Napoleón

Don Víctor: ¿Mo le parece, don Hugo, que todos estas estatuas ecuestres no dejan de ser trasunto de las de los condottieri, de un, pongo por caso, Gattamelata?

Don Hugo: Indudablemente, don Víctor, pero ellos se fijaron en el Marco Aurelio de Roma, tanta era la arrogancia de aquellos capitanes mercenarios…

Don Víctor: No ha habido espadón, general pronunciado ni dictador militar que haya renunciado a la pompa de cabalgar una montura de bronce.

Don Hugo: Sí, pero todos esos a quien de verdad emulan es a Napoleón, que es el padre de cuantos dictadores militares ha arrojado el planeta en todos sus continentes.

Don Víctor: Pues es verdad, don Hugo. ¡Qué duda cabe que de aquel ciclo revolucionario irradiaron grandes y benéficas ideas, pero también otras que fueron contraproducentes.

Don Hugo: Esto es bien cierto… Ahora bien, dígale usted a un francés que si hubo un Franco, por ejemplo, es porque, primero, hubo un Bonaparte.

Don Víctor: Sí, claro, y un Pinochet y un Bánzer y todos los Tiranos Banderas que dio América… Es evidente que hemos copiado mucho a los franceses en los últimos siglos, pero no me había dado cuenta de que también en esto de creernos napoleones.

Don Hugo: Sí, como en un manicomio cualquiera.

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