
Don Víctor: Aprovechando que las señoras se nos han adelantado y no nos ven, estoy por arrodillarme y besar esta santa tierra de Australia.
Don Hugo: ¡Atiza, don Víctor! ¿A qué viene tanto entusiasmo? Ni que fuera usted el arzobispo de Canterbury.
Don Víctor: Pues porque ésta es la segunda Roma.
Don Hugo: ¡Arrea!
Don Víctor: Repare usted, don Hugo, en tantos miles de años de precauciones, cálculos, cuidados, desvelos y prevenciones respecto a la generación de nuevos seres humanos. Cómo siempre las familias, las castas, los estamentos, las jerarquías, las clases y los pueblos seleccionaron los enlaces de sangre en aras de un futuro más perfecto.
Don Hugo: Es cierto, don Víctor, y cuántas veces ello redundó en la decadencia y la degeneración de las estirpes… Sí, muy bien, pero, dígame usted, ¿qué hay de Roma en esta isla?
Don Víctor: ¿Quiénes acertaron a reunirse en torno a aquel vado del Tíber en la Roma de los orígenes sino desheredados, bastardos, salteadores, renegados y réprobos de toda laya?
Don Hugo: Sí, ¡pero bien que se buscaron a las Sabinas, buenas mujeres!
Don Víctor: Eso es un mito para ennoblecer aquellos orígenes tan bajos.
Don Hugo: Claro, ahora caigo en su afición a Australia: este país lo conformaron desterrados que no podían ser asimilados, inasequibles a los postulados civilizadores británicos.
Don Víctor: Sí, prostitutas incorregibles, delincuentes reincidentes y peligrosos, viciosos, pervertidos y demás ralea antisocial.
Don Hugo: Pero, don Víctor, ¿qué hace usted de rodillas, hombre de Dios?
Don Víctor: Ya me levanto. Ayúdeme, don Hugo… Un par de siglos dejando que la Naturaleza obrara su curso sin restricciones ni prejuicios, ni cálculos, ni miramientos y ¡fíjese en el espléndido país que venimos a visitar!
Don Hugo: Muy cierto, don Víctor. “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular”. ¡Si hasta producen cantantes de ópera y todo!… ¡especialistas en Bellini y Donizetti!