
Don Víctor: Ahora, don Hugo, quédese usted ahí, sin moverse, y obsérveme.
Don Hugo: A la orden. No nos hemos llegado hasta Amiens para no resolver esa intrincada cuestión que, según usted, tenemos pendiente.
Don Víctor: ¿Recuerda usted aquella conversación de sobremesa que iniciamos el día de mi ingreso en el Ateneo?
Don Hugo: Claro, si además nos invitó usted por haber sido yo su padrino. Recuerdo que hablamos tanto que a media tarde las señoras se despidieron pretextando una tontería.
Don Víctor: Si trasnochamos y todo, sin poder alcanzar ninguna conclusión.
Don Hugo: Muchas veces me he preguntado por el intríngulis de aquello tan complejo y sutil que usted quería exponerme, pero, como al día siguiente ya no me hizo usted mención del asunto, opté por respetar su silencio durante todos estos años.
Don Víctor: Se lo agradezco sobremanera y de algún modo quiero pagarle su discreción y su paciencia.
Don Hugo: Pero, don Víctor, ¿por qué se pone ahora a corretear siguiendo el trazado del laberinto?
Don Víctor: No se preocupe que, como voy andando y no de rodillas, enseguida acabo, a no ser que me tome un mareo.
Don Hugo: Entonces, vaya más despacio.
Don Víctor: Fue un error desmesurado de cálculo el querer exponerle aquello. Hace tan sólo un par de semanas, al despertar, me acordé del lance y comprendí que habría sido inútil pretender comunicar algo de por sí inefable, perteneciente al mundo de los sentimientos y no al de las ideas.
Don Hugo: De las ideas y, por tanto, de las palabras… pero no corra usted, hombre de Dios, que me va a marear a mí.
Don Víctor: Ahí le duele. Hasta tal punto son quiméricas las rutas que pretendemos abrir a base de abstractas palabras que son precisamente ellas las que nos confunden y extravían, llevándonos por fragosos vericuetos….
Don Hugo: … que no hay quien entienda y que cada vez nos alejan más de la meta.
Don Víctor: Hágase cargo, ahora que he llegado al centro de este dédalo, de qué difícil es, en realidad, el “camino recto” que ha de seguir el cristiano para llegar a la salvación. Una abstracción tan simple como la recta se difracta en esta intrincadísima maraña. ¿De qué nos sirven las palabras?
Don Hugo: Ni lo dijo Platón ni lo dijo Aristóteles. Lo dijo Dalida.
Don Víctor: Sí, con Alain Delon.
Don Hugo y don Víctor (cantando:) Parole, parole, parole
Parole, parole, parole,
Parole, parole, parole,
Et encore des paroles
Que tu sèmes au vent…