Torquemadas progresistas

Don Hugo: Mire, don Víctor, ya lo he encontrado: “Me niego a traducir esta parte del parlamento para no herir la sensibilidad del lector”. Recordará usted cosas como ésta cuando leyera de joven a Aristófanes.

Don Víctor: Y otras aún más indignantes todavía cuando suplantaban alguna obscenidad con una insultante inanidad.

Don Hugo: También mire que nos reíamos con las traducciones eufemísticas del pobre Astrana Marín en las Obras Completas de Guillermo Shakespeare.

Don Víctor: Sí, claro, con la diferencia de que entonces los estudiantes nos burlábamos de aquellas falsificaciones mientras que ahora ¿a ver quién es guapo que se ríe de que hayan tachado la palabra “gordo” de un bestseller de moda?

Don Hugo: Bien dice Shakespeare -y espero que no lo hayan “cancelado”- que “el bellaco, bajo su máscara, se nos presenta como persona honorable”.

Don Víctor: Recuerdo que esa frase sí que la tradujo muy bien Astrana Marín…

Don Hugo: El ascenso y proliferación de este autoritarismo adoctrinador es la nueva Inquisición que restringe nuestra libertad de acción, expresión y pensamiento.

Don Víctor: Para este viaje, don Hugo, ¡no hacían falta alforjas!

La pareja

Don Víctor: Total, que la directora de la Guardia Civil tiene que dimitir, y cito textualmente, porque su “pareja” ha delinquido.

Don Hugo: ¿Su pareja? ¿Cuál de ellas? La Benemérita tiene miles de parejas. ¿Serán sus dos escoltas?

Don Víctor: ¡Quia! Todo por no decir su “marido”. Eso parece que ya no existe… Su pareja: el señor o la señora con quien se convive.

Don Hugo: Se trata, orwellianamente, de cambiar la realidad y el derecho natural a través de la intervención en el lenguaje….

Don Víctor: Arteramente, modificando el lenguaje, se apoca la libertad de expresión y, por ende, la libertad de opinión.

Don Hugo: Bien, don Víctor, pero entonces qué hacemos con la pareja de la Guardia Civil de toda la vida. ¿Los casamos?

Don Víctor: Sí, pero siempre que sea por lo civil… y no por lo militar.

Abscisas y ordenadas

Don Hugo: No me negará usted, don Víctor, que los países escandinavos hayan construido unas social-democracias que equilibran la garantía de la libertad individual con un Estado protector que aminore las diferencias sociales, prestando así unos magníficos servicios públicos.

Don Víctor: Sí, claro, y no sólo ellos, don Hugo. Acuérdese de la Inglaterra de los laboristas, de la Francia de las 30 Gloriosas, y tantos otros vecinos.

Don Hugo: La eliminación de la pobreza no estorbó el desarrollo económico ni la libre iniciativa empresarial.

Don Víctor: Sí, pero se les ha reprochado la alta presión fiscal… ¡Pobre Bergman!

Don Hugo: ¿Y qué es eso comparado con el desorden y la irrealidad de un sistema que no tenga otra estructura que las comunas anarquistas, o que no ponga coto a la codicia ilimitada y al abuso de los ricos liberales?

Don Víctor: Claro, don Hugo, tampoco olvide usted la tiranía que practicaban por igual comunistas y fascistas… Ahora bien, considere el mapamundi: ¿en qué proporción se extendió a escala planetaria el estado de bienestar?

Don Hugo: Es cierto que no pudo implantarse ni en la décima parte del globo. Aquello de los suecos no ha dejado de ser un piso piloto, con todas sus comodidades, de una promoción inmobiliaria rodeada de extensísimas favelas. Sí, don Víctor, ¡pero por algo se empieza!

Don Víctor: Aquella pequeña parte del mundo la componían países privilegiados en el reparto del trabajo a escala mundial, con el consiguiente superávit en la balanza de pagos: todas eran, en aquellos años sesenta, naciones desarrolladas que vendían caro y compraban barato.

Don Hugo: ¡Jugaban con ventaja!… Me gustaría pensar, no obstante, que, aunque sin tanta prosperidad, el modelo pudiera universalizarse.

Don Víctor: Desengáñese, don Hugo, no van a permitir ni siquiera el intento. ¡Que si la globalización es muy buena!, ¡que si aquello no sería sostenible!, ¡que está usted pasado de moda!, ¡que a mí no me venga usted con cuentos, que prefiero no enterarme de nada!, ¡que si los políticos son todos unos corruptos!, ¡que para cuatro días que vive uno!…

Don Hugo: Entonces, don Víctor… ¡estamos cayendo ya en la casilla del liberalismo y, además, en su extremo más aguzado!

Don Víctor: ¡Y lo peor es que la única alternativa que se alza hoy en día por todas partes es el fascismo!… pero olvidaba el argumento de más peso, que es, como decía Tono, que “¡algo habrán hecho los pobres para ser tan pobres!”

Don Hugo: ¡Qué pena!… A ver si Sánchez…

Entre la acedia y el spleen

Don Víctor: ¡Qué interesante la conferencia que nos ofreció ayer Dupré!… por momentos se me interponía la imagen de aquella estela que vimos en Atenas. No creo que nunca se hayan labrado monumentos funerarios más bellos que los de los griegos.

Don Hugo: ¡Ah, claro, se refiere usted a aquélla del soldado sentado melancólicamente en la proa de una trirreme!… pero aquella melancolía de los antiguos no era condenada como luego hiciera la Iglesia medieval incluso cambiándole el nombre por el de “acedia”, ese lánguido descuido de la salvación del alma, que llegaba a envenenar a los monjes de vida contemplativa.

Don Víctor: Lo que me llamó la atención fue la noticia de su amigo…

Don Hugo: ¡Michel Zink!

Don Víctor: … según la cual la burguesía consiguió que se modificara la tabla de los siete pecados capitales sustituyendo el de la acedia por el de la pereza. ¡Claro, para un burgués, laborioso, ahorrativo y emprendedor, no hay cosa más opuesta a su ética que un sujeto indolente, liberal y conformista!

Don Hugo: Y quedó claro que tanto Dupré como Zink admiran mucho a Max Weber.

Don Víctor: Según todo eso, don Hugo, el protestantismo no sería más que el aburguesamiento del cristianismo.

Don Hugo: Sí, por ello Baudelaire, heredero del mal du siècle y cantor del spleen, lo detesta.

Don Víctor: ¡Y yo que pensaba que, con todos sus defectos, la burguesa era la peor sociedad conocida, a excepción de todas las demás, como diría Churchill!

Don Hugo: Por ése y otros motivos, don Víctor, a usted y a mí nos agrada tanto perdernos, de cuando en cuando, por las florestas del Medievo.

Comedia italiana

Don Víctor: La verdad es que he llegado a pasarlo mal, don Hugo.

Don Hugo: Yo, don Víctor, desde el primer momento comprendí que tenían ganas de guasa a costa de dos turistas infelices.

Don Víctor: ¡Y que nos tomaban por dos mozos de almacén!… ¡y que si el camión de Cinzano ya llevaba media hora esperando y todo el casino con el gaznate seco!…

Don Hugo: Sí, si el de las gafas hasta nos exigía que, antes de nada, llevásemos dos botellas a la barra, que no aguantaba más, que los parroquianos se impacientaban…

Don Víctor: Aquello fue, en realidad, una auténtica demostración de teatro all´improvvisa. ¡Qué arte tienen estos italianos! Como por ensalmo, ipso facto, ponen en pie una auténtica comedia con su argumento y encarnando cada uno un arquetipo perfectamente definido.

Don Hugo: Aquello fue un ejemplo más de cómo el hedonismo del pueblo italiano se refleja en una comicidad plena, espontánea, vital, alegre y luminosa. Hay auténticas ganas de reír.

Don Víctor: Aún más que entre los españoles. Los italianos, a diferencia de nosotros, parecen reservar el ingrediente amargo para sus bebidas espirituosas.

Don Hugo: Muy bien visto, don Víctor. No en vano Baudelaire, comparando lo cómico italiano a lo cómico español, incide en cómo nosotros llegamos rápidamente a la crueldad, cómo nuestro grotesco participa siempre de las sombras.

Don Víctor: El caso es que los López Vázquez, Aleixandre, Garisa, Gómez Bur, Saza, Pepe Isbert, Florinda Chico, Rafaela Aparicio, Toni Leblanc, Gracita Morales parecerían cómicos italianos trasplantados a España, con un pequeño toque de color local.

Don Hugo: Nuestro cine miró entonces mucho hacia Italia…

Don Víctor: ¡Gracias a Dios!

Don Hugo: … pero ese color local al que usted alude no es tan leve y es donde radica la diferencia baudelairiana: muy frecuentemente la penumbra desemboca en auténticas tinieblas.

Don Víctor: Ya veo, se refiere usted a películas tales como “Cándido” cuando, por ejemplo, casan a dos mendigos in articulo mortis.

Don Hugo: “El cochecito”, donde Pepe Isbert envenena a su familia para disfrutar libremente de su vehículo para inválidos.

Don Víctor: Se ve que el sensible Marco Ferreri se imbuyó de nuestra personalidad. ¿Y qué me dice de aquel “Verdugo” de Berlanga que, ante su primera ejecución, ha de ser llevado al patíbulo, en volandas, por los guardias porque se ha desmayado?

Don Hugo: Haya o no relación de causa-efecto en el clima, Baudelaire vuelve a dar en el clavo cuando afirma que la fermentación de la comicidad no da los mismos resultados en Italia que en España.

Don Víctor: ¡Qué aprensiones las mías cuando, en realidad, la sordidez no asomó en ningún momento!, ¡qué alivio al estallar espontáneamente las carcajadas tras la culminación de la broma!… ¡Y qué deseo tan fuerte de prolongar la fiesta!

Don Hugo: Sí, si al final, hasta nos acompañaron al albergo Teodora, que no estaba tan cerca como pensábamos, y aun se pasaron un buen rato embromando a la patrona, que los conocía bien.

Don Víctor: ¡Tendrían cara!… Si hasta se disputaban el honor de erigirse en el Justiniano de la buena señora.

Elogio de Italia

Don Hugo: Vamos a ver, don Víctor, si le ayudo a aliviar su enfado con el Ministero dell´Estero. Váyame diciendo cada uno de los términos que ese anuncio va aplicando a Italia.

Don Víctor: ¡No me venga con ésas, don Hugo, que esto no tiene arreglo!… además me he cambiado de cadena porque no paran de insertarlo cada cuarto de hora.

Don Hugo: Si no recuerdo mal, empezaba con que Italia es “pasión y estilo”.

Don Víctor: ¡Toma ya!… Ni que se tratara de promocionar el musical “A chorus line”.

Don Hugo: “Pasión”: ¿no es acaso la pasión la cualidad máxima que atribuye Stendhal a los italianos frente a la coquetterie francesa?… “Estilo”: nuestro buen abate Juan Andrés no para de encomiar en sus “Cartas familiares” el gran estilo, cifra de todas las Artes en Italia a lo largo de todas las épocas.

Don Víctor: Bien, de acuerdo, don Hugo, pero ¿qué me dice usted de “Patrimonio y diversidad”?

Don Hugo: “Patrimonio”… pero si Winckelmann, el primer arqueólogo, dejó encargado que en su tumba, precediendo a la fecha de su muerte, grabaran la del día en que puso el pie por primera vez en Italia, y no la de su nacimiento.

Don Víctor: ¡Qué manera de quitarse años!… Es lo que usted llamaría “un romántico avant la lettre”.

Don Hugo: “Diversidad”: a usted que le gusta tanto Henry James, acuérdese de cómo en Venecia encontraba la belleza declinante; la vitalidad en Roma; el ruido en Nápoles; en Florencia, el atractivo; el color de la luz en toda la Toscana: la sonrisa suave en Rávena; y, en Capri, la magia.

Don Víctor: Prosigamos. Luego venía, me parece, “Innovación y creatividad”.

Don Hugo: “Innovación”: ¿qué hubiera sido de Turner y de la pintura moderna si no hubiera quedado deslumbrado, como ante la transfiguración de Nuestro Señor, por el cromatismo de las telas venecianas?… Se cayó del caballo y se convirtió a la luz y al color.

Don Víctor: A mí me pasó lo mismo.

Don Hugo: “Creatividad”: atienda a lo que dijo Reynolds, que Rafael no estudió en una academia, sino que Roma toda fue su escuela.

Don Víctor: Me está usted dejando para el arrastre, don Hugo… Luego viene que “Italia es un paso más allá”.

Don Hugo: ¡Cristoforo Colombo!

Don Víctor: “Curiosidad y dedicación”.

Don Hugo: ¿”Curiosidad”, dice usted?… ¡El “Millón” de Marco Polo! Y en cuanto a la “dedicación”, ¡anda que no hizo el ridículo Goethe buscando por toda Nápoles y sus arrabales aquellos cuarenta mil holgazanes que mencionaba la guía de Volkmann! Nadie supo darle razón de ellos y le maravilló la actividad de aquella trepidante metrópoli.

Don Víctor: Otras dos: “Arrojo e imaginación”.

Don Hugo: “Arrojo”: ¿qué otra cosa sino italiano podría haber sido el héroe de Heinse, Ardinghello, fundador de aquella república libertaria donde se da el amor libre y se vive al margen de todos los poderes de la tierra? Y por lo que hace a la “imaginación”, ¿cuánto pondera Heine en sus “Cuadernos de viaje” la ebullición de su fantasía ante los estímulos tan vitales que Italia le ofrece en toda ocasión?

Don Víctor: Desde luego, don Hugo, su biblioteca tiene respuesta para todo… pero vayamos acabando: “Experiencia y precisión”.

Don Hugo: “Experiencia”: ¿es comparable la italiana con la de ningún otro país? Por algo le presté a usted la “Decadencia y caída del Imperio romano” de Gibbon.

Don Víctor: ¡Todo un clásico!… ¡Y qué presente tienen los italianos su abigarrado pasado!

Don Hugo: Por lo que hace a la “precisión”, me remito a la lengua acendrada y acuñada por Dante y a la arquitectura del soneto de Petrarca.

Don Víctor: Ya, ya… También dicen que Italia tiene “Visión de futuro”.

Don Hugo: ¡Qué bien lo vio Rilke meditando ante los mármoles de Miguel Ángel: que están más cerca del futuro que todos nosotros!

Don Víctor: Me abruma usted, don Hugo… y, sin embargo, hay algo de vulgar, de banal invitación al consumo, que sufro como un insulto a lo más sagrado. Acaban diciendo: “Italia es increíble y única; es sencillamente extraordinaria”.

Don Hugo: ¡Ni que le hubieran pedido consejo a nuestro expresidente Zapatero!, pero mírelo de esta otra manera: imagine usted que toda esta retahíla sea declamada pausadamente por la joven Claudia Cardinale con su ligera ronquera tan sensual y en buen toscano.

Don Víctor: No hace falta que me haga usted trampas, don Hugo. Me rindo.

Don Hugo: Por algo hace decir Thomas Mann a uno de sus personajes: “No cabe duda de que los ángeles hablan italiano”.

La bella armera

Don Víctor: Hojeando ayer el Burda que había comprado Julita, di en pensar en aquel poema de Villon sobre los lamentos de la bella armera…

Don Hugo: Disculpe, don Víctor, pero no alcanzo a ver qué relación…

Don Víctor: … ya anciana, evoca sus encantos físicos de cuando muchacha. Y vi que algunos rasgos de aquella mujer gótica no estaban ya presentes en las modelos actuales.

Don Hugo: ¿Cómo es eso, don Víctor? Cuando contemplo una buena escultura del siglo XIII, siempre la encuentro atractiva, y estoy seguro de que cuando me preste usted ese Burda para Dolores, también me ocurrirá lo mismo con sus modelos.

Don Víctor: Claro, en ellas encontrará usted las mismas extremidades longilíneas, las mismas facciones menudas, el idéntico talle fino, los muslos firmes y bien torneados.

Don Hugo: No así tratándose de atletas y bailarinas.

Don Víctor: Claro, don Hugo, pero es que antes las mujeres no competían y las bailarinas practicaban el estilizado ballet clásico.

Don Hugo: ¿Y el pecho?

Don Víctor: Los mismos senos pequeños y altos.

Don Hugo: Eso será en el Burda porque ahora las actrices recurren a la cirugía y se colocan unas prótesis desproporcionadas, incitando al consumo erótico… pero, entonces, don Víctor, dígame: ¿dónde estriba la diferencia?, ¿es que es gótico el Burda?

Don Víctor: En hombros y caderas. Si en aquélla, los primeros eran estrechos, la belleza actual consagra una espalda atlética. En cuanto a las caderas, es al revés: han de ser escurridas.

Don Hugo: En definitiva, que cabría hablar de una masculinización del canon femenino.

Don Víctor: Claro, don Hugo, hoy en día la mujer sale a trabajar, toma las riendas de su propia vida, hace deporte, combate en la guerra y administra empresas y naciones enteras… ¿Qué lugar queda para la gracilidad y exquisitez exigidas a la dama gótica, a aquellas actitudes afectadas y al inestable ritmo sigmoidal de la figura?

Don Hugo: El cuerpo no puede por menos que reflejar tantos cambios mentales y antropológicos.

¡De toda la vida!

Don Víctor: ¡Ya hubiera querido Théophile Gautier, con este solazo que cae sobre España, probar un gazpacho como éste y no el que le dieron en Granada!

Don Hugo: Pero, don Víctor, ¡si allí lo preparan estupendamente!, ¡como que no vale nada esa vega que tienen!

Don Víctor: Ahora que somos todos ricos, don Hugo… que en su tiempo sólo lo tomaban los pobres con los más sencillos ingredientes: agua, vinagre, ajo y sal… ¡sin tomate!

Don Hugo: Tiene usted razón, don Víctor… ¡y nos creemos que nos vamos a tomar un plato tal y como existió desde siempre!…

Don Víctor: … como tantas recetas de bacalao… o de bonito…

Don Hugo: … como si en Italia hubiera habido pasta al pomodoro, ni focaccia, ni pizzas ni nada que llevara tomate hasta hace cuatro días…

Don Víctor: El tomate empezó a popularizarse con la subida de los marselleses a París en 1793 y, sin embargo, vivimos, como diría usted mismo, don Hugo, en la “creencia inconsciente” de que es ingrediente conocido por aquí desde Indíbil y Mandonio.

Don Hugo: Como lo que me dijo mi nieto Rafita, con sólo tres años, cuando le pregunté si tenía que comprarle el Cola-Cao Turbo o el original, o el Noir, o el 0%, o… y me cortó: ¡Quiero Cola-Cao, ¡el de toda la vida!”

Entrecejo

Don Víctor: ¡Ahora lo he visto, don Hugo! ¡Está por fin claro!

Don Hugo: El sexto chacra, o Ajna, es el centro de la intuición, de la visión, de la adivinación, de la imaginación…

Don Víctor: ¡Claro, el centro del arte!… justo donde me lo ha pintado usted.

Don Hugo: Representa el conocimiento interno, la aproximación a nuestra verdad emocional, mental y espiritual.

Don Víctor: ¡Caramba con todo cuanto puede focalizar el entrecejo!

Don Hugo: Y dígame, don Víctor, ¿le ha ayudado con eso que tanto le intriga de Velázquez y de Kraus?

Don Víctor: Ha sido una revelación. Ahora comprendo por qué me he quedado tantas veces absorto, perdido en las miradas de Sebastián de Morra y de Esopo, y atraído magnéticamente por sus entrecejos, como si allí brillara un misterio inaprehensible.

Don Hugo: Tal vez ahora cobre sentido aquello que me decía usted de que, por momentos, la pintura de Velázquez parece pensada, proyectada desde la mente, sin intervención de la mano.

Don Víctor: Y también las palabras de Kraus sobre cómo el cantante ha de imaginarse que su voz brota no de la boca, sino precisamente del entrecejo. Uno cree oír los pensamientos de sus personajes en alas de la música.

Don Hugo: Como que la voz se “enmascara” y queda allí arriba, por encima del orifico bucal.

Don Víctor: Se ha transfigurado, es ya puro espíritu.

Ardides de bárbaro

Don Hugo: Tenía que ser Racine quien diera con la expresión “décocher la flèche des Parthes”, “disparar la flecha de los partos”.

Don Víctor: Sí, don Hugo, era fama que aquellos bárbaros del Asia Anterior fingían la huida para estimular la persecución del enemigo, que se creía así victorioso; luego, dejándose ganar terreno, se daban la vuelta en sus monturas y los acribillaban a flechazos.

Don Hugo: Sin duda, don Víctor, una imagen bélica que traduce un ataque moral…

Don Víctor: … como aquello de “Ay qué tío, ay qué tío” de la Blanca doble, del maestro Guerrero.

Don Hugo y don Víctor (cantando:) “Ay qué tío, ay qué tío,

                                                                 Qué pullazo le ha metío…”