
Don Víctor: Fíjese usted, don Hugo, qué fascinante es el recorrido sinuoso de las curvas en la silueta femenina: el reducido talle da paso al armonioso explayarse de las caderas que se recogen luego en las delicadas rodillas.
Don Hugo: Sí, don Víctor, y si ascendemos por encima de la cintura, reina la espléndida convexidad del pecho. La mirada no llega más arriba.
Don Víctor: Aparentemente el cuerpo no necesita apoyo ni es tampoco el mero soporte de una cabeza. Es un absoluto moviéndose en la ingravidez.
Don Hugo: ¡Qué bien supo intuirlo Poliziano!… «La primera vez en que el hombre quedó fulminado por la idea de la pintura, fue para glorificar la belleza femenina».
Estáis, sin duda, a la altura de Uderzo y Goszinny. ¡Vaya pareja haceis compadres!
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