
Don Víctor: ¿Y qué me dice usted, don Hugo, de que, no satisfechos con haberle hecho quinto Califa del Toreo, poniéndole a la altura de Lagartijo, Guerrita, Machaquito y Manolete, ahora nos descubran una placa en Las Ventas con motivo del quincuagésimo aniversario de su confirmación de alternativa?
Don Hugo: Nunca vi tan indignado al maestro Cañabate como cuando …
Don Víctor: ¡Vaya sorna que se gastaba!
Don Hugo: Pues puede usted creer que aquella vez se lo llevaban los demonios con lo de las ocho orejas con que premiaron al Cordobés en 1970, en sus dos actuaciones en la feria de San Isidro.
Don Víctor: ¡Aquellas corridas fueron el delirio!
Don Hugo: Sí, si luego escribió Cañabate en su crónica que «es terrible sentirse aislado entre una muchedumbre frenética».
Don Víctor: Claro, a ver quién es el guapo que lleva la contraria en medio de semejante embaucamiento colectivo…
Don Hugo: A ver quién se atreve a decirles que el pase del salto de la rana la ejecuta bastante mejor el torero bombero…
Don Víctor: A mí, había dos cosas en aquel momento que me soliviantaban: el Cordobés y la versión que hizo Waldo de los Ríos de la Novena de Beethoven.
Don Hugo: Yo agradecí mucho la valentía de Cañabate. Hace falta gente rocosa que se mantenga en lo cierto para recuperar las referencias una vez haya pasado el tsunami.
Don Víctor: Es verdad… ¡bien asentada en la roca! Como Víctor Hugo, exiliado en Guernesey, mirando hacia el Oriente y entreviendo entre brumas la costa francesa.
Don Hugo: Claro, don Víctor, los exiliados iban volviendo, acogiéndose a las amnistías de Napoleón III.
Don Víctor: Igual que Marañón y Ortega.
Don Hugo: Pero Víctor Hugo, erre que erre: «Et s´il n´en reste qu´un, je serai celui-là».