Sol

Don Víctor: ¡”Sol de Andalucía embotellado”!… Como lo que decía don César a propósito del vino de España, en el “Ruy Blas” de Víctor Hugo: “¡Qué obra tan admirable / De ese famoso poeta llamado Sol!»

Don Hugo: Es que Víctor Hugo, quien viviera parte de su infancia entre nosotros, no puede más que añorarlo. Por ello, también refiriéndose a don César, aquel grande de España encanallado, afirma que “ya no tiene oro, pero le queda el Sol, esa riqueza de quienes no tienen nada”.

Don Víctor: Eso me hace pensar en los niños de Murillo que, despiojándose al sol,  reconfortan su cuerpo aterido.

Don Hugo: ¡Y qué bien le sentaba a don César “dormir, con la cabeza a la sombra y los pies al sol”!

Don Víctor: Recuerdo ahora lo que contaba Louis Bonnat en su prólogo al “Velázquez” de Beruete: cómo siendo un niño, su padre le llevó al Museo del Prado en “uno de aquellos días radiantes como sólo se ven en España”.

Don Hugo: ¿Y en la versión de Michel Cazenave no despliega el Tristán desterrado, venido a España, sus hechos de armas “por entre aquellos huesos calcinados de las mesetas bajo el Sol que incendia los roquedos”?

Don Víctor: ¡Cuánto no añoraría a Iseo por aquellos desolados parajes!

Don Hugo: Por algo se pregunta Cazenave que “¿cómo podría vivir en la ausencia del Sol que Tintagel le hurta?” Porque sépalo usted, don Víctor, el Sol es la pasión y los páramos inflamados de España, de alguna manera, habrán de restituírsela, exaltándole el ánimo y encendiéndole sus esperanzas.

Don Víctor: No en vano Víctor Hugo bautizó a la amada de Hernani con el nombre de “Sol”.

Don Hugo: Y no “Elvira”, que es como lo adultera Piave.

Don Víctor: ¡Ah, qué bien me está sentando, don Hugo, en esta mañanita de invierno, semejante “sol de jubilado”, que dice nuestro amigo Juan Madrid!

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