Chicha y limoná

Don Víctor: Siempre que estoy viendo el fútbol, me pregunta Julita: «Pero cómo te puede entretener pasarte hora y media viendo a unos chicos corriendo detrás de una pelota?
Don Hugo: Ahí es nada: ¡la eterna pelota! Nunca hubo ni habrá juguete tan perfecto… ¡Pero si es que es la esfera, don Víctor! ¡Dígaselo usted a Julita!
Don Víctor: Es verdad, don Hugo… la figura perfecta, la perfección anhelada, al alcance del mortal…
Don Hugo: … el movimiento perpetuo y al mismo tiempo la estabilidad inmutable…
Don Víctor: Claro, ¡el andrógino primigenio de los griegos!
Don Hugo: Cuántos achares no nos habrá dado, desde Adán y Eva, esa media naranja que nos falta a cada uno.
Don Víctor: ¿No decía Dalí que el ser perfecto era el andrógino y por ello escogía, para sus performances, escurridas modelos sin hemisferios?
Don Hugo: Claro, con su aspecto equívoco entre hombre y mujer se acercaban a aquella perdida perfección inicial.
Don Víctor: Yo le veo en eso que se esquina hacia Giacometti cuando, si fuera consecuente, debería arrimarse al orondo Botero.
Don Hugo: Calle, calle, don Víctor. Le voy a confesar algo: pocas mujeres me han turbado tanto, de chico, como la joven Dietrich con aquel aire que tenía entre cierto encanallamiento masculino y un aquel felino tan de mujer.
Don Víctor: Pero entonces, don Hugo, ¿qué es lo que le daba a usted vértigo, que no fuera ni chicha ni limoná o que fuera precisamente chicha y limoná?

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