Lodolini

Don Víctor: ¡Pero hombre, don Hugo, viendo todos estos cuadernos escritos de su puño y letra, me da una pena que los tenga que tirar!…

Don Hugo: ¡Qué le voy a hacer, don Víctor!… Si es que Dolores tiene razón… como en casa ya no me cabía nada, me he ido trayendo los papelotes al chalé y el resultado es el mismo. Son cosas que ya no voy a usar nunca. ¡Hay que sacrificarlos!

Don Víctor: ¿Cómo está usted tan seguro de no ir a echar algo en falta, el día menos pensado? Además, ¡piense usted en sus hijos!

Don Hugo: No me haga usted de ángel del Señor deteniendo el brazo de Abraham. ¡Sacrificio, don Víctor, no hay más que hablar!

Don Víctor: ¿Ni siquiera hace usted caso a Lodolini?

Don Hugo: ¿Lodolini?… ¿Qué autoridad me invoca usted ahí?

Don Víctor: ¡El gran archivero italiano! Para él es un crimen eliminar cualquier parte de un conjunto de documentos. Él defiende a ultranza la conservación total de los archivos. De otra manera nos arriesgamos a cercenar justamente aquel fragmento que quizás reclame el futuro.

Don Hugo: Aún me va a hacer usted dudar… Es cierto que si no expurgo, no cometo ninguna arbitrariedad, pero desengáñese usted… qué es la vida sino un continuo elegir unas cosas y desechar otras. No podemos acumularlo todo si queremos seguir caminando. ¿Y además, don Víctor, usted que no quiere tirar nada, no le pasa que nunca encuentra lo que busca?

Don Víctor: Es verdad, don Hugo. Desde hace más de cuarenta años, los papeles me han desbordado y apenas si hallo ya nada… ¡pero está todo ahí!

Don Hugo: Sí… ¡para el trapero!

Programa reformista

Don Hugo: Estaba yo el otro día ordenando la colección del “Madrid cómico” que heredé de mi tío y me tropecé con una viñeta de 1889 que parecía como para la España de ahora: en ella una especie de mujik…

Don Víctor: Sí, la imagen que en España tendrían de cómo era un nihilista ruso.

Don Hugo: Escuche, don Víctor, que se la voy a leer: “Mucho hablar de intereses y de cupones… ¡Rediós! ¡Como tuviera cuatro cañones el socialismo, se acababa la Bolsa mañana mismo!”

Don Víctor: ¡Ni que fuera uno de nuestros ministros actuales!

Don Hugo: De por entonces datan también las bravatas de José Izquierdo, el de “Fortunata y Jacinta”: “Y yo digo que es menester acantonar a Madriz, pegarle fuego a las Cortes, al Palacio Real, y a los judíos Ministerios, al Monte de Piedad, al cuartel de la Guardia Civil y al Dipósito de las aguas, y luego hacer un racimo de horca con Castelar, Pi, Figueras, Martos, Bicerra y los demás, por moderaos, por moderaos”.

Don Víctor: No puedo por menos que recordar el atrabiliario personaje de Shakespeare que tanto nos gusta a usted y a mí, aquel Jack Cade, de “Enrique VI”.

Don Hugo: Hombre, claro, si parece un nihilista avant la lettre: “No dejaremos con vida a un solo señor… Conservad únicamente la vida a quienes lleven los zapatos remendados…”.

Don Víctor: “… pero antes pegadle fuego al puente de Londres y echad abajo la Torre también. ¡A quemar!… Matad y aporread”.

Don Hugo: “Tiradlos al Támesis… Te voy a hacer comer hierro como una ostra y vas a tragarte mi espada como un alfiler gigante”.

Don Víctor: ¿Cree usted, don Hugo, que Wamba, el zapatero de “El bateo” de Chueca, habría leído a Shakespeare?

Don Hugo: ¡Quia, don Víctor! Ése hablaba de oídas. (cantando:) “Haremos de carne humana la estatua de Robespierre…”

Don Víctor y don Hugo (cantando:) “para que sirva de ejemplo el mártir aquel”.

Las cuitas de Vincent

Don Hugo: Esas noches estrelladas de Van Gogh, con su chisporroteo como de fuegos artificiales, no dejan de ser auténticas y vigorosísimas eyaculaciones del artista fecundando el Universo.

Don Víctor: Quien crea, se asemeja al Hacedor Universal, y aleja así todo atisbo de muerte.

Don Hugo: Vincent Van Gogh no tuvo mujer. Su enfermedad se lo impedía. Hubo de recurrir, como tantos otros, a las mujeres venales.

Don Víctor: En su desarraigo mental…

Don Hugo: ¡Esquizofrénico!

Don Víctor: … social…

Don Hugo: ¡Un bohemio!

Don Víctor: … nacional…

Don Hugo: ¡Un emigrado!

Don Víctor: … religioso…

Don Hugo: ¡Un protestante!

Don Víctor: … tan sólo ellas podían anclarlo mediante el abrazo amoroso, tan tangible, tan cálido y real.

Don Hugo: Sensaciones primitivas y primigenias, el contacto del rorro con el cuerpo caliente, oloroso y alimenticio de la madre. La mujer le devuelve la seguridad infantil perdida, lo sana.

Don Víctor: No en vano Gauguin y Van Gogh, los dos primeros primitivistas, probaron a convivir bajo el sol de la Provenza.

Don Hugo: Cuando vi en qué consistía el presupuesto de Van Gogh, se me hizo la luz:

“Budget:

Loyer:

Femmes:

Tabac:

…………”

Sintomatología

Don Víctor: No acabo de ver claramente una influencia de Safo en aquellos poetas medievales. Piense usted que, salvo algún fragmento suelto en los léxicos…

Don Hugo: Sí, sí, en el Lexicum Maximum y en el Suda.

Don Víctor: … no hay nada hasta el capítulo que le dedica Boccaccio en el De claris mulieribus.

Don Hugo: Pero conocían algunas cosas de Platón, de Catulo, de Horacio… Indudablemente, aunque fuera de manera indirecta, los versos de Safo se transparentan en la construcción medieval del amor cortés.

Don Víctor: ¿Tanto como eso, don Hugo?… ¿No se trataría de tópicos compartidos por aquellos clásicos?

Don Hugo: Esos tópicos tan celebrados a los que usted alude, don Víctor, los acuñó Safo, que era anterior a todos ellos. Atienda usted a la sintomatología del amor como enfermedad: Mutismo del enamorado ante el objeto amado.

Don Víctor: ¡Qué bien le cuadra a Guillermo de Inglaterra en su versión del “Tristán e Iseo”!

Don Hugo: Sonrojo y vista nublada.

Don Víctor: Eso no puede ser más que de María de Francia.

Don Hugo: Zumbido en los oídos.

Don Víctor: Eso sobre todo lo encontraremos en Gottfried de Estrasburgo.

Don Hugo: Sudor frío y temblores.

Don Víctor: Como en Béroul.

Don Hugo: Para llegar a la palidez mortal y el desfallecimiento: “Me veo a un paso de fenecer mis días”.

Don Víctor: Típico de Chrétien de Troyes… pero encuentro, don Hugo, que falta en su lista un síntoma de cabal importancia: la pérdida del apetito.

Don Hugo: ¡Parece mentira, don Víctor, un espíritu refinado como usted!… ¿Cómo iba a incluir eso Safo en su poema XIV?

Don Víctor: Yo creo que lo completó el sainete de “La Revoltosa”. (cantando:) “Por ti no como”

Don Hugo (cantando:) “Por ti no duermo”

Don Víctor (cantando:) “Por ti no…”

Don Hugo (cantando:)  “Calla, ¡qué atrocidaz!”

Safo y Botticelli

Don Hugo: Pues sí, don Víctor, sigo con Safo…. Estaba leyendo el poema II de su libro I e inmediatamente me he visto en los lugares amenos de Botticelli.

Don Víctor: ¿Cuáles son los elementos más afines que ha encontrado usted, don Hugo?, que yo también voy a empezar entonces con Safo.

Don Hugo: El bosquecillo encantador de manzanos… el lugar a la sombra de las rosas y de las trémulas hojas, invitando al sopor y al sosiego… un florido prado primaveral… ¿No le hace pensar ello inmediatamente en “La Primavera” de Botticelli?

Don Víctor: Es maravilloso, ¡siga, siga!

Don Hugo: El agua que murmura fresca entre las ramas de los manzanos.

Don Víctor: En el caso de Botticelli, se trata de naranjas, desconocidas en la época de Safo. El caso es que el agua no aparece en este cuadro, sino en “El nacimiento de Venus”.

Don Hugo: Claro, y también las brisas que alientan con dulzura.

Don Víctor: Es indudable el parentesco, don Hugo, pero documentalmente no podemos remitirnos sino al amigo Poliziano que bebe en Horacio, que, como sabemos, bebe a su vez de Safo.

Don Hugo: ¡Quién hubiera estado allí para beber con todos ellos en “la fiesta de aquel néctar que con tanto garbo escanciara la diosa Cipria”!

Sordera musical

Don Hugo: Por cierto, don Víctor, que ya estoy terminando el libro de Marías y tiene usted toda la razón: ¡ni rastro de música!

Don Víctor: ¿Cómo puede un hombre, que se ha leído toda la novela española del siglo XIX, ignorar la influencia de la música, especialmente de la ópera, en las ideas sobre el amor que alimentaban a toda la sociedad?

Don Hugo: Y eso que, expresamente, se dedica a estudiar la influencia de la literatura y el teatro en nuestra “educación sentimental”, tal y como pregona el título.

Don Víctor: Creo recordar, don Hugo, que una de las primeras cosas que me dijo usted aquella tarde en que nos conocimos en la biblioteca del Ateneo es que España era el único país del mundo en que una persona culta podía permitirse el lujo de no saber nada de música.

Don Hugo: Lo recuerdo perfectamente… Lástima que el pelmazo de Planes-Bellmunt, que me acompañaba, comenzara a despotricar entonces contra “este país” y que él ya no lo aguantaba más y que estaba pensando en aceptar la dirección de una clínica puntera de Copenhague…

Don Víctor: Sí, y ya todo fue hablar de Planes y de Bellmunt, pero aquella cuestión me ha seguido rondando muchos años, don Hugo.

Don Hugo: Yo creo que ha encontrado usted la pista con este libro. Marías no se interesa en absoluto por la música y eso le viene, no lo niegue usted, de su maestro, Ortega y Gasset. Mire que habló de todo y para todo tenía una teoría… pues bien, de música… ¡nada!

Don Víctor: ¡Cuántos personajes de Galdós, de Clarín, de la Pardo Bazán, de Valera y tantos otros se miran en los héroes de las óperas, asimilan sus zozobras y sus expansiones líricas a las propias, y además inspiran sus ideales a la medida de aquel grandioso espectáculo!

Don Hugo: Lo mismo en la España de la Regenta que en la Francia de Madame Bovary.

Don Víctor: Yo creo que la causa está en el 98, en el desprecio de aquella generación por la música que tanto apasionaba a la caduca sociedad de la Restauración. Es como si aquellos regeneracionistas hubieran querido cortar por lo sano y se hubieran propasado en la poda.

Don Hugo: Claro, para ellos la música formaba parte de la evasión y la inconsciencia de aquel país irresponsable, autocomplaciente y mal dirigido.

Don Víctor: Salvo para Baroja, todos aquellos intelectuales dieron en considerar la música como una frivolidad sin interés. Y eso, don Hugo, no ha pasado en ninguna otra parte.

Don Hugo: Bueno, vayamos a echarle un ojo al cartellone, ahora que ya vuelve a haber ópera en el Real.

Verano sueco

Don Hugo: Ayer estuve viendo con Dolores aquella película de Bergman, que nos gusta tanto, «Un verano con Mónica», y me acordé de cuánto disfrutamos aquel verano en Suecia.

Don Víctor: Cómo olvidar aquel pasodoble que nos marcamos los cuatro mientras los suecos bailaban el corro de la patata. ¡Qué felicidad la de ellos y la nuestra!…

Don Hugo: En Bergman se ve muy bien cómo en el verano sueco ocurre todo lo bueno: los baños en los lagos, las excursiones, los picnics, los bailes, las canciones, la eclosión de los amores…

Don Víctor: … y ese sol que, como un niño, nunca quiere irse a la cama y se queda colgado en el horizonte…

Don Hugo: … y esos cerezos enormes henchidos de fruta, los prados crasos y el canto feliz de las aves.

Don Víctor: ¡Cómo se le desarruga el ceño al caballero cuando oyen cantar al ruiseñor mientras saborean unas fresas silvestres bañadas en leche!… ¿De dónde es eso, don Hugo?

Don Hugo: Pues de dónde ha de ser, don Hugo… ¡de «El séptimo sello», que es toda ella una historia tan triste por invernal!

Don Víctor: Nunca fuimos a Suecia en invierno.

Don Hugo: Afortunadamente, don Víctor, porque piense usted en «Luces de invierno». ¿Pueden darse vidas más torturadas y más tristes? En el larguísimo invierno fermentan todos los rencores inter-generacionales, los resentimientos matrimoniales, los temores espirituales. Todos se hieren y se laceran…

Don Víctor: ¿No le parece a usted, don Hugo, que en los últimos once mil años, desde que hace calorcito en esta bendita tierra, lo estamos pasando en conjunto muy bien?

Don Hugo: No había caído, don Víctor… pero lleva usted razón por término medio…

Don Víctor: Piense que la última glaciación, la Würn, duró setenta mil años…setenta mil años pasando frío en la caverna…

Don Hugo: ¡Eso da para millones de rencores inter-generacionales!

Don Víctor: A mí cada vez me gusta menos el frío. Me da miedo que se nos acabe este período interglaciar. Yo creo que he sido más que razonablemente feliz y querría seguir todo el tiempo fuera de la caverna, colgado sobre el horizonte como el buen sol del verano sueco.

¿Ciudades?

Don Víctor: ¿Usted cree, don Hugo, que llegaremos a tiempo de que nos obliguen a ver los partidos del Atleti en la Peineta?

Don Hugo: Cómo no, don Víctor… y bien que tendremos que aguantarnos… ¡Qué manía con esto de querer sacar de la ciudad todos los órganos y convertirla en una momia eviscerada!

Don Víctor: Y lo peor es que luego a cualquier cosa llaman ciudad… ¿Mire usted este cartel! «La Ciudad Financiera». ¡Qué cosa tan bonita!

Don Hugo: «Cómo llegar…» ¡Pero si es tan abstruso como el plano para encontrar un tesoro escondido!…

Don Víctor: Cuando la ciudad, por definición, es un lugar central al que llevan todos los caminos…

Don Hugo: ¡Qué «ciudad financiera» ni qué niño muerto! Si a las siete de la tarde ya se ha ido todo el mundo… ¿Y dónde está el bar de la esquina… y la mercería… y los niños que vuelven del cole…?

Don Víctor: …pero si no hay ni pobres pidiendo limosna… ¡Paraísos artificiales que se animan y desenchufan con un interruptor!

Don Hugo: Calle, calle, que ahora vuelven con aquello de la Ciudad de la Justicia…

Don Víctor: Para mí que todo esto empezaría con el traslado de la plaza de toros desde la Puerta de Alcalá a las Ventas… en cambio, fíjese usted qué bien le hace a Sevilla haber respetado la Maestranza dejando que el tejido urbano la abrace con toda naturalidad.

Don Hugo: Pero, don Víctor, apresúrese usted que nos van a cerrar la tienda del Coronel Tapioca donde tenemos que proveernos de brújula, salacot, repelente anti-mosquitos y mapas topográficos si es que queremos adentrarnos mañana en la Ciudad Financiera a interceder por nuestra fundación.

Tentaciones

Don Hugo: Siempre me han parecido unas aburridas estas señoras que vienen a tentar a los santos ermitaños.

Don Víctor: La verdad es que no parece costarle mucho a San Jerónimo rechazarlas con ese gesto tan ampuloso.

Don Hugo: En cualquier caso, don Víctor, está claro que cuando disminuye el vigor físico, ya sea por enfermedad, privaciones o edad avanzada, el organismo hace acopio de las pocas fuerzas que tiene y suelta lastre de lo superfluo.

Don Víctor: Vamos, sólo comer, beber y dormir.

Don Hugo: Exactamente. Y la pulsión sexual, por prescindible, se adormece o desaparece del todo.

Don Víctor: A pesar de ello, otro gallo le cantara al santo si estas damas, en lugar de pintarlas Zurbarán, fueran hijas de los pinceles del Veronés.

Don Hugo: ¡Qué mujeres!… Llenas de salud, rubicundas, crasas, opulentas, jocundas, próvidas…

Don Víctor: … invitando a abismarse en sus carnes lozanas como en un lecho de amor…

Don Hugo: Calle, calle, que nos quedamos sin santos… Por algo se las encargaban a Zurbarán, que parecía pintar las carnaciones con tiras de mojama y las telas con cachos de cartón.

Don Víctor: Sea como fuere, don Hugo, tenía razón aquel guía paletico que nos explicó esta escena en la catedral de Segovia…

Don Hugo: Es verdad, que «a buenas horas le venían con tentaciones al viejico».

La cajita de Ogino

Don Hugo: ¿No le pasa a usted a veces, don Víctor, que querría cruzar la pantalla del cine y ver la película desde detrás, desde otro punto de vista distinto del que nos impone el director?…

Don Víctor: Ese gran manipulador que nos tiraniza siempre…

Don Hugo: Si le digo esto, es porque cuántas veces no habré deseado yo saber qué demonios contenía la cajita que ese hombretón japonés le abre a Catherine Deneuve en «Belle de Jour».

Don Víctor: No sé por qué siempre he imaginado yo un insecto enorme ahí dentro…

Don Hugo: De lo que no cabe duda es de que la cajita encierra un símbolo sexual como bien conviene a ese semental japonés.

Don Víctor: Para sementales japoneses, ninguno como el bueno de Ogino.

Don Hugo: ¿Ogino?… Ah, claro, el ginecólogo nipón que ideó aquel método de «contracepción natural», ¡sin pecar, eso sí!, o sea llevando cuenta de los días fértiles de la esposa.

Don Víctor: Para mí, don Hugo, que eso es fruto de la influencia jesuítica en el Japón…

Don Hugo: Pero qué pasa con Ogino… ¿de verdad era un garañón?

Don Víctor: Sin duda alguna… con lo mal que las señoras llevaban las cuentas, ¿cuántos de nuestros vástagos no son mucho más hijos de Ogino que de uno mismo?… Por eso decía mi hermano Ángel: «Es hijo mío sólo el primero; los otros siete son de Ogino, un semental pagado por los curas».

Don Hugo: Sí, por los jesuitas.