
Don Hugo: Émulos del César se pretendían aquellos hidalgos y algunos que ni siquiera lo eran, los extremeños que conquistaron América, aunque fuera para el rey de España.
Don Víctor: También aspiró a lo mismo Napoleón desde su condición hidalga y periférica, haciendo figura de paleto entre los aristócratas de la Academia de Artillería. Y éste no sólo fue César para Francia, sino sobre todo para sí mismo.
Don Hugo: El propio Julio César, obviamente, no aspiró a ser César, sino que se miraba en Alejandro, sintiéndose menguado y trabado por su obligada e interminable carrera de honores, dada su condición patricia.
Don Víctor: Repare usted, don Hugo, en cómo, siendo él procónsul, se echó a llorar ante la estatua de Afrodita, en el templo gaditano consagrado a Hércules. Ya tenía treinta años y, a esa edad, Alejandro había conquistado el mundo.
Don Hugo: Cada uno se creyó en desventaja con respecto a su modelo, pero todos aspiraron a igualarlo…
Don Víctor: Pues bien, incluso el propio Alejandro se lamentaba en su tiempo ante las hazañas de Filipo, su padre, porque no le iba a dejar ni una sola tierra que cobrar.
Don Hugo: Si ya era grande por nacimiento, quiso serlo más aún por sus empresas. Abominó de su fácil destino de hijo de papá.
Don Víctor: En definitiva, que más que igualar, quiso ser mayor que el padre.
Don Hugo: Claro, don Víctor, en el caso de Alejandro entró en juego el complejo de Edipo: la rivalidad con el progenitor, el deseo de vencerlo.
Don Víctor: Pero, ¿y nuestros conquistadores? Si algunos de ellos ni siquiera conocerían a su padre…
Don Hugo: Es que, como dijo Nietzsche, querían ser demasiado. Para explicarlos, el psicoanálisis se queda corto y no llega. Escuche usted cuanto dice el capitán Bernal Díaz del Castillo a este propósito: “… que ningunas escrituras que estén escritas en el mundo ni en hechos hazañosos humanos, ha habido hombres que más reinos y señoríos hayan ganado como nosotros, los verdaderos conquistadores para nuestro rey y señor”.
Don Víctor: Qué duda cabe que quisieron ser demasiado y ¡lo fueron!