
Don Víctor: ¡Pero hombre, don Hugo, viendo todos estos cuadernos escritos de su puño y letra, me da una pena que los tenga que tirar!…
Don Hugo: ¡Qué le voy a hacer, don Víctor!… Si es que Dolores tiene razón… como en casa ya no me cabía nada, me he ido trayendo los papelotes al chalé y el resultado es el mismo. Son cosas que ya no voy a usar nunca. ¡Hay que sacrificarlos!
Don Víctor: ¿Cómo está usted tan seguro de no ir a echar algo en falta, el día menos pensado? Además, ¡piense usted en sus hijos!
Don Hugo: No me haga usted de ángel del Señor deteniendo el brazo de Abraham. ¡Sacrificio, don Víctor, no hay más que hablar!
Don Víctor: ¿Ni siquiera hace usted caso a Lodolini?
Don Hugo: ¿Lodolini?… ¿Qué autoridad me invoca usted ahí?
Don Víctor: ¡El gran archivero italiano! Para él es un crimen eliminar cualquier parte de un conjunto de documentos. Él defiende a ultranza la conservación total de los archivos. De otra manera nos arriesgamos a cercenar justamente aquel fragmento que quizás reclame el futuro.
Don Hugo: Aún me va a hacer usted dudar… Es cierto que si no expurgo, no cometo ninguna arbitrariedad, pero desengáñese usted… qué es la vida sino un continuo elegir unas cosas y desechar otras. No podemos acumularlo todo si queremos seguir caminando. ¿Y además, don Víctor, usted que no quiere tirar nada, no le pasa que nunca encuentra lo que busca?
Don Víctor: Es verdad, don Hugo. Desde hace más de cuarenta años, los papeles me han desbordado y apenas si hallo ya nada… ¡pero está todo ahí!
Don Hugo: Sí… ¡para el trapero!








