Vencidos al fin

Don Hugo: Se ve que le quedan pocos combates. Cada vez le salen más caras las victorias y pronto dará con sus huesos en la arena. Don Víctor: Sonado y maltrecho, acabará cualquier día enrolándose de sparring en un sórdido gimnasio. Don Hugo: Tras tantas victorias incontestables, nuestro Marte intuye próximo su Rocroi, contemplando tristeSigue leyendo «Vencidos al fin»

Pérez Reverte y sus amigotes

Don Víctor: Pero, don Hugo, ¿qué es esto de que hoy no quiera usted hablar de nada cultural?, ¿qué mosca le ha picado? Don Hugo: Nada, no me hable usted, don Víctor… si le parece, hoy, nos quedamos callados. Don Víctor: Es que precisamente quería contarle que leí ayer en Le Figaro un artículo deSigue leyendo «Pérez Reverte y sus amigotes»

Mujeres paleolíticas

Don Víctor: Fíjese usted, don Hugo, qué fascinante es el recorrido sinuoso de las curvas en la silueta femenina: el reducido talle da paso al armonioso explayarse de las caderas que se recogen luego en las delicadas rodillas. Don Hugo: Sí, don Víctor, y si ascendemos por encima de la cintura, reina la espléndida convexidadSigue leyendo «Mujeres paleolíticas»

Elogios envenenados

Don Víctor: Es que, en ocasiones, algunos elogios van cargados de veneno, don Hugo. Don Hugo: Sí, como aquella vez en que le gritaron a Ponce: «¡Qué buen torero si hubiera toro!» Don Víctor: Como que no sabíamos todos que Ponce escoge siempre a sus juampedros. Don Hugo: ¿Y eso de «Qué buen vasallo siSigue leyendo «Elogios envenenados»

Lo inefable en el Arte

Don Hugo: Don Víctor, si le dijera que anoche no pegué ojo… Don Víctor: Pues, hombre, don Hugo, si me hubiera usted avisado, habríamos quedado por la tarde y no tan temprano, y así se echaba usted la siesta del carnero. Don Hugo: No, no, don Víctor, si precisamente tenía urgencia por verle y conjurarSigue leyendo «Lo inefable en el Arte»