
Don Hugo: ¡Es otra trinidad, don Víctor!
Don Víctor: Hombre, don Hugo, no se ponga usted blasfemo. La otra trinidad, la diabólica, bien la aprendimos usted y yo, que es «Mundo, Demonio y Carne».
Don Hugo: Pues lo mismo pasa con la Salud, el Dinero y el Amor. La canción tiene razón. Es la trinidad de la felicidad terrenal.
Don Víctor: No me compare usted el dinero con el amor ni me desprecie tantos idilios que salvaron las diferencias de fortuna.
Don Hugo: Mire, don Víctor, «donde no hay harina, todo es mohína», y por los pocos romances morganáticos que usted señala, cuántas historias de amores sinceros no truncó la miseria, tal y como señala nuestro bohemio…
Don Víctor: ¿Carrere?
Don Hugo: No, Gómez Carrillo.
Don Víctor: Puede que tenga usted razón… siempre recelé de esa, a pesar de todo inexplicable, separación entre Tristán e Iseo justo cuando vivían miserablemente en la floresta del Morois.
Don Hugo: ¡No se lo decía yo, don Víctor!
Don Víctor: En cuanto a la relación entre salud y dinero, la cosa es de una claridad meridiana: si antaño el hambre marcaba la diferencia, hoy en día el privilegio está en los carísimos y exclusivos centros de salud a la última.
Don Hugo: Aunque sea bien cierto que los médicos de tiempos pretéritos, sólo disponibles para los ricos, eran auténticos matasanos que aceleraban la muerte del paciente, no lo es menos que aquellos jovencitos adinerados del Trecento pudieron sobrevivir entre amenos juegos y relatos en las villas toscanas, alejados de la pestilente Florencia.
Don Víctor: Muy bien, muy bien… ¡la tercera! ¡Morir de amor! Si es que incluso el amor mata. Ya lo dice el buen abad de la Dolorosa, que «el amor es un veneno de un poder fatal»… ¡cuando nos falta!
Don Hugo: Bueno, don Víctor, zanjemos la cuestión, que ya hemos llegado a Cándido. ¿Se acuerda usted del doctor Barnard que, cuando vino a España, le trajeron aquí como hacían con todas las celebridades?
Don Víctor: ¡Sí, hombre, el doctor Barnard!, ¡el de los trasplantes!
Don Hugo: Me hizo mucha gracia que dijera en una entrevista, hablando de aquella mujer tan joven y tan guapa que tenía: «No hay más que ver a mi mujer en bikini para darse cuenta de que goza de perfecta salud!»
Don Víctor: Sí señor, ¡a eso se llama salud, dinero y amor!