquello que dice a propósito de Holbein, David, Velázquez y Lawrence: que un buen retrato se le antoja siempre como una biografía dramatizada o más bien como el drama natural inherente a todo hombre.
Don Víctor: Anda, Sutherland, ¡chúpate esa mandarina!
Don Víctor: Aún recuerdo lo que dijo mi abuelo Juan ante la noticia de que los requetés se habían unido a los militares sublevados y que estaban con ellos en la plaza del Castillo: «¿Los requetés con los militares?…¡Imposible!»
Don Hugo: Qué cándido… y no me extraña nada porque ¿quién podría entender este país?
Don Víctor: Mire usted, don Hugo, todas estas medallas son de la Tercera Guerra Carlista.
Don Hugo: Le tengo que traer yo otra más antigua de la defensa de Bilbao…
Don Víctor: ¿Y a usted qué le parece aquello de «Dios, Patria, Rey»?
Don Hugo: Pues que es una contradicción in terminis. No se trata ya de servir a dos amos, ¡sino a tres! Dejemos a un lado a Dios por no faltar, pero si se reivindica la Patria, se va contra el Rey. Patria es Revolución y Rey es Absolutismo. Para mí, don Víctor, que la solución está en Hegel: Monarquía constitucional.
Don Víctor: Pues eso… ¡justo lo que no quiere nadie!
Don Hugo: Se olvida usted de Valle Inclán, que era «carlista por estética» pues para él «el Carlismo tenía la belleza de las grandes catedrales»; tanto es así que «se hubiera contentado con que lo declararan monumento nacional».
Don Víctor: Ahí lo tiene usted: del más elaborado candor romántico al brutal candor infantil de la greguería ramoniana.
Don Hugo: Por estos andurriales pintados a principios del siglo XVI, uno se creería en pleno surrealismo de los años treinta. ¡Qué visión de futuro!… ¿no es cierto, don Víctor?
Don Víctor: Me parece más bien que fue ese futuro al que usted alude, Dalí a veces, el que miró hacia atrás…
Don Hugo: Claro, y como el Bosco miraba hacia adelante, sus miradas se cruzaron.
Don Víctor: No fue así porque Dalí le vio el cogote al Bosco.
Don Hugo: ¿Maleducado, don Jerónimo?
Don Víctor: No, en absoluto, más bien distraído, apegado al mundo medieval que se le estaba yendo… paisajes prolijos y fantásticos…
Don Hugo: … preñados de visiones premonitorias, trufados de símbolos cabalísticos y trascendentes…
Don Víctor: … y con sus seres humanos todavía encanijados, abrumados por lo que no comprenden.
Don Hugo: Tiene usted razón, don Víctor, es como un delirio opiáceo regresivo ontogenética y filogenéticamente remitiendo a estadios primitivos de inconsciencia mágico-animista que despierta en todo espectador a ese infante dormido que nunca nos abandona.
Don Víctor: Todo eso está muy bien, don Hugo, pero ¿se atrevería usted hacia 1505 a presentar estas cosas a Giovanni Bellini o a Giorgione como si tuvieran la misma categoría que sus obras?
Don Hugo: Se lo concedo, don Víctor; no busquemos en el Bosco el verdadero atrevimiento que entonces supuso afrontar la construcción matemática de un espacio tridimensional infinito, la puesta en pie de la figura humana, de gran tamaño, con su fisionomía, sus dimensiones y su movimiento, como medida de todo.
Don Víctor: Claro, don Hugo, ya no era cuestión de acunar al niño contándole cuentos, sino de despertar al adulto para que conquistara el mundo.
Don Hugo: Mire, don Víctor, he hecho para usted este mural en una cartulina como hacían mis hijos en el colegio…
Don Víctor: Pintura… ¡qué bien! El primero es bien fácil: «El Nuevo Mundo», ese fresco de Tiepolo que está ahora en Ca´ Rezzonico de Venecia.
Don Hugo: Observe cómo todos los personajes dan la espalda al espectador, ocultándole además el espectáculo que contemplan.
Don Víctor: Ya veo, pero este otro gordo de espaldas no es de Tiepolo; aunque parece contemporáneo suyo, se me antoja más bien un Botero.
Don Hugo: Pues es de Juan Bauzil, que retrató a Carlos IV de espaldas.
Don Víctor: Éste sí que es fácil, don Hugo… de la Tauromaquia de Goya: «La muerte del alcalde de Torrejón».
Don Hugo: Fíjese cómo ha quedado completamente vacío el tendido en la parte izquierda de la escena.
Don Víctor: Por lo que veo, el siguiente también va de vacíos; tal vez el más opresivo y estremecedor de todos: el «Marat» de David.
Don Hugo: Y dígame ahora, don Víctor, qué tienen en común estas espaldas y estos vacíos?
Don Víctor: Estoy viendo por dónde va usted, don Hugo, y nunca me había parado a pensarlo, pero ahora caigo en que este desasosiego ante lo oculto y lo desconocido entra en la pintura con el Siglo de las Luces.
Don Hugo: El barroco alumbró la ciencia moderna y luego vino la emancipación de la Razón, que iba a poder con todo.
Don Víctor: «Dio al través con sus navíos», que diría Hernán Cortés. Ya no nos ha quedado vuelta atrás.
Don Hugo: Qué escalofrío entonces cuando la realidad por conocer se mostró más esquiva e inaprensible, y cuando lo ignorado resultó muchísimo más vasto de lo que se pensaba.
Don Víctor: Entonces vimos un vacío que era la espalda de Dios.
Don Hugo: Ahí quería yo llegar: ¿qué habrá más allá de esa nada que aplasta el cadáver del pobre Marat en su bañera?
Don Víctor: Lo primero en lo que pensé fue precisamente en Orfeo como en la escena de este mosaico.
Don Hugo: Es verdad, con todas las fieras embelesadas por su canto, como cándidas avecillas. A mí me recordó inmediatamente al buen marinero que cantaba en aquel romance…
Don Víctor: «… marinero que la guía / diciendo viene un cantar/ que la mar ponía en calma, / los vientos hace amainar, / las aves que van volando / al mástil vienen posar, / los peces que andan al fondo, / arriba los hace andar…» ¡Qué hermosura!… ¿No sería aquel marinero un Kraus avant la lettre?
Don Hugo: Tiene usted razón: Alfredo nos regaló la experiencia de ser arrebatados en primera persona. Y es que tras escuchar al maestro, uno comprende mejor el romance del conde Arnaldos.
Don Víctor: Sí, nos pasa como a aquel fraile que salió del convento a meditar en la floresta y quedó encantado por el canto de un pajarico. Tanto se demoró, extasiado, que cuando volvió al convento, lo encontró con algunos añadidos y una puerta que le era desconocida…
Don Hugo: Sería ya de transición al gótico…
Don Víctor: Seguro… el caso es que no conoció al hermano portero ni a los que deambulaban por el claustro, ni fue de ellos reconocido y es que ¡había pasado más de un siglo!
Don Hugo: ¡Qué emocionante que todo aquello aún obre milagros!… Aquellas fieras no tuvieron más remedio que cesar en su estridente algarabía y dejar que el fandango que cantaba el guardia desde el balcón…
Don Víctor: No sé si me pareció un martinete…
Don Hugo: No, don Víctor, eran fandangos naturales; lo que ocurre es que el sonido del vídeo es muy malo, el guardia canta a pelo y hay como un martilleo repetitivo de fondo.
Don Víctor: Bueno, don Hugo, fueran galgos o podencos lo que cantara, la cuestión es que las amenazadoras hordas de la calle se mostraron sensibles como las bestias salvajes con Orfeo.