Caer

Don Hugo: Saque usted una papeleta al azar, don Víctor… Yo leo la primera: “A nuestro amor demos placiente y entero cumplimiento”.

Don Víctor: ¡Qué bien, don Hugo, un ratito en la Edad Media! A ver qué saco yo… “Y en uno habremos toda la noche, uno del otro, fiesta y placer”.

Don Hugo: ¡Qué suerte, don Víctor, venía que ni pintado!… “Hallé su boca sabrosa e la saliva templada”. ¡Esto es increíble! Es como si el propio Amor fuera ensartando las papeletas en su flecha al ritmo de sus pasos.

Don Víctor: “Ce fut lors que Guenièvre dit sa prière secrète avec Lancelot”…

Don Hugo: Sí, la que acaba usted de leer me la mandó  Dupré. Sigamos:“E allí la doncella y Palmerín tuvieron su secreta conversación”.

Don Víctor: ¡Arrea! Fíjese lo que me ha salido: “E los dos quedaron en uno”.

Don Hugo: A ver la última… “e navegaron en ansias”… ¿qué son las ansias sino mareo febril que nos desequilibra y, paradójicamente, haciéndonos caer en lo físico, nos empuja hacia arriba en lo anímico?

Don Víctor: Sin duda alguna, don Hugo. ¿Y qué es “navegar” sino un continuo caer y remontar?

Don Hugo: Siempre me dolió que nuestra lengua, a diferencia del francés y el inglés, no recoja en una expresión esta emoción.

Don Víctor: Ese “tomber amoureux” de los franceses y “to fall in love” de los ingleses… el desfallecimiento de amor.

Don Hugo: Sí, ese abismarse hasta la extenuación, esa desintegración dionisíaca en el gran todo, la aniquilación del ser…

Don Víctor: Nos ha faltado acuñar algo a lo que nos hemos aproximado siempre… pero dígame, don Hugo, ¿no hay algo en “La Regenta” sobre “caer enamorada”?…

Don Hugo: Es verdad… “Se sentía caer en un abismo de flores. Aquello era caer, sí, pero caer al cielo… La regenta cayendo, cayendo, era feliz; sentía el mareo de la caída en las entrañas”.

Don Víctor: No puede ser, don Hugo… ¡Pues no traigo en la cartera unas entradas para que vayamos mañana a ver, con Dolores y Julita, “La Nave de Amores” de Gil y Vicente!… ¡Ay, que me está dando un mareo!

Malas lecturas

Don Hugo: Oiga, don Víctor, ¿de qué iba la primera lectura, que no me he enterado de nada?

Don Víctor: Claro, don Hugo, es que ese señor hablaba para el cuello de su camisa y pronunciaba muy mal. Yo sólo he entendido que el brazo del Señor es poderoso.

Don Hugo: Sí, hombre, pero eso ya lo traía usted sabido de antes de que acabara la guerra.

Don Víctor: Pues la señora que leyó la epístola no daba una con su prosodia errática: ¡ni un solo acento en su sitio, ni puntos ni comas, palabras encabalgadas, nulas inflexiones de voz!

Don Hugo: Sí, pero al menos su dicción era algo mejor y he podido ir reconstruyendo su discurso… pero, claro, convertido el desciframiento de la epístola en un rosario de acertijos, no he prestado demasiada atención al mensaje…

Don Víctor: Le tengo que pasar una noticia que leí en la prensa sobre un periodista que enseña a leer en misa.

Don Hugo: Estoy pensando, don Víctor, y no lo digo en broma, que la próxima vez en que vayamos juntos a misa, primero nos pasamos por la sacristía y le decimos al cura que o leemos nosotros o que nos vamos a tomar el vermú.

Neomudéjar

Don Hugo: Dígame, don Víctor, ¿son ganas de protestar por protestar o realmente ese movimiento vecinal de Tetuán en defensa de su neomudéjar tiene sentido?… porque en el caso de las Escuelas Aguirre, por ejemplo, está claro que sería una barbaridad borrar del mapa un edificio tan singular, resultado de un cuidadoso proyecto arquitectónico, de una gran inversión y de un programa decorativo muy elaborado y armonioso… pero en el caso de esas casitas de Tetuán…

Don Víctor: Es verdad que, a veces, se trata de pequeñas fachadas de edificios muy modestos que, arquitectónicamente, no son nada. Ahora bien, allí están los primores de aquellos maravillosos caravisteros, un patrimonio artesanal que sí merece todo el respeto y que es uno de los ornamentos de Madrid donde tantas vulgaridades sin carácter se acumulan.

Don Hugo: Supongo que también habrá otro elemento de tipo afectivo…

Don Víctor: ¿No será aquello de que la casa es el símbolo del cuerpo femenino?

Don Hugo: Déjese ahora de bromitas psicoanalíticas, don Víctor, que estoy hablando en serio. Quería decir que para los vecinos de estas obras tan características, forma parte de la identidad del barrio. Hace del espacio próximo un lugar antropológico lleno de connotaciones familiares, que son interiorizadas por todos.

Don Víctor: Eliminarlas sería borrar la memoria y socavar la identidad del barrio.

Don Hugo: Veo que tiene toda la razón, don Víctor. No es un capricho… No obstante, dejando aparte este caso, he de plantearle otro, y no pequeño: con lo contentos que vamos siempre a los toros y ¡es llegar a la vista de la plaza y sentir un cierto malestar!… mire que habré hecho análisis introspectivo para explicármelo, que si esa monumentalidad exenta y rotunda es la del opresor Superyo, que si su clausura sobre sí misma desencadena en mí una desazón narcisista que creo ya superada, que si…

Don Víctor: Pare usted, don Hugo, que la explicación se esconde en el primer pliegue de su discurso: Monumentalidad. ¿A que no le ocurre lo mismo cuando nos acercamos, por ejemplo, a la arena de Verona?

Don Hugo: Es verdad. Cuántas veces hemos estado y nunca he sentido ese comején.

Don Víctor: La decoración del mudéjar, tan pictórica, hecha de un prolijo claroscuro que desmaterializa los paños y esconde la estructura, dota de atractivo y pintoresquismo al quiosco, al recoleto patio porticado de pequeños pabellones con su fuente y canalillos, a la airosa torre que espejea con sus incrustaciones esmaltadas… pero enmascara y estorba la noble y grandiosa estructura de un anfiteatro a la romana. Para mí, don Hugo, que su malestar es estético.

Don Hugo: Ya veo, don Hugo, que, gracias a Dios, no era para tanto. Además, ahora que lo pienso, toda esa menuda decoración tampoco llega a disfrazar la plasmación tectónica del espíritu clásico. Ahora mismo, y de memoria, se me antoja como caprichosas colgaduras tendidas desde los balcones y ventanas  en un día de fiesta.

Don Víctor: ¿Para cuándo volvemos a los toros, don Hugo?

Don Hugo: Para el día ocho, en que torea Morante, que se está convirtiendo en émulo de Gallito.

Don Víctor: Ya verá usted cómo no va a sentir la mínima molestia.

Günter Netzer

Don Hugo: Y me pregunto yo, don Víctor, ¿por qué se dirá “trabajar como un enano”?

Don Víctor: Veo que a Freud no le dio tiempo a explicarlo, pero déjeme usted, don Hugo, que sea yo quien, por una vez, imagine su respuesta.

Don Hugo: ¡No faltaba más! Por eso se lo pregunto.

Don Víctor: Dado su profundo conocimiento, no sólo de la mitología clásica sino también de la germánica, él afirmaría que se debe al submundo productivo de los laboriosos nibelungos, incansables mineros y herreros, dotados de la disciplina, el vigor y la pequeñez de las hormigas. Unos y otras se fatigan y guardan sus tesoros en el secreto de insondables subterráneos.

Don Hugo: Esto nos lleva a hundirnos en el subconsciente. El monstruoso y avaro enano no deja de ser el impulso reprimido tornándose peligrosamente bestial para el equilibrio psíquico.

Don Víctor: En el mundo medieval, lo extremo, ya sea la pequeñez del enano…

Don Hugo: El instinto regolfado se comprime y deforma.

Don Víctor: … ya sea el colosalismo del gigante…

Don Hugo: ¡El Superyo!

Don Víctor: … son siempre elementos negativos que amenazan al caballero.

Don Hugo: ¿Recuerda usted, don Víctor, aquel fichaje tan sonado del Madrid, el alemán Günter Netzer?

Don Víctor: Sí, claro un auténtico héroe tedesco.

Don Hugo: Pues los periodistas deportivos dieron en llamarle “El Nibelungo”, ya ve usted, don Víctor, … ¡a aquel buen mozo!

Don Víctor: Sería que era muy laborioso y ahorrativo… pero, en todo caso, y para que no nos motejen de nibelungos, de ninguna manera creo que debamos tomarnos el trabajo de hacernos, para los carnavales, los disfraces de Wotan y Sigfrido.

El regalo de Letizia

Don Víctor: Me lo imagino contando unos chistes verdes que harían enrojecer hasta al mismo general Primo de Rivera.

Don Hugo: Desde Fernando VII es proverbial la chabacanería de nuestros Borbones.

Don Víctor: ¡Farsa y licencia de la reina castiza!… y así les fue a la postre a doña Isabel II, a don Alfonso XIII y al emérito.

Don Hugo: “¡Vaya espárragos tan cojonudos!”

Don Víctor: A Fernando VII le salvó la campana de los Cien Mil Hijos de San Luis.

Don Hugo: Alfonso XII fue exquisitamente constitucional porque llegó al trono de prestado.

Don Víctor: Como nuestro Felipe VI. Ambos le tienen bien vistas las orejas al lobo.

Don Hugo: Recuerdo, don Víctor, que Madariaga escribió algunas cosas de Alfonso XIII, que a mí me recordaban a Juan Carlos I: tendencias plebeyas, la costumbre de considerar el tuteo como honor real, inclinación a mezclar los ambientes personal y oficial… acaba Madariaga por señalar lo peligroso que es todo ello para un rey moderno.

Don Víctor: ¿Y qué libro de don Salvador es ése, don Hugo? Seguro que la reina Letizia se lo ha comprado a su marido.

El velatorio de Valeriano

Don Víctor: Cómo lo sentí, don Hugo…. Fue marcharse usted del velatorio y empezó lo mejor. Hacía años que no nos reíamos tanto en la familia.

Don Hugo: Es típico de los funerales suscitar incontenibles jolgorios liberadores de una tensión psíquica inducida por la muerte del ser querido. No deja de ser un ejemplo más de las metáforas hidráulicas del psicoanálisis, tal y como con afán crítico las llama el conductista Bandura, con sus presiones y descompresiones.

Don Víctor: ¿Se refiere usted a si llorábamos de risa?

Don Hugo: En cierto modo: concentrando la presión en un lado, descomprimimos otro.

Don Víctor: Le dio a Daniel por contar una anécdota del difunto y fue empezar y no parar… Recordará usted, don Hugo, esa enorme cicatriz de mi primo Valeriano que le cubría la mejilla izquierda y que él mismo se había hecho hurgándose un grano, ¿verdad?

Don Hugo: ¡Atiza! Yo nunca me creí aquello de la selva y el zarpazo del tigre… ¡pero que se lo hiciera de esa manera!

Don Víctor: Claro, pero mis hijos, de pequeños, se lo creían a pies juntillas. Como lo de que mató a David Crockett en El Álamo: se escondió debajo de su cama y, cuando todos dormían, salió y le clavó un puñal en el pecho.

Don Hugo: ¿Y no me dijo usted, en una ocasión, que hacía creer también a sus hijos que se comía las avispas?

Don Víctor: Sí, las cazaba al vuelo en el chalé de Cercedilla, las agitaba dentro de su puño, aturdiéndolas, y, luego, poniendo la cara de perfil, simulaba tragárselas… ¡para admiración de los chavales y para indignación de Julita por su mal ejemplo!… También les fascinaba con sus cosas de bichos. Tuvo en su casa sucesivamente serpientes, lagartos, un autillo que paseaba como un nigromante sobre su hombro y, por último, en un acuario, unos zapateros que cogió en el Alberche.

Don Hugo: ¡Vaya manera de ir a menos, don Víctor!

Don Víctor: Celia nos recordó la suciedad plutónica que atesoraban por dentro los cuellos de sus camisas y el agua negra que salía de sus manos cuando venía a comer a casa y se las lavaba. Los niños hacían corro para presenciar aquel espectáculo, que tanto enorgullecía a su tío.

Don Hugo: ¿Y cómo llegaba así a su casa?

Don Víctor: Conducía una moto DKW bastante vieja por las calles de Madrid, siempre a cuerpo -aunque luego, para compensar, durmiera con seis mantas-, y con las manos pringadas de grasa… Por cierto, como también nos recordó Celia, a la mesa no usaba servilleta porque “eso es de cursis” y directamente, tras haber pelado unas gambas, se pasaba los dedos por la cabeza.

Don Hugo: Yo a eso lo llamo “fijador natural”, sin conservantes ni colorantes… una auténtica y precursora toilette sostenible.

Don Víctor: Luego Francisco recordó cómo le daban todos puñetazos en el estómago, mientras comía las lonchas de jamón de Jabugo que le ofrecíamos, sin expresar el mínimo dolor y sí el placer de degustar algo tan selecto.

Don Hugo: ¡Caracoles! Como Polifemo devorando marinos mientras le lanzan venablos enanos contra la panza…

Don Víctor: Algo así… Cada vez que venía a casa, Julita se echaba a temblar, pero para los niños era una fiesta y eso que, a veces, colocándose una moneda entre los dedos índice y corazón, les acariciaba arrastrando el canto de la moneda por la cocorota, hasta arrancarles un grito… pero ellos ¡tan felices de que luego los llamara “cretinitos”!

Don Hugo: ¿Cómo?… ¡Cretinitos!…

Don Víctor: Sí, sostenía que los bebés son auténticos cretinos, que ni hablan, ni caminan, ni razonan, miran sin ver… Recuerdo cómo doña Adela, una antigua amiga de la familia, le preguntó, una vez que vino por Madrid, por mi hermana Charito, y Valeriano le contestó que estaba muy bien, que se había casado y que tenía tres cretinitos. “¡Ay, la pobre, cómo lo siento!”, se lamentó la buena señora. También nos recordó Daniel cómo les decía, cuando iban al colegio, que no estudiaran pues aprobar estudiando no tenía mérito alguno, que eso lo hacía cualquiera. Y, a los niños varones, que nunca se les ocurriera fumar, que eso era “un vicio feminoide”.

Don Hugo: Veo que lo pasaron en grande. ¡Lástima que ayer toreara Morante y tuviera yo que marchar tan pronto!

Don Víctor: Hubo más, don Hugo. Por lo visto, en una ocasión en que estábamos tomando puré de lentejas, empezó a protestar de la mala fama de la mierda, que si la gente dice “eso es una mierda”, que “¡vaya una mierda!”, que “¡vete a la mierda!”… que él la había probado y que no estaba mala, que incluso ofrecía un cierto regustillo dulzón, nada desagradable.

Don Hugo: Esto me confirma que Julita es una santa.

Don Víctor: Atienda a lo mejor: cuando todos los veranos, los niños marchaban en tren hacia la costa, con sus abuelos, él iba a despedirlos a la estación y, apoyándose en la parte trasera del furgón, desencajando histriónicamente sus rasgos, fingía empujar todo el convoy cuando se ponía en marcha.

Don Hugo: ¡Una auténtica prueba de Hércules!

Don Víctor: Los niños, desde la ventanilla, aplaudían entusiasmados… Total, que yo también me apunté y me vi desgranando mi propio repertorio, suscitando nuevas carcajadas. Por ejemplo, ya que hablamos de cacas, recuerdo que él pasó algunos veranos en Alemania para aprender la lengua… ¡y que no aprendió nada!, y luego, a su vuelta, enseñaba a los amigos, dentro de una cajita muy coqueta, una mierda, que él presentaba como artificial, en todo igual a la biológica, ¡puesto que era auténtica!, prueba irrefutable, proclamaba, de lo avanzada que estaba la industria química pesada alemana. “Huélela, tócala con el dedo, pruébala… ¡Si es que está clavada!… ¡lo que no sean capaces de hacer estos alemanes…!” Y los amigos picaban.

Don Hugo: ¡Una prueba más de la fascinación regresiva que el excremento sigue ejerciendo en el adulto!

Don Víctor: En otra ocasión, a unas señoras de la cuestación contra el cáncer, les soltó: “De ninguna manera, señoras. Yo soy íntimo amigo del cáncer y no debo traicionarle”.

Don Hugo: ¡Vamos, que ni Ramón Gómez de la Serna!

Don Víctor: No en vano decía Julita que el primo Valeriano era el último bohemio: no quería que le regaláramos ropa ni calzado nuevos. Prefería gastar lo que desechaban sus conocidos, aunque fuera rellenando con periódico la punta de los zapatos grandes y afeitándose con las cuchillas usadas.

Don Hugo: Claro que sí, ¡desafiando al Sida como un valiente!

Don Víctor: Afirmaba que el sexo femenino no estaba oprimido y que así lo probaba el hecho de que los servicios femeninos estuvieran siempre limpios, mientras que los aseos masculinos eran auténticas zahurdas.

Don Hugo: Como boutade, no está nada mal, la verdad…

Don Víctor: Ahora, lo que nunca supimos a ciencia cierta fue de qué y cómo vivía, pero es que ¡siempre estaba contento!, y, sin embargo, ¡se quejaba de que nada le entusiasmaba vitalmente!

Don Hugo: Pero, don Víctor, ¿no logró escapar de una checa en Madrid? ¿No fue desde Mallorca a Roma al acabar la guerra para agradecer a Pío XII su apoyo a la Cruzada? ¿No estuvo a punto de perder nariz y orejas, por congelación, en una operación especial de sabotaje contra los tanques soviéticos durante su participación en la División Azul? ¿No le puso una bomba al general Varela por monárquico?… ¿No ha muerto a una edad tan avanzada, en plena caminata, a la vista ya de Santiago de Compostela?

Don Víctor: Al final, nos hizo ver Julita, que había estado llorando en un rincón, que era un superviviente de un tiempo y de una generación: mientras que Emilio Carrere, tras la guerra, se acomodó a la España que le tocaba en suerte, Valeriano, mucho más joven, siguió viviendo toda su existencia sin transigir ni adaptarse, siempre a contrapelo.                

Habla madrileña

Don Hugo: Pero, don Víctor, ¿entonces su supuesto homenaje a Galdós, en el centenario de su muerte, va a consistir en rebatirle un párrafo de principio a fin?

Don Víctor: Qué remedio me queda, don Hugo, si ése es el resultado después de haberlo estudiado con el mayor interés y total objetividad.

Don Hugo: ¿Y usted cree que en la Casa regional canaria en Madrid les va a gustar?…

Don Víctor: “Este modo de hablar de la tierra ha nacido en Madrid de una mixtura entre el deje andaluz, puesto de moda por los soldados, y el deje aragonés, que se asimilan todos los que quieren darse aires varoniles”.

Don Hugo: Curioso sí que es… pero, dígame, ¿cuáles son sus contraargumentos?

Don Víctor: ¿Aragonés? El maño habla en legato continuo.

Don Hugo: Y, no contento, se sigue prolongando en una sílaba ascendente.

Don Víctor: En cuanto al andaluz, aspira, propende a lo gutural y envuelve sus frases en una musicalidad efusiva.

Don Hugo: Ya lo dice Manuel Machado, citando a un amigo sevillano: que los andaluces “hablamos el español sin las dificultaes propias del idioma”.

Don Víctor: Le diré, esquemáticamente, el guión de mi ponencia.

Don Hugo: ¡Empiece usted por la dicción!

Don Víctor: Bueno, don Hugo, como usted quiera. Al contrario de sus supuestas influencias, el chulo madrileño silabea siempre en staccato

Don Hugo: Lo ha dicho usted que ni pintao, ¡vamos que ni el Julián!

Don Víctor: … acaba sus períodos bruscamente, almacena aire en sus mejillas y lleva el sonido hacia una palatalización delantera.

Don Hugo: Ciertamente, pero no tanto como el dental inglés… Ahora, ¡la pronunciación!

Don Víctor: La s por la x, eses finales añadidas a palabras en singular, como en «tasis, un tasis» o «chalés, un chalés», amén de la hiperpronunciación.

Don Hugo: ¡Clavao!… ¡Entonación!

Don Víctor: Ritmo ternario subyacente, de reminiscencia popular y, sobre todo, un uso exagerado del rubato que proporciona un rudo énfasis a su elocución.

Don Hugo: Pero ahí, don Víctor, ¡no falla Galdós! Precisamente atribuye a Fortunata un hablar arrastrado, dejoso y que prolonga ciertas vocales.

Don Víctor: Pues lleva usted razón…. y procede de la misma novela… Tomo buena nota en su descargo. Le prometo que lo revisaré todo. ¡Es usted un hacha, don Hugo!

Don Hugo: No hay para tanto, don Víctor, pero no hemos acabado… ¿Cuáles son, entonces, las verdaderas influencias?

Don Víctor: Ahí está la clave y lo más importante de todo, pero es que usted no me ha dejado empezar por donde yo quería. No se trata de influencias, sino de reacción.

Don Hugo: ¡Atiza! Ya lo tengo: ¿se trata del orgullo desafiante de la gente popular frente a los burgueses?

Don Víctor: Algo hay de eso, como en París o Londres, pero importa, sobre todo, distinguirse de los paletos recién llegados a Madrid. La mayoría de la población procedía de fuera, en primera o segunda generación, pero rápidamente aclimatados, pretendían afirmar su jerarquía.

Don Hugo: Yo llamo a eso “psicología diferencial”.

Don Víctor: Entonces, don Hugo, ¿cree usted que mi argumentación es lo suficientemente sólida?

Don Hugo: Don Víctor. Usté sí que es un Higgins, como el del Pigmalión, y no el señor Benito.

Envidia

Don Hugo: Es pasar por delante de la estación del Norte y pensar en Salvador de Madariaga…

Don Víctor: ¿Cómo es eso, don Hugo?, ¿es que acaso fue aquí donde tomó el expreso camino del exilio?

Don Hugo: No, don Víctor, lo digo por aquello de que, según escribiera refiriéndose a la España decimonónica, “España era como una Francia que le hubiera salido mal al Creador”.

Don Víctor: Desde luego la estación es clavadita a cualquiera de las que dan servicio a las capitales departamentales de Francia.

Don Hugo: Pues eso… y nuestros bulevares y ensanches decimonónicos.

Don Víctor: Olvida don salvador ese Escorial igual de desmesurado que levantara Luis XIV en París, siguiendo en todo la traza de nuestro monasterio filipino.

Don Hugo: Muy cierto… ¡Los Inválidos!… pero reconozca usted que en todo cuanto se refiere a la moda y a la cosmética, accesorios y, en definitiva, a los artículos de París, los franceses siempre nos han marcado la pauta.

Don Víctor: Sí, pero antes, durante le época de predomino español, ¿no llegaban las francesas hasta morirse para ostentar un cuerpo bien “espaignolé”…

Don Hugo: ¡Montaigne!

Don Víctor: … de tanto apretar el talle?

Don Hugo: ¿Y qué son nuestros juguetes vodevilescos, nuestras operetas y revistas sino imitaciones directas del teatro francés?

Don Víctor: Don Hugo, ¿es que cree usted que sólo ha existido el siglo XIX? Porque le recuerdo que el teatro clásico francés, por mucho que se constriñera a las reglas aristotélicas, se rindió al espíritu de la escena española, mezclando el amor con los intereses de Estado y las venganzas, las conspiraciones y los parricidios.

Don Hugo: ¡El Cid de Corneille!… pero no me negará usted, don Víctor, que la Enciclopedia marcó un antes y un después entre la gente ilustrada, lo mismo en España que en cualquier otro país…

Don Víctor: Sí, pero antes, ¿quién sino Nebrija dio lecciones de latín a toda Europa con su incontestada gramática; quién como Vives no brilló con su saber de auténtico humanista; quién como Vitoria y fray Bartolomé de las Casas no abrieron el moderno debate sobre el derecho de gentes, precedente del Derecho Internacional; quién, como Mariana, con su derecho al tiranicidio, no abrió nuevas vías a la libertad del pueblo?…

Don Hugo: Sí, todo eso es indudable, pero luego el tremendo peso de la Inquisición ¡asfixió tantas inquietudes intelectuales!, convirtiéndonos ya por aquel entonces en “reserva espiritual de Occidente”.

Don Víctor: Qué duda cabe, don Hugo… ahora bien, no olvide usted hasta qué punto los teólogos españoles fueron adoptados como guías éticos por los más preclaros pensadores franceses tiempo atrás.

Don Hugo: ¡Desde las obras del franciscano Antonio de Guevara que tanto leyera el padre de Montaigne hasta las lecturas del mismísimo Pascal! ¿Y san Ignacio de Loyola y su Compañía no fueron el alma combativa de todo el catolicismo contra-reformista? Sí, claro, bien cierto es todo ello, pero tan indudable como que, modernamente, los franceses nos dan cien vueltas en cuanto a sus maneras, aptitudes diplomáticas y savoir faire.

Don Víctor: No obstante, ¡cuánto no admirarían nuestra lengua que, como constata Cervantes, “no había francés culto, mujer u hombre, que no aprendiera castellano”!

Don Hugo: ¡Lo hablaron Luis XIII, Luis XIV y hasta el cardenal de Richelieu!

Don Víctor: No hacían más que seguir el dictado del Emperador Carlos a los obispos franceses, que “mi lengua española es la más bella y debería ser reconocida por toda la Cristiandad”·

Don Hugo: ¡Cómo nos lo devolvió Bonaparte, que incluso media intelectualidad española se mudó en afrancesada!

Don Víctor: La risa va por barrios… o más bien por siglos. Recuerde usted que Bossuet hablaba, en una mezcla de admiración y terror, de la “redoutable infanterie” de los Tercios.

Don Hugo: Cuántos franceses en aquella época se las daban de valientes, envolviéndose en la capa española, pero, como escribe Rabelais, “en cuanto a su arrojo en nada son españoles”.

Bes

Don Víctor: De toda esta antología norteamericana de cuentos europeos, entonces ¿cuál es el que más le ha interesado, don Hugo?

Don Hugo: No sé si será el más interesante, pero a mí me ha llamado especialmente la atención ése de Michel Tournier.

Don Víctor: ¡Ah sí, “El enano rojo”!

Don Hugo: Efectivamente. Fíjese usted, don Víctor, en esa estatuilla colorada que tengo encima de la cómoda, junto a la planta.

Don Víctor: ¿Se trata del dios Bes, verdad, o de algún amuleto parecido?

Don Hugo: Sí, efectivamente, se trata de una versión fenicia de la divinidad egipcia Bes. La compró Dolores en el Museo Arqueológico de Ibiza. Mire que había allí reproducciones bonitas, por ejemplo la bella Tanit, pues ¡nada! que hubo que adquirir el enano ese tan feo.

Don Víctor: Nunca lo había visto. ¿Lo ha colocado usted en lugar tan preeminente por culpa de Tournier?

Don Hugo: Sin duda, don Víctor. Según aquel abogado enano acondroplásico sale del cuarto de baño enfundado en el albornoz rojo de su clienta…

Don Víctor: ¡Vaya chispazo sexual que suscita en ella!… ¡una mujer tan elegante!

Don Hugo: Veo que usted también lo recuerda… cómo la dama se entrega fascinada a aquella miniatura de hombre que, por contraste, se muestra tan generosamente dotado de una virilidad cósmica.

Don Víctor: Claro, claro, hasta el punto de que también él cobra tal confianza en su fuerza genésica que se transforma en un verdadero Hércules, abandonado sus pleitos por unas espectaculares exhibiciones de fuerza y agilidad desplegadas en las pistas de circo… ¿Leería acaso Tournier el cuento aquel de Amado Nervo en que Leonel, “enano tremendo, de anchas espaldas y músculos de acero” se fuga con la condesita encerrada en la torre por su despiadado padre.

Don Hugo: ¿Quién sabe? Eso de las influencias, pocos autores lo desvelan para pasar por originales… pero volvamos a mis impresiones: llegó un momento en que tuve que arrojar el libro al suelo. Dolores no estaba en casa y no podía decirme dónde había ido a parar la dichosa figurilla. Revolví cajones como si fuera un cambrioleur parisino hasta que di con ella entre los juguetes de los niños.

Don Víctor: Si acabó usted por encontrarla fue porque el propio Bes lo imantó desde su escondite.

Don Hugo: Sin duda alguna. Volví entonces a la lectura. ¿Se puede usted creer, don Víctor, que a medida que iba avanzando en el relato, con el rabillo del ojo percibía cómo aquel monstruito iba creciendo hasta adquirir dimensiones titánicas? Cernía su carota sobre mí desde más arriba de la lámpara.

Don Víctor: Yo no dejo de mirarla y percibo como un cierto magnetismo que me está desasosegando.

Don Hugo: Quien dice Bes, dice inconsciente. Por más que queramos sepultarlo, es como el agua que, por capilaridad, asciende y anega todo nuestro ser.

Don Víctor: Claro, don Hugo, es lo que dice Mauro, el albañil, que el agua tiene punta: en todas partes entra.

Don Hugo: Indudablemente, don Víctor, están Zeus, Apolo, Atenea, Mercurio…

Don Víctor: Ra, Isis, Anubis, Osiris…

Don Hugo: Sí, pero a fin de cuentas, lo más oscuro, que es el sexo, más antiguo que la memoria, acaba por imponerse y violentar el curso de nuestra existencia.

O monjes o bohemios

Don Víctor: Al final van a gastarse lo que no está escrito y no nos van a hacer caso.

Don Hugo: Por lo menos el rey ya no va a estar todo el día con la mirada puesta en el reloj.

Don Víctor: Sí, pero le obligarán a tenerlo en cuenta, aunque sea con el rabillo del ojo.

Don Hugo: Desengáñese usted, don Víctor: el proceso civilizatorio no deja de ser un progresivo independizarse de la Naturaleza y eso afecta también al tiempo y su medición.

Don Víctor: En “Escenas de la vida bohemia”, Rodolfo arroja su reloj “¡porque da la hora!”

Don Hugo: Como Peter Fonda y Dennis Hopper en “Easy rider”. Inician su aventura aplastando sus relojes de muñeca con la rueda delantera de sus Harley.

Don Víctor: Unos y otros añoran aquel tiempo elástico y libre de las sociedades pre-industriales en que sólo había dos momentos precisos en el día: el amanecer y el ocaso. El mediodía era aproximado y, además, inexplicablemente, los días en invierno eran más cortos que las noches y viceversa en verano. El tiempo era una dimensión tan flexible que ni era dimensión ni era nada.

Don Hugo: Así era de apacible el ritmo de la vida campesina. Posiblemente los monjes fueran los pioneros del tiempo tasado. ¡Y mire usted la falta que les hacía, allí encerrados en su monasterio, alimentados por los labradores del contorno, sin otro objeto que orar!

Don Víctor: Sí, don Hugo, disciplina… arbitraria, como todas las disciplinas, pero necesaria si se quería cohesionar al grupo y sacar adelante un proyecto de civilización, aunque hubiera que interrumpir el sueño dos veces durante la noche para bajar a orar a la capilla.

Don Hugo: ¡Gamas de fastidiar! Qué más le daba eso a Dios… pero es que, de esta manera, se imponía ya una represión de una de las primeras necesidades, que es el sueño, precursora de las sucesivas represiones sobre las que asentar la cultura y, en última instancia, la sobre-represión capitalista que denunciara Marcuse.

Don Víctor: Se trataba de evitar el ocio y la libertad individual.

Don Hugo: Sí, estaban, inconscientemente, allanando el camino a la eficiencia y al rendimiento capitalistas.

Don Víctor: Fue el Renacimiento el que trajo el tiempo cronometrado, valga la redundancia. Y de ahí a ponerle precio…

Don Hugo: Surgen así los horarios laborales de la industria que, a partir de la iluminación con gas, se independizan de la astronomía. Hasta entonces, el trabajo era solar como en el campo y cesaba a la noche. Recuerdo la coplilla que cantaba nuestra tata: “Ya se ocultó el Sol / Se alegra el labriego / Y rabia el patrón”

Don Víctor: Tan eficientes nos hemos hecho que llegamos a ser los más exigentes patronos de nuestro tiempo libre. ¡Anda que no queremos meter mil y una actividades en los fines de semana ni nos ponemos tareas que cumplir cuando vamos de viaje de placer!

Don Hugo: Volviendo a la Puerta del Sol, yo creo, don Víctor, que nos equivocamos con nuestra propuesta, que lo que habría que haber pedido era la eliminación de la torreta, por paleta e inarmónica con el agradable palacio de Marquet.

Don Víctor: ¡Es verdad, don Hugo! El reloj podría donarse a Seseña y quedaría más propio… Mire que me da coraje que algo que, por ser tan pagano como el solsticio de invierno, debiéramos celebrar de forma espontánea y libérrima, nos tenga a todos a comulgar doce veces con uvas de Vinalopó a cada campanada, como si fuéramos monjes medievales…

Don Hugo: ¡Charlots de los “Tiempos modernos”!