¿Dónde están las llaves?

Don Hugo: ¡No me diga usted, don Víctor!… A mí también me ha inspirado un sueño el relato de Supervielle, “La niña de alta mar”… pero, cuénteme usted primero el suyo.

Don Víctor: Volví a sentir la misma angustia que me acongojó aquella vez en que fuimos a la Comédie Française a ver “La voz humana” de Cocteau. En el sueño, era a mí a quien Julita cortaba el tubo de la escafandra en aquel fondo del mar que también era el apartamento de Auteuil.

Don Hugo: Sí, el mismo nido de amor que eligió Alejandro Dumas para su adaptación teatral de “La dama de las camelias”… Mi sueño es también escénico por operístico. Fíjese usted que estábamos Dolores y yo en la Sala Favart asistiendo a una representación de “Naïs”, de Rameau, cuando en esto que el barítono que interpreta a Neptuno, echando mano de su tridente, me aparta con él y se me lleva a Dolores al fondo del mar. No le puedo contar ya más porque me desperté al instante, sobresaltado.

Don Víctor: ¡Qué vértigo me producen los fondos abisales, tan densos en su quieta penumbra, tan fríos, tan silenciosos, por donde transitan, sonámbulas, sus fantasmagóricas criaturas!

Don Hugo: Parece como si describiera usted los Infiernos que visitara Ulises, poblados de héroes aletargados, esquivos, apagados y amnésicos.

Don Víctor: Siempre me suscitaron aquellos fondos marinos de Yves Tanguy, tan quedos, tan inertes, tan ensimismados, tan a la espera de no se sabe qué, el presentimiento de un Más Allá inaprehensible.

Don Hugo: Sí, don Víctor, Tanguy explora plásticamente el acecho del Inconsciente, primitivo y desazonador.

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