Prêt-à-porter

Don Víctor: Aunque fueran Picassos, ¿por qué no hay ya pintores?

Don Hugo: Pues por el mismo motivo que ya no hay sastres.

Don Víctor: No le veo la relación, don Hugo.

Don Hugo: Piense usted en los hermanos Carracci, en Tintoretto, en Maino, en…

Don Víctor: ¿Que son manieristas todos ellos?

Don Hugo: Sí, pero no va por ahí la cosa… Con el siguiente, lo va usted a adivinar: Andrea del Sarto.

Don Víctor: ¡El hijo del sastre!… ¡Ah, claro… y todos los otros también lo fueron!

Don Hugo: Indudablemente se trata de la sublimación cultural de una necesidad básica del hombre. Si el padre empezó por vestir al mono desnudo, el hijo crea un traje nuevo para un mundo nuevo.

Don Víctor: ¡Y todo nuevo!… con una naturaleza pródiga en loci amoeni y con ciudades ideales jamás edificadas.

Don Hugo: En definitiva, don Víctor, lo de siempre: Edipo matando al padre.

Don Víctor: Ahora bien, don Hugo, según todo esto, ¿cómo se entiende entonces el caso de los Fortuny, que a tan virtuoso pintor sucediera un diseñador de moda?

Don Hugo: Bueno, pues… decayendo un poquito, en términos artísticos; y, en términos psico-dinámicos, resucitando al padre primigenio asesinado, al reincorporarlo en forma de sentimiento de culpa que acaba por dominar la conciencia. Entiéndame, don Víctor, «yo expío mi falta identificándome con el padre ausente – eliminado por mí mismo – y acabando por darle vida de nuevo en mí». Creo que le habrá quedado claro…

Don Víctor: Sin duda, sin duda… pero repare usted, don Hugo, en que los pintores los primeros, pero también los sastres con sus patrones, los canteros que acaban llegando a maestros de obras y bosquejando las trazas de las catedrales… todos expresan sus ideas en el dibujo.

Don Hugo: Claro, y ahora ya nadie dibuja…

Don Víctor: … y acabaremos todos hechos unos prêt-à-porter.

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