La última maravilla

Don Víctor: ¡Las obras completas del Tostado!

Don Hugo: ¡El Teatro Real!

Don Víctor: ¡El diccionario de la Real Academia!

Don Hugo: ¡La Atlántida, de Falla!

Don Víctor: Sí, que hasta que Halffter no le puso fin… ¡El Quijote!

Don Hugo: ¡El Canal de Isabel II!

Don Víctor: ¡Las pinturas de Sorolla para la Hispanic Society!

Don Hugo: ¡El Corpus Inscriptiorum Latinarum!

Don Víctor: ¡Ya son demasiadas “obras de El Escorial”! ¿A qué nos lleva toda esta lista?

Don Hugo: A cómo en nuestra psique se obra una transposición de lo espacial a lo temporal. Fíjese usted, don Víctor, en cómo lo grande físicamente se traduce, inconscientemente, en duradero y de larguísima gestación.

Don Víctor: A juzgar por sus planos y la escala señalada, El Escorial parecería, efectivamente, una faraónica obra de siglos, y, sin embargo, se hizo de un tirón, más deprisa que cualquiera de todas las catedrales que cabían dentro de su perímetro.

Don Hugo: Indudablemente aquel acarreo de toneladas de piedra berroqueña y lajas de pizarra, aquella proliferación de hornos de cal en las comarcas circundantes, aquel fluir de obreros y artistas, aquellos caudales ingentes invertidos en la erección de la última maravilla del mundo, indudablemente, digo, tuvieron, por fuerza, que espantar la imaginación popular y ésta atribuir a tan portentosa construcción una dimensión temporal casi geológica.

Don Víctor: Y eso, don Hugo, que en aquellos tiempos todo lo que los pobrecitos sabían de geología eran las propiedades del granito, la cal y la arena.

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