Controversia

Don Víctor: Ahora llaman debate a cualquier cosa. Reúnen en el plató a cuatro personajes de diverso pelaje, a ser posible pintorescos y les ponen a discutir sobre lo que sea.

Don Hugo: Sí, sí, y no se lo pierda usted, don Víctor, lo mismo vale la opinión de Massiel que la de Menéndez Pidal sobre las hijas del Cid.

Don Víctor: No, no, don Hugo, que puede más la de Massiel, con ese vozarrón de contralto y ese remango que tiene.

Don Hugo: ¿Y qué decir del rigor de los argumentos, la precisión en el lenguaje, el acotamiento del tema, el respeto a los turnos de palabra, la ponderación en el juicio?

Don Víctor: Esos programas nos llevan actualmente a una verdadera regresión intelectual. Ya no sabemos discutir en España.

Don Hugo: Bueno, bueno, don Víctor, no nos engañemos, que la cosa viene de antiguo. Estos señores de la barbería, que se están riendo y  llevan tantos años viendo entrar y salir gente, me darán la razón.

Don Víctor: Es verdad, ¡lo que no habrán oído ustedes!

Don Hugo: Sin ir más lejos, me contó mi padre que en un mitin al que asistió durante la República, había un tipo que constantemente interrumpía a los oradores reclamando ¡“controversia”! a voz en cuello…

Don Víctor: ¡Hombre, aquella “controversia” que se suscitaba tras de los discursos!… ese diálogo final entre miembros del público y los políticos, ahora no lo hacen…

Don Hugo: El caso es que al final se le cedió la palabra al voceras aquel y ¿sabe usted qué dijo?… “¡Me cago en tu padre!”

El que venga detrás, que arree

Don Hugo: Lo mismo que ve usted en esta serie de Botticelli, así era la costa cuando de pequeños nos llevaban a veranear a aquella casa de pescadores.

Don Víctor: Pues este verano nos invitaron los hijos unos días a Julita y a mí y aquello era como Manhattan.

Don Hugo: Claro, primero un incendio   que arrasa con todo, luego una recalificación, después un pelotazo urbanístico…

Don Víctor: … y por último, el que venga detrás, que arree.

Don Hugo: Como los hermanos Marx: vamos quemando los vagones para que la locomotora corra más deprisa.

Don Víctor: ¿Qué pintan los pobrecillos árboles en la España de hoy, ellos que son como monjes medievales?

Don Hugo: Es verdad, don Víctor, si son sombra, silencio, quietud y viven para la eternidad, sin precipitación.

Don Víctor: Esto es una nueva desamortización de Mendizábal: ni monasterios ni bosques.

Don Hugo: Mire usted la playa… Como han hecho cerca un puerto deportivo, han alterado las corrientes y ahora cada año hay que derramar toneladas de arena producida artificialmente, triturando piedras. Han desaparecido las praderas de posidonia del fondo marino… y ya es que no se ve ni una triste conchita en la orilla.

Don Víctor: Con usted, don Hugo, siempre acabo igual: con los pies metidos en el cuadro.

Chunda-chunda

Don Víctor: Mire por dónde, don Hugo, ¡un disco de Luis Cobos! ¿Quién se acuerda de él?

Don Hugo: De él ya nadie, don Víctor, pero… de aquellos polvos vinieron estos lodos. Repare usted en cuántos “cobistas” llenan el escaparate.

Don Víctor: ¡Anda, los tres tenores, otros que tal bailan!

Don Hugo: Y aún decían que acercaban la buena música al pueblo.

Don Víctor: Claro, haciendo hamburguesas con solomillo de buey francés…

Don Hugo: … de consumo fácil, rápido y barato.

Don Víctor: Sí, un producto vulgar y que se olvida al instante.

Don Hugo: A raíz de aquello se asimilaron Mozart y Beethoven a fenómenos como el Dúo Dinámico: que si los “grandes éxitos” de Bach; que si el “hit-parade” del barroco; que si el “top ten” de la ópera italiana; que si el “número uno” del piano romántico…

Don Víctor: Sin ir más lejos, don Hugo, el otro día en el festival del cole de mis nietas, bailaron el Carmina Burana con chunda-chunda.

Don Hugo: Es una maldición púnica. No hay mejor ni peor. Todo se pone a la misma altura. ¡No queda piedra sobre piedra!

Belleza

Don Víctor: Hombre, don Hugo, que me diga usted que unos rectángulos de Mondrian son la cima de la belleza en la pintura del siglo XX…

Don Hugo: Si es que en realidad la pintura ya no se ocupa de eso.

Don Víctor: ¡Pues anda que la escultura!

Don Hugo: Lo más bello habrá que buscarlo en una máquina…

Don Víctor: … o en un edificio…

Don Hugo: el Maserati que tanto les gustaba a nuestros padres…

Don Víctor: …un avión supersónico…

Don Hugo: … los rascacielos de Manhattan…

Don Víctor: ¡Caramba, qué agresivo es todo!… Si al final iban a tener razón los futuristas…

Don Hugo: Lo que no es violento, no es bello.

Don Víctor: Hay, sin embargo, un objeto -arte aplicado desde luego- de una belleza y amabilidad que se las tiene tiesas al pasado.

Don Hugo: No me diga, don Víctor, ¿del siglo XX?

Don Víctor: Es muy corriente además.

Don Hugo: No me irá a salir usted con la cafetera Salvarani, ¿verdad?

Don Víctor: Es el vestido femenino, el que vino en los años 20 y se quedó. ¡Afortunadamente!

Don Hugo: ¡Cuánta razón lleva usted, don Víctor! Es sencillo, ligero, sigue la silueta natural, la colorea y la adorna con el vuelo de la falda.

Don Víctor: Me acuerdo de una película francesa de aquéllas de arte y ensayo en que una pareja cruzaba a la carrera una plazoleta de París. Ella era un encanto corriendo con su vestidito, de la mano de su novio.

Don Hugo: Es cierto. Ya he olvidado qué película era. De hecho, como usted, don Víctor, sólo recuerdo aquel plano.

Como el rey Lear

Don Víctor: Como lo oye usted, don Hugo, la ópera que siempre quiso escribir Verdi fue “El rey Lear”.

Don Hugo: ¿Qué me dice usted, don Víctor? Anda y que no tuvo ocasión para estrenar lo que fuera…

Don Víctor: ¿Qué habría sido en sus manos ese gobernante al que todos van dejando de lado y pierde la razón?

Don Hugo: Estremecedor… Es como Suárez olvidado de sí mismo…

Don Víctor: Mire que yo, por aquel entonces, no le concedía mayor valor y hasta me molestaba su arribismo y…

Don Hugo: Pues yo, bien que le criticaba y ahora veo que aquel momento histórico es el único con el que me identifico.

Don Víctor: ¿Quién puede dudar de que buscara el bien de todo el país?

Don Hugo: Y es que fue capaz de poner a todos de acuerdo: a los del Movimiento para que se marcharan…

Don Víctor: … a sindicatos, empresarios y partidos para los pactos de la Moncloa…

Don Hugo: … y una constitución por consenso…

Don Víctor: Fue un auténtico líder nacional y no sólo de su partido. Unió patriotismo y modernidad.

Don Hugo: Lo nunca visto en España.

Don Víctor: Pero, ¡qué poco dura la alegría en casa del pobre!

Don Hugo: Y que lo diga usted: qué mal ambiente político ha venido después.

Don Víctor: Y ahí sigue Suárez, vivo y desmemoriado, espejo de la España que lo arrumbó.

julio 2012

La cueva de los sueños olvidados (de W. Herzog)

Don Hugo: Yo he sentido lo mismo que Picasso: ¡qué envidia poder pintar toros como los de Lascaux, con esa fuerza; o, en este caso, esos leones, ¡imponentes!

Don Víctor: A mí, don Hugo, me ha recordado a aquella película, “Viaje alucinante”, en que unos científicos recorrían el interior del cuerpo humano en un pequeño submarino.

Don Hugo: Sí, don Víctor, pero aquí el viaje es hacia lo profundo de nuestra psique.

Don Víctor: Del fondo de la noche de los tiempos, donde la energía psíquica fluía con tal facilidad que no había fronteras entre lo humano y lo animal…

Don Hugo: … entre la vigilia y el sueño, entre muertos y vivos…

Don Víctor: … cuando el tiempo todavía no nos había atrapado en un curso histórico y lineal.

Don Hugo: Y esos precipitados cristalinos que brillan en la cueva como constelaciones en la noche…

Don Víctor: … y sobre los zarpazos de los osos en las paredes pintan caballos y luego se les superponen otros ¡cinco mil años más tarde! Desde luego el tiempo no corría…

Don Hugo: No estaban, como nosotros, presos del progreso.

Don Víctor: ¡Lo que realmente me ha sobrecogido es ese toro fecundando un sexo de mujer!

Don Hugo: Eso mismo vuelve a asomar con Pasifae y el toro de Creta.

Don Víctor: Hombres-animales: el Minotauro, el centauro, la sirena, el licántropo…

Don Hugo: El otro día mi nietecito Javierino me preguntaba con total ingenuidad que qué le tocaba a él, en cuanto a parentesco, nuestro gatito Néstor.

Tantos por ciento

Don Víctor: No me cabe en la cabeza, don Hugo, que siga usted defendiendo a Raphael.

Don Hugo: Lo defiendo porque me gusta: es el único cantante moderno que daba does de pecho.

Don Víctor: En eso, don Hugo, lleva usted razón, porque los de Al Bano, ¿de qué eran?

Don Hugo: Siempre cantaba a pleno pulmón, sin temor y sin escatimar.

Don Víctor: Y fue así cómo quemó su voz.

Don Hugo: Eso es cierto, pero mientras pudo, cantó de verdad.

Don Víctor: De verdad, de verdad… Qué quiere usted que le diga, don Hugo…

Don Hugo: Pero qué pretende usted, don Víctor, ¿qué cante como Alfredo Kraus?

Don Víctor: Hombre, tanto no se debe pedir, pero no me negará usted que cantó siempre engolado, para adentro, con un sonido muy cubierto, ¡tanto! que no era abierto.

Don Hugo: Reconozco que era bastante afectado…

Don Víctor: Y cuando gastó la voz, sólo le quedaron esos amaneramientos.

Don Hugo: Ahora bien, me concederá usted que tenía un tanto por ciento en común con Kraus.

Don Víctor: ¿De verdad me quiere usted comparar la gimnasia con la magnesia?

Don Hugo: Uno y otro siempre llevaron la expresión a una intensidad límite, hasta el borde del abismo.

Don Víctor: Y Raphael se despeñó.

Don Hugo: Esta vez, don Víctor, me parece a mí que se sale usted con la suya porque bastante de eso hay, aunque me pese: allá en el fondo se nos quedó Raphael.

Don Víctor: ¡Qué gusto da discutir con una persona con la que se está de acuerdo en el 95%!

Don Hugo: ¡Toma, es que si no, yo no me peleo!

Esturionismo

Don Hugo: No quisiera ofenderle, don Víctor, pero bien miradas las cosas, me tendrá usted que conceder que tanto usted como yo nos hemos pasado la vida emprendiendo cosas…

Don Víctor: No siga usted, don Hugo, que tiene usted más razón que un santo. Al final, casi todo… ¡quimeras! Qué pocas llegan a buen puerto…

Don Hugo: Si es que hay que poner más huevas que un esturión. Y a lo mejor, con suerte, prospera una.

Don Víctor: Nos embeleca el espejismo de que nuestra inteligencia y nuestra voluntad siempre rinden frutos, pero…

Don Hugo: … al final somos también naturaleza. Como muchísimo, sólo podemos derrochar…

Don Víctor: Y además, que somos bien pocos los que intentamos algo.

Don Hugo: … porque fíjese usted, don Víctor, esta mañana hasta el más modesto de los árboles prodiga millones de granos de polen… y tan sólo unos pocos cumplirán su misión.

Don Víctor: Tanto está prodigando que me ha entrado una alergia que… ¡Atchís!

Don Hugo: ¡Jesús!  

Dar de beber al sediento

Don Hugo: Hoy me encuentro algo resfriado. Me parece que a la tarde iré al ambulatorio.

Don Víctor: Muy bien, don Hugo, usted póngase malo siempre en nuestra autonomía; no sea que en otra no quieran atenderle.

Don Hugo: O que la ambulancia que me traiga de vuelta me deje tirado en la raya autonómica.

Don Víctor: Tiene gracia… Han caído todas las fronteras en Europa y nosotros nos ponemos a jugar a la Edad Media.

Don Hugo: ¡Qué cosa tan romántica!

Don Víctor: ¿Y qué me dice usted del esperpento de nuestra política hidráulica? El Ebro, ya ve usted, resulta ahora que es sólo de los aragoneses.  

Don Hugo: Y el Tajo, de loscastellano-manchegos.

Don Víctor: Eso sí, si a Mallorca le falta agua, le enviamos un barco-cisterna.

Don Hugo: Solidaridad intercomunitaria, ¡no faltaba más!

Don Víctor: Y encima el agua llega a puerto contaminada y hay que dársela de beber a los peces. 

Don Hugo: Al mar, agua.

Don Víctor: Y el dinero, tirado.

Don Hugo: Y los nuevos caciques cacareando.

Don Víctor: Y todos los demás, desplumados.

julio 2012

En el Monte Tabor

Don Hugo: ¿A qué no sabe usted, don Víctor, lo que encontré ayer, poniendo orden en casa? Tan bien la había guardado que la daba ya por perdida definitivamente tras aquella fatídica mudanza. Pues apareció: ¡la fotografía enmarcada con Alfredo Kraus cuando le saludamos en aquella “Lucia”!

Don Víctor: ¿Aquélla en que parece que estamos tocando a Dios?

Don Hugo: ¡Al mismísimo Cristo que venía de sudar sangre tras cantar aquello de “L´alma innamorata”!

Don Víctor: Es cierto que sudó sangre, en lugar de mesarse los cabellos o de rasgarse las vestiduras como tantos famosos fariseos.

Don Hugo: Fue una auténtica transfiguración. Agonizó realmente antes de clavarse la daga. Toda su carne y toda su alma se entregaron a la más absoluta desesperación.

Don Víctor: Sciagurato!

Don Hugo: Qué manera de penetrar en el sentido de las palabras y cómo las hacía fluir, ¡ como si vinieran directamente del pensamiento y no de su cuerpo!

Don Víctor: Es como la pintura de Velázquez, que parece imposible pintarla con la mano y no directamente con el intelecto.

Don Hugo: Qué variedad de ataques, qué forma de colorear, de muscular las notas con esas dinámicas cambiantes, con ese claroscuro…

Don Víctor: ¡Por eso, lo de la técnica! Para hacer posible aquel vuelo poético.

Don Hugo: Esos sonidos tan prístinos, impecablemente apoyados en la máscara.

Don Víctor: Es como la virgen Atenea nacida directamente de la cabeza de Zeus.

Don Hugo: ¿Qué filósofo griego dijo aquello de que el alma reside en el entrecejo?

Don Víctor: Qué más da… Si tiene tiempo, ¿por qué no subimos un ratito a casa a escuchar algún disco de Kraus?