
Don Víctor: ¿Y la frivolidad y la superficialidad, en qué país cree usted que halla su paradigma?
Don Hugo: Está claro: París de la Francia
Don Víctor: ¡Bravo, don Hugo! Descartes aplaudiría su elección y se sentiría muy bien retratado.
Don Hugo: La pregunta era muy capciosa, reconózcamelo, don Víctor. En cambio, no me negará usted que es la flema lo que caracteriza al inglés.
Don Víctor: Sí, son muy flemáticos esos hooligans que van por ahí destrozando bares, humillando a los mendigos, enfrentándose a la policía y emborrachándose hasta caer redondos.
Don Hugo: ¡Touché! Ahora bien, si hay un país que responda plenamente al concepto militarista de la existencia, ése no es otro que Alemania, no puede negármelo… mire usted qué poco ha tardado en aprovechar estos tiempos revueltos que vienen para rearmarse, como cuando Hitler violó el tratado de Versalles.
Don Víctor: Lo cual casa poco con la pujanza que siempre tuvo la filosofía en sus universidades. Por otra parte, ¿hay algo más alemán y menos marcial que el joven Werther?
Don Hugo: Todo eso es bien cierto, pero algo llevará el río cuando suena y atribuye a los moros un espíritu traicionero.
Don Víctor: Sí, sí; sin embargo, existe igualmente la fama de que la lealtad de un moro puede ser absoluta, rocosa aún a costa de su vida. Y conozco algún caso que ya le contaré.
Don Hugo: En definitiva, que la realidad siempre es mucho más compleja que el encasillamiento estereotizante. Además, los caracteres nacionales se cruzan con las mentalidades de las clases sociales y el espíritu de las distintas generaciones, por no hablar de otras variables.
Don Víctor: Eso está muy bien dicho, don Hugo. Así es que ahórrese hablarle a Dupré, que es un meapilas, de la proverbial frivolidad francesa porque se lo puede tomar muy mal.
Don Hugo: Sí, y que deje de convidarnos a ese champán tan alegre y frívolo, con que siempre nos recibe.