
Don Hugo: La última de Isidro Cuenca, don Víctor…. ¡que sor Teresa de Calcuta fue una reaccionaria que, con sus pañitos calientes, impidió el advenimiento de la igualdad social! Va y me dice: “¡La caridad estorba a la justicia del socialismo!”
Don Víctor: Tenga paciencia, don Hugo. Ya conoce usted la tendencia de Cuenca al maximalismo y al maniqueísmo.
Don Hugo: No quedó ahí la cosa. Me dijo que Cristo era un carca por afirmar que “pobres siempre los tendréis”, justificando y sancionando así la desigualdad social, amén de despilfarrador, y por tanto anti-ecológico, por aceptar que derramaran sobre su cabeza un carísimo ungüento con el que se podría haber remediado a unos cuantos hambrientos.
Don Víctor: ¡Pobre Cuenca! Si es que es un infeliz y un simple, incapaz de penetrar en las implicaciones de las cosas y de comprender los símbolos.
Don Hugo: ¡Y un intolerante! De ninguna manera me dejó explicarle lo que es un pobre y lo que es la pobreza, como si se tratara sólo de comer: la pérdida de los seres queridos, la postración de la enfermedad, los agravios de la edad, la persecución y el fracaso, la desgracia, cualquiera que sea; en definitiva, nuestra vulnerable condición mortal.
Don Víctor: Claro, don Hugo, lo que afirmaba aquella serie de “Los ricos también lloran”; si bien es cierto, por conceder algo de razón al bueno de Isidro, que se llora mejor con una buena chequera que tirado en la calle.
Don Hugo: No me dio opción a decirle que el gran reto de la cosa pública es que nadie quede tendido en la calle, claro que sí, pero, que, en tanto que esa utopía se realiza, bien estará tender una mano al desgraciado en vez de polemizar en el café.
Don Víctor: ¡Ya no lo aguanto! No me cuente usted más cosas de Isidro Cuenca y su toreo de salón. ¡Es un fanfarrón!
Don Hugo y don Víctor (cantando:) La rosa de los amores
la cortan pobres y ricos
y tos acaban llorando
igual que los niños chicos .