Temor de Dios

Don Hugo: ¡Un auténtico castigo de Dios, don Víctor! Sólo a un hombre de negocios se le puede ocurrir, con tal de multiplicar sus beneficios, dar de comer carne a unas pobres vacas…!

Don Víctor: ¡Las vacas locas!… Los herbívoros comen hierba; los carnívoros, carne; y los omnívoros, comemos de todo.

Don Hugo: Pero, ¿qué estamos haciendo que, con todo nuestro progreso, no conocemos la mitología más elemental, que cualquier analfabeto de hace dos mil años tenía presente?

Don Víctor: ¿Se refiere usted, don Hugo, a las yeguas de Diomedes?

Don Hugo: Sí, las mismas, aquéllas a las que amaestró a comer carne humana.

Don Víctor: Y, claro, los dioses, por medio de Hércules, tuvieron que castigarlo…

Don Hugo: … por desnaturalizar las cosas…

Don Víctor: … como el aceite de colza, que resultó ser aceite de motor…

Don Hugo: Si es que estos émulos del Diablo se han empeñado ellos también en poder trastocar los pedruscos en panes.

Don Víctor: Efectivamente, ¡el negocio del siglo y nosotros de cobayas!

Don Hugo: Antes nos contaban aquello del “santo temor de Dios” y bien que nos impresionaba… bueno, pues ahora empiezan a engatusarnos con ese viaje maravilloso intergaláctico que llevará a la Humanidad a un nuevo y atractivo Planeta Prometido…

Don Víctor: Los mismos sacamuelas con las mismas majaderías para incautos que el Dottore Dulcamara en “L´elisir d´amore”.

Don Hugo: Sí, don Víctor, y nosotros de rustici, chupándonos el dedo, vamos y compramos esa mercancía.

Deja un comentario