
Don Hugo: Pero, don Víctor, ¿de verdad que va usted a decirle a Isidro Cuenca que se venga con nosotros a la corrida de Aranjuez?
Don Víctor: Hombre, don Hugo, si es que le encanta ¡y se apunta siempre tan contento!
Don Hugo: Sí, pero ¿no podríamos por una vez tener la fiesta en paz? Ya sabe usted que con sólo dos copitas se pone chocarrero, vulgar y hasta grosero.
Don Víctor: Sí, y seguro que no se priva de esas dos copitas ni de otras dos o tres más… ¡pero lo pasa tan bien en nuestra compañía!… Es cuestión de paciencia. Siempre tengo la impresión de que sin nosotros podría acabar muy mal.
Don Hugo: ¡Con la de faenas que le ha hecho a usted!… si, en más de una ocasión, chismoso como es, le ha hecho quedar mal con la propia Julita…
Don Víctor: Calle, ¡no me hable!… pero, don Hugo, recuerde lo que hizo usted tan innecesaria como temerariamente aquella vez en que nos dimos de bruces con una manifestación antitaurina en la calle Mayor.
Don Hugo: Hombre, claro. ¿Cómo puede uno permanecer indiferente ante aquella tropelía? Quise convencerles de que estaban equivocados y no me negará usted que las razones que les grité eran verdades como puños.
Don Víctor: No se lo niego, pero era manifiesto que no estaban para argumentos y que no nos molieron a palos porque yo les grité que era minusválido. Le reconozco, eso sí, que admiro, como siempre, su valentía.
Don Hugo: No, si yo valoro mucho esa capacidad suya de aguante, siempre que sea por una buena causa… ahora bien, ¿cómo saber a ciencia cierta dónde ponemos el límite al acto arrojado o al sufrimiento cabal y sostenido?, ¿cuándo deja de merecer la pena?
Don Víctor: Pues ahí está el intríngulis: ¿hasta dónde aguantar a Cuenca después de treinta y cinco años?
Don Hugo: ¿Hasta dónde parar los pies a toda costa a la necedad y al abuso, allí donde salten?
Don Víctor: ¿Quién como Hernán Cortés no aunó el acto heroico, poniendo su vida al tablero, con la paciencia y la reflexión, amaestrando en ello a su gente?
Don Hugo: Ya lo dijo él mismo: “el sufrimiento, ese segundo valor”.
Don Víctor: Hombre, don Hugo, si es que lo cortés no quita lo valiente.