
Don Víctor: Desde luego son admirables. Ellos que habían ganado siempre y se creían que iban a resarcirse de la Primera Guerra Mundial y acabaron con toda Alemania por los suelos… ¡Y ahí los tiene ahora!
Don Hugo: Sí, sí… si antes de que pasaran veinte años tuvieron que reformar el Parlamento porque las poltronas se les habían quedado estrechas a los orondos diputados del milagro alemán… pero esto no es sólo cosa de los alemanes…
Don Víctor: Sí, claro, también los japoneses…
Don Hugo: ¡Incluso los sicilianos!
Don Víctor: ¿No lo dirá usted por Palermo, verdad?
Don Hugo: Pensaba en Noto… en 1169, quedó destruida por un terremoto; en 1693, murieron mil personas en un seísmo todavía más fuerte, lo que dio lugar a poner en pie ese espléndido conjunto barroco, que tanto nos hizo polemizar con las señoras; en 1848 se hunde, tras otro temblor, la cúpula del Duomo y no sé cuántos conventos y palacios; llegamos al siglo XX: 1908 y 1990: nuevas sacudidas y nuevos desperfectos… ¿Y usted cree que en todos estos siglos han perdido el tiempo quejándose…?
Don Víctor: Pues es verdad, don Hugo. A grandes males, grandes remedios… Mi abuelo Remigio era muy colérico antes del 36 y a todos atemorizaba con accesos de ira en que estrellaba platos y copas. Fue empezar la guerra y se le pasaron aquellas furias como por ensalmo. Yo lo recuerdo ya como una persona muy sosegada y bondadosa.
Don Hugo: Está claro, don Víctor: cuando la amenaza es acuciante, la respuesta ha de ser la ajustada a la supervivencia y todas las demás son superfluas…
Don Víctor: ¡Fuera los espantajos de la imaginación, que hacen temer lo que no existe!
Don Hugo: Eso es de Montaigne: todos los males del hombre vienen de ser un animal con imaginación.
Don Víctor: Si la pasarela se levanta un palmo sobre el suelo, hasta un cojo con muletas la recorre sin problemas. Ahora, como se alce sobre un abismo, ¡cuántos no habrá que se caigan!