
Don Víctor: Pero óigame, don Hugo, el ser humano lleva desde el Paleolítico creando cachivaches e inventando cosas… ¡algunas muy bellas!, pero ¿dónde está el diseño que se pueda comparar al cuerpo femenino?… Séame sincero, don Hugo, ¿a usted se le hubiera ocurrido un proyecto así?
Don Hugo: ¡Imposible, don Víctor!… Y cualquier alteración en la disposición de sus elementos y volúmenes resultaría a nuestros ojos ¡monstruoso!
Don Víctor: Sólo de pensar en los pechos, me dan escalofríos…
Don Hugo: ¿Quién puede igualarlos en número, forma y emplazamiento?
Don Víctor: ¡Calle, calle, don Hugo!… y contra toda lógica, no fue el Creador quien los concibiera y moldeara con la modesta arcilla…
Don Hugo: ¿Ah no?
Don Víctor: La Creación ya estaba acabada de manos del Dios alfarero. La mujer surge clonada del costado del hombre, pero ¿quién la concibió así?
Don Hugo: Para mí, don Víctor, que el Demonio andaba de por medio y, por ese motivo, fue a ella a quien tentó.
Don Víctor: Por eso, viendo este grupo del viejo fauno Rodin, donde parece representarse a sí mismo, con su rijo y todo, embelesado en las formas que él mismo está sacando de la tierra, uno presiente la intervención diabólica en cuanto de tentador atesoran las formas femeninas.
Don Hugo: Recuerde usted que Rodin no esculpía sino que modelaba en arcilla, emulando a Dios, y que, cuando tuvo como vecina a la Duncan en el hotel Biron, le pidió recorrer su cuerpo con las manos como modelándola por entero.
Don Víctor: Sí, y también ¡cuánto no llegaría a obsesionarse con aquellas bailarinas camboyanas de movimientos serpentinos, tanto que llegó a dibujarlas cientos de veces, que las acompañó de gira por las capitales departamentales de Francia y que en Marsella a punto estuvo de embarcarse tras ellas rumbo a aquella colonia!