Procusto y Agustín

Don Hugo: Mire que me resulta simpático san Agustín, amén de considerarlo un pensador sublime, pero se extralimitó más que nadie en la cristianización de algunos elementos de la cultura pagana que había mamado.

Don Víctor: Todos los factores de la nueva religión contribuyeron a ello, desde la apropiación de grutas, cerros, fuentes y demás santuarios naturales…

Don Hugo: Claro, se construye una ermita con su nueva advocación, ¡y ya está!

Don Víctor: … como que las basílicas donde tenían lugar los tratos comerciales, subastas y cambios, además de litigios judiciales y asambleas políticas, pasaron a ser la casa del Señor, el nuevo templo.

Don Hugo: ¿Y no encontraron en faunos y sátiros representaciones de los diablos?

Don Víctor: Ciertamente, así como Venus y otras diosas hubieron de ceder los epítetos que las adornaban a la Santísima Virgen… pero, dígame, don Hugo, ¿en qué consistió el exceso del obispo de Hipona?

Don Hugo: ¡Si sólo fuera uno!… pero es que se atrevió incluso a santificar a Procusto, aquel bandido que, contra toda razón, sostenía que su propio cuerpo era el canon…

Don Víctor: ¡Muy griego el chico!, ¿acaso fuera modelo de Policleto?

Don Hugo: … de tal modo que cuando capturaba a un viajero, lo acostaba en el lecho fabricado a su medida y si aquél no cabía, se le cortaba la parte que sobresaliera; pero si le quedaba grande, lo estiraba hasta desmembrarlo para que lo ocupara por entero.

Don Víctor: ¿Y eso a san Agustín le parecía bien? ¡Vaya una confianza en su excelencia retórica!

Don Hugo: Escuche cuanto afirma a propósito de los cuerpos gloriosos en “La ciudad de Dios”: “Todo defecto será corregido, todo lo que falta será completado y será suprimido todo lo que esté en demasía”.

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