
Don Víctor: Fíjese, don Hugo, que a los pies del Libertador me siento bañado en la luz verdosa y la opresiva atmósfera de la manigua…
Don Hugo: Me viene a la mente lo que dijo en una ocasión: que los tres majaderos más grandes de la Historia habían sido Cristo, Don Quijote y él mismo.
Don Víctor: Más que de Bolívar, la frase parece del comandante Chávez.
Don Hugo: Dejando al margen su petulancia, lo que más llama la atención es la encarnación del Quijote en persona real.
Don Víctor: Considere usted, no obstante, cuánto más de carne y hueso no sea nuestro hidalgo, cuánto más voluntarioso y elocuente, cuánto más vivo y recordado que no la inmensa mayoría de sus contemporáneos, por encumbrados que fueran.
Don Hugo: Si me preguntaran ahora, así, a bote pronto, a quiénes recuerdo de aquella época, diría… Felipe III, el Papa Gregorio VIII, Enrique IV de Francia, Isabel Iª de Inglaterra… Otelo, Hamlet, Ofelia, Macbeth…
Don Víctor: ¡Y Romeo y Julieta!
Don Hugo: De la misma manera que el inconsciente, a escondidas, nos determina, qué duda cabe que nuestro presente se nutre de fantasmas del pasado; es más, entre esos fantasmas, quienes más nos influyen y orientan nuestro decurso vital, son los que nunca nacieron de madre.
Don Víctor: El retrato literario triunfa sobre el seco epitafio de los historiadores. Buena prueba de ello es que, para nosotros, sea más conocido y más real el Cid del Cantar que no el personaje histórico. En él se ha operado el proceso inverso: nacido de madre, volvió a nacer del poeta.
Don Hugo: Tiene usted toda la razón, don Víctor, pero lo que no me discutirá es que el Cid era de todo menos majadero.