
Don Víctor: Le estaba viendo disfrutar tanto en la función, entre aquellos lamentos, delirios y maldiciones, que me daba risa pensar en sus admoniciones de ayer al borrico de Isidro Cuenca, en defensa de la racionalidad, de la prudencia y el equilibrio, de la justicia y la ecuanimidad, de la solidez y la moderación.
Don Hugo: ¡Atiza!, ¿cómo se le ocurre eso, don Víctor?… cuando acabamos de asistir a un espectáculo apoteósico…
Don Víctor: A eso voy, don Hugo: ¿dónde deja usted tanto como lleva discurrido, tantos libros que se sabe usted de memoria, tan penetrantes reflexiones y, sobre todo, su intención manifiesta de explicarlo todo a través del prisma de la razón?… porque es que es entrar usted en el teatro de la Ópera y convertirse en el anti-Pasteur: deja usted en el guardarropa toda la ciencia y filosofía para ser de nuevo un buen salvaje.
Don Hugo: Es verdad… que Pasteur dejaba en el perchero su fe cristiana en cuanto que llegaba al laboratorio… bien cierto es que llego a envidiar la inocencia del gañán Momo…
Don Víctor: ¡Ah sí, el de “La gaviota” de Fernán Caballero!, ¡qué bruto!
Don Hugo: ¿No le conmueve a usted que llegue a creer asesinada de verdad a la Desdémona del escenario y vuelva despavorido al pueblo propalando que la Gaviota ha sido muerta en un teatro de la capital?
Don Víctor: Por lo menos el gaucho del romance aquel de Estanislao del Campo…
Don Hugo: ¿El que fue al teatro Colón a ver el “Fausto” de Gounod?
Don Víctor: ¡El mismo!… al menos él, aunque se lo creyera todo también, hizo gala de impavidez. Se lo guardó todo: pacto con el Mandinga, prodigios maléficos, seducción y muerte de la bella…
Don Hugo: Sí, y se lo contó luego a otro gaucho, mientras mateaban tan tranquilos, pero fíjese usted, don Víctor, que el público ingenuo, incluso sabiendo que asiste a un espectáculo, queda desarmado ante el prodigio inexplicable, como si una divinidad se revelara entre la concurrencia… ¿Conoce usted “El miajón de los castúos”, de Luis Chamizo?
Don Víctor: ¿Aquellos poemas extremeños?… Creo que los llegamos a leer en casa cuando yo iba al instituto.
Don Hugo: Pues hay uno, “El desconcierto”, que es como el de ese gaucho suyo: un paleto asiste a un recital de Marcos Redondo y… escuche usted, que creo que aún lo recuerdo: “qu´a mí me páece mentira / qu´aquel mocino tan nuevo, / tan delgaidino, cantara, / tan juerte y con tanto genio”.
Don Víctor: Es verdad que era un hombre menudo, ¡pero con buena técnica!
Don Hugo: “¡Vaya un vozarrón, mi madre! / retumbaba com´un trueno, / y endispués s´iba apagando / tiritando en el galguero, / jaciendo unos gorgoritos, / jormando un feligraneo…”
Don Víctor: ¡Qué bien lo cuenta! Vamos, que ni Arturo Reverter…
Don Víctor: Y también hay para el pianista: “Pos ¿y aquél del organillo? / ¡no era naide con los deos!”.
Don Víctor: Cuando les fui leyendo a mis nietos “El caballero blanco”, de Lucky Luke, llegaba un día en que les hacía gracia el que los indios que asisten a la función de teatro, crean real el melodrama que se representa. Hasta ese momento, siempre pensaron que aquello era la pura realidad.
Don Hugo: Claro, don Víctor, la ironía surge siempre de un cierto desarrollo conceptual que nos posibilita tomar distancia mental frente al estímulo más concreto.
Don Víctor: Sí, ¡reírnos!
Don Hugo: No deja todo esto de ser un auténtico paraíso perdido. Por eso hemos de apoyarnos en el Arte para recuperar la ilusión.
Don Víctor: Vamos, que no desdeña usted arrebujarse en el abrigo del doctor Pasteur.