Mariana lo tiene loco

Don Víctor: Cómo se transluce lo que usted decía, don Hugo, a propósito del paso de Jardiel Poncela por Hollywood: esa trama tan inquietante y policíaca de la “Eloísa está debajo de un almendro” bebe del cine norteamericano de entonces; y me refiero también al mudo.

Don Hugo: Ahí le quería yo llevar, don Víctor. ¿No le recuerda los cortos de Harry Langdon?

Don Víctor: Desde luego, esos ambientes paródicos de los relatos de Poe, la muchacha amenazada, una rudimentaria intriga, todo bañado en un halo de cómico misterio…

Don Hugo: Claro, claro, pero hay algo más: la erotización de su cine frente al más blanco de los encumbrados Pamplinas, Charlot y Harold Lloyd. Langdon no se arredra ante el tabú del adulterio y, aunque casado, siempre anda detrás de las chicas guapas.

Don Víctor: Las mujeres de Jardiel son tal cual las chicas de Hollywood, es cierto.

Don Hugo: Pero ¿no ha detectado usted en esta misma comedia la influencia de Watson?

Don Víctor: ¿No será el psicólogo conductista?

Don Hugo: ¡Quién había de ser si no, en América, en aquellos años! No en vano el behaviorismo nace a la par que la eclosión de la sociedad de consumo, durante los felices veinte. Se trata de conocer y modelar al potencial comprador o usuario.

Don Víctor: Desde luego Mariana está fascinada por todas las modernidades que aporta a su vida Fernando Ojeda, ese pretendiente que tiene: que si el tenis, que si las carreras de caballos, que si el club…

Don Hugo: ¡La conducta, la conducta! Precisamente, cuando su novio le ofrece la cara más vanguardista, Mariana se pirra por él y así se lo manifiesta, pero como se retraiga un tantico hacia lo convencional, Mariana lo rechaza abruptamente.

Don Víctor: ¡Pobrecillo, él que bebe los vientos por ella!

Don Hugo: Por eso mismo, don Víctor… Mariana, inconscientemente -porque no es ninguna lagarta-, le aplica el refuerzo intermitente, que es el que más afianza y fija una conducta, en este caso el enamoramiento de Fernando Ojeda por ella.

Don Víctor: Elemental, querido Watson.

Vulgar versus obsceno

Don Hugo: ¡La chocita del loro! Aquí acabamos la semana pasada los del cumpleaños de Isidro Cuenca.

Don Víctor: Casi me estoy alegrando de haber caído enfermo aquel día ahorrándome ese suplicio… aunque, eso sí, lamento no haber visto a Dupré.

Don Hugo: ¡Qué voy a decirle, don Víctor! Isidro se empeñó hasta el punto casi de ponerse violento… Ya le conoce usted de sobra.

Don Víctor: No quiero ni preguntarle…

Don Hugo: Para muestra, un botón: el pretendido “monologuista” ensalzaba, mirando al cielo, las virtudes del amor, que si nos eleva, que si nos iguala a los dioses, que si nos transforma en seres lumínicos, aunque todo ello dicho burdamente en tosca expresión … hasta que, abruptamente, volviéndose hacia el público, zanjó la ideal descripción con un “¡Chúpame la polla!”

Don Víctor: Imagino que para regocijo de los espectadores… ¡el mérito que tiene el tío!

Don Hugo: A mí me preocupa mucho lo que esto tiene, no ya de síntoma, sino de prueba de la decadencia de nuestra civilización.

Don Víctor: Hombre, don Hugo, siempre ha habido lugar para lo escatológico y lo obsceno, y también para este tipo de desahogos tan primarios.

Don Hugo: Quite, quite, don Víctor. No condeno lo obsceno, pero maldigo lo chabacano. Para que usted me entienda: en Mantua, asistí a un espectáculo de Commedia dell´Arte en que Brighella, criado listo, junto con Arlecchino, criado tonto, se disponen a robar al mercader Pantalone. Brighella dice, acercándose a la cerradura: “Voy a mirar por el agujero”. Se inclina y exclama: “¡No veo nada!”. Arlecchino se agacha a su vez y escruta entre las nalgas de Brighella: “Es verdad, ¡está todo muy negro!”

Don Víctor: Claro, escatológico, pero no vulgar.

Don Hugo: A lo escatológico como a lo obsceno se le da cauce en la Commedia dell´Arte, pero nunca a lo chabacano porque aquel Teatro dell´Improvvisa es estilización de la brutta realidad, como lo es todo arte verdadero. Evidentemente correspondía a una época de ascenso en la cultura, depuración del pensamiento, afinación del espíritu y búsqueda de la Belleza y de la revelación de la Verdad…

Don Víctor: ¡Ay, ahora entiendo su desconsolador diagnóstico, don Hugo!… Si el Arte sirve para que no muramos de Verdad, todo indica que nuestro momento se desvía hacia la Muerte.

Don Hugo: Es la tesis de Nietzsche: el Arte nos anega en lo dionisíaco, sumiéndonos caóticamente en el Gran Todo, desindividualizándonos; en definitiva, aniquilándonos, pero nos remedia con lo apolíneo, que nos salva in extremis mediante la forma construida por la razón:  llega el luminoso Apolo develando las tinieblas del furor dionisíaco.

Don Víctor: Lo suscribo, don Hugo, siempre y cuando no confundamos la Chocita del Loro con un santuario de Dioniso, que es teatro de cultura…

Don Hugo: … mientras que esta guarida de loros apenas llega a subcultura televisiva… Ahora, no vea usted los empellones que Isidro le daba al pobre Dupré. “Que no te ríes, Dupré, ¿pero es que no lo entiendes, hombre? ¡Si esto es mucho mejor que Molière!”

Revisando a Groucho

Don Hugo: Pero dígame, don Víctor, ¿de manera que ya no quiere usted disfrazarse de Groucho esta vez, con lo bien que lo hizo hace cinco años?

Don Víctor: Es que mi visita ayer a Resu, en su residencia, lo ha cambiado todo.

Don Hugo: ¿No me diga que ha tenido un bajón o que le ocurre algo peor?

Don Víctor: No, gracias a Dios, lo encontré muy bien de salud y con mejor cabeza que nunca. Si hasta me dio toda una lección dialéctica, ¡con lo bruto que ha sido siempre!

Don Hugo: ¡Arrea!

Don Víctor: Todo partió del disgusto que tiene con su nieto, abogado y ya con treinta años, que sigue viviendo con sus padres y no puede ni pensar en juntarse con su chica ni comprarse una casa. ¡Si gana tanto como el propio Resu con su pensión de portero!… y sus amigos, también todos licenciados, están igual.

Don Hugo: Pues porque está en la residencia, que si siguiera en la portería ¡ya estaba desenterrando el fusil de la carbonera!

Don Víctor: Yo empecé a argüirle que mientras en nuestro país no se aumente la productividad, no habrá manera de que la economía permita un aumento de los salarios, que los tenemos tan bajos… pero él opuso el embalsamiento de un verdadero ejército de trabajadores de reserva en paro, que tiran para abajo de los salarios por cualificados y productivos que sean los empleados.

Don Hugo: La culpa ha sido de la globalización: las grandes empresas deslocalizan su producción y, claro, a ver quién compite con los obreros del Tercer Mundo.

Don Víctor: También se lo dije, pero él me argumentó que eso sólo había sido posible por la concentración de capital. Entonces yo quise responsabilizar además a los sindicatos, que parece que también se hayan jubilado y él, entonces, me contradijo poniendo en evidencia el abandono por parte de los gobiernos supuestamente democráticos de todas las políticas sociales que protegieron a los proletarios.

Don Hugo: Vamos, que le sacó usted de sus casillas al bueno de Resu…

Don Víctor: Sí, llegó a gritarme que nuestro gobierno y los de los países como el nuestro estaban haciendo lo mismo que los tiranos corruptos africanos tras la descolonización, dejándose untar a cambio de vender sus países a las empresas transnacionales.

Don Hugo: ¡Vamos, que se pone usted a razonarle las tesis revisionistas de Bernstein y le arrea un guantazo!

Don Víctor: No se crea que no se me ocurrió, porque seguro que Resu ni lo conoce, pero lo peor es que comprendí inmediatamente que no hacía ninguna falta que lo conociera porque nos está fallando en todo.

Don Hugo: Hizo usted bien en callarse, don Víctor, porque la realidad está dando la razón, a día de hoy, a Rousseau, quien ya escribía en pleno siglo XVIII, con respecto a la organización social de su tiempo, “que era una funesta constitución aquella en que las riquezas acumuladas facilitan siempre los medios de seguir acumulándolas, mientras que al que nada tiene le es imposible adquirir nada”. ¡Fíjese usted, don Víctor, allí esta en germen la tesis marxista de la pauperización general de la población!

Don Víctor: ¡Y yo que hasta ayer pensaba que la razón la tenía Groucho Marx y no Karl!

Actualizarse o morir

Don Hugo: Ya es hora de actualizarse, don Víctor. Hace tiempo que vengo pensando en que se debería pasar del 4-2-3 al 4-1-4.

Don Víctor: Imposible, don Hugo; no salen las cuentas. Le falta un jugador. ¡Ah, ya entiendo!… Quiere usted aplicar el sistema decimal también al fútbol.

Don Hugo: ¿Qué fútbol dice usted? Le estoy hablando del enigma.

Don Víctor: Pues eso, ¡el enigma de Helenio Herrera que pensaba como usted, que era mejor jugar con diez que con once!

Don Hugo: No, hombre, no. ¡Edipo, Edipo!

Don Víctor: ¡Arrea! Otra vez con Freud…

Don Hugo: Calle y escuche, mirando a la esfinge: “¿Qué animal camina, primero, a cuatro patas; luego, sobre dos; y, por último, sustentándose en tres?”

Don Víctor: Mire que la tenía delante y que no me daba cuenta… entonces ¿por qué pasar de cuatro patas a una y luego a cuatro? ¿Es que hay un cojo de por medio?

Don Hugo: No, se trata de una actualización postural.

Don Víctor: Luego se me queja la fisioterapeuta de que no para usted de hablar, don Hugo. Yo estoy siempre callado porque creo que así la chica se concentra mejor.

Don Hugo: Precisamente hablando con ella, me surgió esta idea, que es más comprehensiva porque incluye también la vida intrauterina. Empieza el feto como un cuatro, el niño se yergue pronto como un uno y, cuando nos hagamos viejos, volveremos a plegarnos en cuatro… Ayer estuve explicando a la señorita Carmen que el cuerpo es un bucle y que acabamos como empezamos. En definitiva, el soma tiende a volver a la indefinición previa a la concepción, a esa tierra de nadie, tal y como sostiene Freud.

Don Víctor: Ya veo; no en vano los primitivos enterraban a los suyos en posición fetal… pero deje usted a Freud, hombre, y no le caliente los cascos a Carmencita… ¡no sea que nos despache y acabemos convertidos usted y yo en un cuatro antes de tiempo!

Balcones

Don Hugo: Y la tal madame d´Épinay, su protectora, nunca le hizo tilín: demasiado pálida, demasiado seca y, sobre todo, plana.

Don Víctor: Pues bien que se arrimaba el buen Rousseau a su pródiga bolsa…

Don Hugo: Nada: algunos besitos fraternales, unas carantoñitas inocentes… ¡y pare usted! Ése fue todo su pago.

Don Víctor: Dígame, don Hugo, ¿usted cree que Baudelaire le habría hecho ascos a la pobre Louise Florence Pétronille?

Don Hugo: Demasiado paliducha. Baudelaire está muy por encima de Alejandro Dumas hijo y disiente también de Poe y de Constantin Guys, por más que le gustaran.

Don Víctor: Claro, es la belleza que Poe lleva al extremo de lo cadavérico y que impulsa a Armand Duval a abrir el féretro de Marguerite.

Don Hugo: ¿No sabe usted, don Víctor, que hace años llevé a término el retrato-robot de la mujer ideal baudelairiana?… ¡pero qué digo, si aún no le conocía a usted!… Una muchacha negra, mulata, o si es blanca, criolla o meridional, acariciadas por el Sol; cabello crespo y abundante; espalda elástica…

Don Víctor: ¡El pecho, el pecho!

Don Hugo: Ya llego, don Víctor: el pecho, exiguo: “poitrine garçonnière”, “gorge pointue”, “gorge aiguë”… con trazo así la pinta Baudelaire…

Don Víctor: ¡Toma , Rousseau!

Don Hugo: … y, por contraste, unas caderas rotundas y unas piernas atléticas. “Creía ver unidos por un nuevo diseño / Las caderas de la Antíope al busto de un imberbe”.

Don Víctor: ¡Caderas de amazona y pecho de efebo!

Don Hugo: Claro, tenga usted en cuenta que Rousseau perdió a su progenitora prácticamente en el parto y sintió siempre el anhelo permanente de una figura maternal que le protegiera y nutriera.

Don Víctor: O sea, que a falta de una, ¡dos bolsas!

Don Hugo: Sí, es algo tan frecuente que rezuma, más allá de la literatura, en todas las realizaciones humanas. Tenga usted en cuenta, por ejemplo, cómo la casa representa siempre el cuerpo, sobre todo el femenino. Dentro de la casa, hallamos la seguridad del claustro materno, ¿y qué son sus protuberancias de balcones sino metáforas de los pechos nutricios?

Don Víctor: El davanzale de los italianos, o sea nuestro alféizar, que chistosamente aplican a Sofía Loren.

Don Hugo: “Il y a du monde au balcon”, hay gente en el balcón, que diría Raymond Queneau, si viviera, a propósito de Emmanuelle Béart… pero a lo que iba, don Víctor: lea esta cita que le he traído porque al final va a ser su autor quien lo aclare todo.

Don Víctor (leyendo): “El número siete era una casa antigua, de tres pisos y pico. Cada piso hacía ostentación de dos balcones opulentos y redondeados, que sobresalían de la fachada como un par de hermosas tetas sin sostén”…. ¡Álvaro de Laiglesia dando de nuevo en el clavo!  

El corrido de Durero

Don Víctor: Esto de ambientar una exposición de arte contemporáneo con música de fondo, como para apuntalar la inconsistencia de lienzos y esculturas…

Don Hugo: ¡No olvide usted, don Víctor, las instalaciones!

Don Víctor: ¡También, también!… En definitiva, una especie de paisaje que no nos dice nada y que me hace pensar en el arte del pasado, en cómo se basta a sí mismo.

Don Hugo: Desde luego, don Víctor, pero ¿no encuentra usted que también ayuda la música renacentista, que suena siempre en el Hospital de la Santa Cruz de Toledo, al disfrute de las tallas de los imagineros y de los retablos hispano-flamencos?

Don Víctor: Y sobre todo del edificio mismo, de sus molduras platerescas, sus artesonados mudéjares, las dilatadas naves de su cruz… ¿Qué no lograrían algunos madrigales de Monteverdi en una exposición de Piero della Francesca?

Don Hugo: Tiene usted razón. Me estoy imaginando una Pasión de Bach envolviendo el Descendimiento de Van der Weyden…

Don Víctor: ¡Maravilloso, don Hugo, y una visita a Villa Barbaro afrescada por el Veronese mientras suena Vivaldi… pero me estoy temiendo que tanta exaltación no pueda derivar en furor vesánico… ¡Mejor dejémoslo estar, don Hugo!

Don Hugo: Muy bien, don Víctor, pero concédame usted, a título de hipótesis estrafalaria, una última locura: la pieza expuesta es “El caballero, la Muerte y el Diablo”, de Durero…

Don Víctor: Lo recuerdo bien: el jinete, caballero pasante armado de punta en blanco sobre estatuario corcel, sigue derecho su recto camino sin que las amenazas de la Muerte ni las solicitaciones del Gran Cabrón logren desviar siquiera su mirada…

Don Hugo: Me vienen a la mente esos versos de Ramon Llull: “Al cavaller tany cavalcar, / Escut e sella, e brocar, / Espasa e llança, e colps dar… Cavaller no tinc per cortès / Si Deus no ama més que res”

Don Víctor: … y todo ello sobre un fondo prolijo que quiere traer al primer plano montañas, frondas y lejanas fortalezas, así como animalejos, alguna calavera y piedras del camino.

Don Hugo: Olvida usted el perro que trota fiel y confiado a los flancos de la cabalgadura… ¿Qué tal si suena entonces el corrido de Jorge Torres? (cantando:) “Valiente entre los valientes / Su vida juega a la suerte. / Ni le alza pelos la Muerte / Ni el Diablo con más razón”

Don Víctor y don Hugo (cantando:) Aquí viene Jorge Torres / En su caballo retinto / Y sus pistolas al cinto, / El pecho valiente y noble / Y en la boca una canción”.

Los anteojos del amor

Don Hugo: No hace falta que siga usted buscando aquello que le dije, don Víctor. Ya tengo el ejemplo que necesito.

Don Víctor: ¿Eso de cómo el amor impregna y cambia la mirada de manera que todo lo embellece?

Don Hugo: Efectivamente. No adivinaría usted el autor que mejor lo expresa.

Don Víctor: ¿Español o extranjero?

Don Hugo: No se lo digo.

Don Víctor: Jugaré pues las dos cartas a cada intento…Vamos allá: ¿Horacio o Marcial?

Don Hugo: Ni tan florido ni tan seco.

Don Víctor: ¿Gottfried de Estrasburgo o nuestro Arcipreste?

Don Hugo: Ni tan cándido ni tan cínico.

Don Víctor: ¡Vaya por Dios!… Seguiré batiendo siglos hasta dar con ello. ¿Petrarca o Garcilaso?

Don Hugo: No apunte tan arriba. Ponga los pies en el suelo.

Don Víctor: Pues no sé… ¿Shakespeare o Lope?

Don Hugo: Caliente, caliente, don Víctor… pero más moderno.

Don Víctor: Ah ya… ¿Lamartine o Bécquer?

Don Hugo: Pero, don Víctor, ¡vuelve usted a despegar! Aterrice de una vez. Y además es más moderno.

Don Víctor: ¡Ya lo tengo! O es Paul Éluard o es Lorca.

Don Hugo: Mire, don Víctor, como no lo va usted a adivinar por muchas andanadas que le permita disparar, se lo voy a citar: “Cuando siente una el picotazo del enamoramiento, se pasa chanchi…”

Don Víctor: ¡Elvira Lindo!

Don Hugo: No. “…todas las cosas del mundo, incluso las más feas, las encontramos preciosas…”

Don Víctor: ¡Rosa Montero!

Don Hugo: Tampoco. “… hasta los orinales nos parecen floreros…”

Don Víctor: ¡Almudena Grandes!

Don Hugo: Agua… Prosigo. “… y las tumbas para morir, cunas para nacer…”

Don Víctor: ¡Esta vez sí que sí: Carmen Posadas!

Don Hugo: Atienda, don Víctor, que está hablando un personaje. Puede tratarse de un autor masculino. Sigo: “… y los crepúsculos, auroras…”

Don Víctor: Pues entonces, ¡ Muñoz Molina!

Don Hugo: No. Escuche: “… y los señores que gruñen, ángeles que cantan…”

Don Víctor: ¡Millás!

Don Hugo: Tampoco. Tendré que leerle un último extracto, pero no me interrumpa y reflexione: “… la vida era maravillosa, el Sol brillaba más, la gente era menos malvada, los hombres no eran guarros”.

Don Víctor: Ni Tono, ni Mihura, ni Mingote… ¡Álvaro de Laiglesia! Y la novela se titula “Fulanita y sus menganos”.

Don Hugo: ”Te alabo, Padre, porque ocultaste estas cosas a sabios e inteligentes y las revelaste a los niños”.

Caer

Don Hugo: Saque usted una papeleta al azar, don Víctor… Yo leo la primera: “A nuestro amor demos placiente y entero cumplimiento”.

Don Víctor: ¡Qué bien, don Hugo, un ratito en la Edad Media! A ver qué saco yo… “Y en uno habremos toda la noche, uno del otro, fiesta y placer”.

Don Hugo: ¡Qué suerte, don Víctor, venía que ni pintado!… “Hallé su boca sabrosa e la saliva templada”. ¡Esto es increíble! Es como si el propio Amor fuera ensartando las papeletas en su flecha al ritmo de sus pasos.

Don Víctor: “Ce fut lors que Guenièvre dit sa prière secrète avec Lancelot”…

Don Hugo: Sí, la que acaba usted de leer me la mandó  Dupré. Sigamos:“E allí la doncella y Palmerín tuvieron su secreta conversación”.

Don Víctor: ¡Arrea! Fíjese lo que me ha salido: “E los dos quedaron en uno”.

Don Hugo: A ver la última… “e navegaron en ansias”… ¿qué son las ansias sino mareo febril que nos desequilibra y, paradójicamente, haciéndonos caer en lo físico, nos empuja hacia arriba en lo anímico?

Don Víctor: Sin duda alguna, don Hugo. ¿Y qué es “navegar” sino un continuo caer y remontar?

Don Hugo: Siempre me dolió que nuestra lengua, a diferencia del francés y el inglés, no recoja en una expresión esta emoción.

Don Víctor: Ese “tomber amoureux” de los franceses y “to fall in love” de los ingleses… el desfallecimiento de amor.

Don Hugo: Sí, ese abismarse hasta la extenuación, esa desintegración dionisíaca en el gran todo, la aniquilación del ser…

Don Víctor: Nos ha faltado acuñar algo a lo que nos hemos aproximado siempre… pero dígame, don Hugo, ¿no hay algo en “La Regenta” sobre “caer enamorada”?…

Don Hugo: Es verdad… “Se sentía caer en un abismo de flores. Aquello era caer, sí, pero caer al cielo… La regenta cayendo, cayendo, era feliz; sentía el mareo de la caída en las entrañas”.

Don Víctor: No puede ser, don Hugo… ¡Pues no traigo en la cartera unas entradas para que vayamos mañana a ver, con Dolores y Julita, “La Nave de Amores” de Gil y Vicente!… ¡Ay, que me está dando un mareo!

Malas lecturas

Don Hugo: Oiga, don Víctor, ¿de qué iba la primera lectura, que no me he enterado de nada?

Don Víctor: Claro, don Hugo, es que ese señor hablaba para el cuello de su camisa y pronunciaba muy mal. Yo sólo he entendido que el brazo del Señor es poderoso.

Don Hugo: Sí, hombre, pero eso ya lo traía usted sabido de antes de que acabara la guerra.

Don Víctor: Pues la señora que leyó la epístola no daba una con su prosodia errática: ¡ni un solo acento en su sitio, ni puntos ni comas, palabras encabalgadas, nulas inflexiones de voz!

Don Hugo: Sí, pero al menos su dicción era algo mejor y he podido ir reconstruyendo su discurso… pero, claro, convertido el desciframiento de la epístola en un rosario de acertijos, no he prestado demasiada atención al mensaje…

Don Víctor: Le tengo que pasar una noticia que leí en la prensa sobre un periodista que enseña a leer en misa.

Don Hugo: Estoy pensando, don Víctor, y no lo digo en broma, que la próxima vez en que vayamos juntos a misa, primero nos pasamos por la sacristía y le decimos al cura que o leemos nosotros o que nos vamos a tomar el vermú.

Neomudéjar

Don Hugo: Dígame, don Víctor, ¿son ganas de protestar por protestar o realmente ese movimiento vecinal de Tetuán en defensa de su neomudéjar tiene sentido?… porque en el caso de las Escuelas Aguirre, por ejemplo, está claro que sería una barbaridad borrar del mapa un edificio tan singular, resultado de un cuidadoso proyecto arquitectónico, de una gran inversión y de un programa decorativo muy elaborado y armonioso… pero en el caso de esas casitas de Tetuán…

Don Víctor: Es verdad que, a veces, se trata de pequeñas fachadas de edificios muy modestos que, arquitectónicamente, no son nada. Ahora bien, allí están los primores de aquellos maravillosos caravisteros, un patrimonio artesanal que sí merece todo el respeto y que es uno de los ornamentos de Madrid donde tantas vulgaridades sin carácter se acumulan.

Don Hugo: Supongo que también habrá otro elemento de tipo afectivo…

Don Víctor: ¿No será aquello de que la casa es el símbolo del cuerpo femenino?

Don Hugo: Déjese ahora de bromitas psicoanalíticas, don Víctor, que estoy hablando en serio. Quería decir que para los vecinos de estas obras tan características, forma parte de la identidad del barrio. Hace del espacio próximo un lugar antropológico lleno de connotaciones familiares, que son interiorizadas por todos.

Don Víctor: Eliminarlas sería borrar la memoria y socavar la identidad del barrio.

Don Hugo: Veo que tiene toda la razón, don Víctor. No es un capricho… No obstante, dejando aparte este caso, he de plantearle otro, y no pequeño: con lo contentos que vamos siempre a los toros y ¡es llegar a la vista de la plaza y sentir un cierto malestar!… mire que habré hecho análisis introspectivo para explicármelo, que si esa monumentalidad exenta y rotunda es la del opresor Superyo, que si su clausura sobre sí misma desencadena en mí una desazón narcisista que creo ya superada, que si…

Don Víctor: Pare usted, don Hugo, que la explicación se esconde en el primer pliegue de su discurso: Monumentalidad. ¿A que no le ocurre lo mismo cuando nos acercamos, por ejemplo, a la arena de Verona?

Don Hugo: Es verdad. Cuántas veces hemos estado y nunca he sentido ese comején.

Don Víctor: La decoración del mudéjar, tan pictórica, hecha de un prolijo claroscuro que desmaterializa los paños y esconde la estructura, dota de atractivo y pintoresquismo al quiosco, al recoleto patio porticado de pequeños pabellones con su fuente y canalillos, a la airosa torre que espejea con sus incrustaciones esmaltadas… pero enmascara y estorba la noble y grandiosa estructura de un anfiteatro a la romana. Para mí, don Hugo, que su malestar es estético.

Don Hugo: Ya veo, don Hugo, que, gracias a Dios, no era para tanto. Además, ahora que lo pienso, toda esa menuda decoración tampoco llega a disfrazar la plasmación tectónica del espíritu clásico. Ahora mismo, y de memoria, se me antoja como caprichosas colgaduras tendidas desde los balcones y ventanas  en un día de fiesta.

Don Víctor: ¿Para cuándo volvemos a los toros, don Hugo?

Don Hugo: Para el día ocho, en que torea Morante, que se está convirtiendo en émulo de Gallito.

Don Víctor: Ya verá usted cómo no va a sentir la mínima molestia.