Comediantes

Don Hugo: ¿Hay algo más extravagante en la civilización que la figura del cómico?

Don Víctor: Sí, efectivamente, ¿quién le ha dado vela en este entierro?

Don Hugo: ¿Por qué se aguantan sus impertinencias, sus burlas y sus indiscreciones?

Don Víctor: ¿Cómo se tolera a ese ácrata que le da a todo la vuelta y no respeta nada?

Don Hugo: Si hubiéramos imaginado una sociedad en abstracto, desde un estadio primitivo de inocencia, probablemente nunca se nos hubiera ocurrido dar cabida al cómico y sí a los filósofos, los sacerdotes, los soldados, los artesanos, los labriegos y los mercaderes.

Don Víctor: Y a usted, don Hugo, ¿cómo le parece que surge el cómico y, sobre todo, por qué piensa que se lo admite?

Don Hugo: Por su función reequilibradora en lo psíquico y en lo social.  En lo psíquico, el cómico ejerce una función de contrapeso, cargando con nuestras angustias y aliviándonos de ellas mediante la risa colectiva que suscita y a lo que todos estamos invitados.

Don Víctor: Sí, claro, eso es evidente, pero por lo que se refiere a lo social, se me antoja a mí que, desprestigiando a la autoridad, caricaturizando a los poderosos y dando pie al desorden, debería suscitar rechazo.

Don Hugo: Le responderé con otra pregunta: ¿no compensa la crítica al orden social existente y sus abusos con la sátira del exceso de novedades, que la subvertirían?

Don Víctor: Puro Aristófanes, puro Boadella.

Don Hugo: Una y otra cosa serían insoportables si no fuera por la risa.

Don Víctor: Ya lo tengo claro, don Hugo: el cómico es el anticuerpo que nuestra cultura genera espontáneamente.

Don Hugo: No lo dude usted, don Víctor: el cómico es el más civilizado de los ciudadanos, el que posee la inteligencia capaz de perforar todas nuestras capas culturales hasta adentrarse en nuestro fondo más primitivo y regalarnos reminiscencias de nuestro Paraíso perdido.

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