El autobús de Adler

Don Víctor: A veces pienso, don Víctor, si viviremos mucho más… Don Hugo: Destierre usted esos pensamientos, don Víctor; pero ¿es que no leyó usted el libro que le presté de Adler, el psicoanalista? Don Víctor: Ahora mismo no caigo… Don Hugo: Da igual. Dice que cuando uno sueñe que pierde el tren, debe esforzarseSigue leyendo «El autobús de Adler»

El que venga detrás, que arree

Don Hugo: Lo mismo que ve usted en esta serie de Botticelli, así era la costa cuando de pequeños nos llevaban a veranear a aquella casa de pescadores. Don Víctor: Pues este verano nos invitaron los hijos unos días a Julita y a mí y aquello era como Manhattan. Don Hugo: Claro, primero un incendioSigue leyendo «El que venga detrás, que arree»

Chunda-chunda

Don Víctor: Mire por dónde, don Hugo, ¡un disco de Luis Cobos! ¿Quién se acuerda de él? Don Hugo: De él ya nadie, don Víctor, pero… de aquellos polvos vinieron estos lodos. Repare usted en cuántos “cobistas” llenan el escaparate. Don Víctor: ¡Anda, los tres tenores, otros que tal bailan! Don Hugo: Y aún decíanSigue leyendo «Chunda-chunda»

La cueva de los sueños olvidados (de W. Herzog)

Don Hugo: Yo he sentido lo mismo que Picasso: ¡qué envidia poder pintar toros como los de Lascaux, con esa fuerza; o, en este caso, esos leones, ¡imponentes! Don Víctor: A mí, don Hugo, me ha recordado a aquella película, “Viaje alucinante”, en que unos científicos recorrían el interior del cuerpo humano en un pequeñoSigue leyendo «La cueva de los sueños olvidados (de W. Herzog)»