
Don Hugo: Al final, y contra todo pronóstico, sacó una casta, ¡vamos, que ni el Bastonito de Baltasar Ibán!, y supo vender cara su vida.
Don Víctor: ¡Como que los realistas franceses la consideran una santa mártir y su celda de La Conciergerie, un verdadero santuario!
Don Hugo: No en vano el encaste Habsburgo dio grandes reyes…
Don Víctor: ¿Reses?
Don Hugo: Reses o reyes, ¡es lo mismo! Para una buena corrida se requiere una buena lidia a un toro de veras y muchos de su linaje no pasaron de juampedros.
Don Víctor: Claro, María Antonieta salió de los chiqueros vieneses distraída, huidiza, corretona, gazapona, aparentemente inepta para la lidia, vamos ¡que no tenía ni un pase! Luis XVI, que no tenía vocación ni de maletilla, no supo nunca pararla, templarla, mandarle y recogerla. No la supo fijar, no se dobló con ella, no supo llevarla a los medios…. domeñarla, en definitiva.
Don Hugo: Hasta que el pueblo, subiéndose al caballo de la Revolución, le propina un buen puyazo en su sitio y la ahorma, cambiándole el comportamiento de mansurrona al de brava, noble y poderosa.
Don Víctor: Con lo del puyazo, ¿se refiere usted al destronamiento y prisión del rey, al secuestro de sus hijos y a la condena a muerte de su familia?
Don Hugo: Claro, las tres varas preceptivas.
Don Víctor: Y entonces embistió con fiereza, con acometividad y constancia, boyante siempre. No vea usted cómo humillaba, rozando la arena con el hocico, y sacando su genio para dar emoción a la lidia. Brava siempre, hasta morir embistiendo.
Don Hugo: Ahora explíquele usted a Dupré cómo sostuvo al rey mientras lo tuvo vivo, cómo peleó por que no la separaran de sus hijos, cómo arrostró las más crueles acusaciones sin perder jamás el ánimo y con qué dignidad desfiló hacia el patíbulo.
Don Víctor: En definitiva, un toro de pañuelo azul.
Don Hugo: No era plaza París propicia a los indultos.