Petite mort

Don Víctor: Siempre me ha gustado que eligiera usted el Veronés de “Afrodita y Adonis” cuando obtuvo el permiso para copiarlo.

Don Hugo: ¡No hace años de eso!… si ni siquiera nos conocíamos, don Víctor.

Don Víctor: Lo decía porque ha sido mi cuadro preferido del Prado.

Don Hugo: Pues, ya ve usted, don Víctor, ahora el que más me encandila es el del “Cristo muerto sujetado por un angelito”, de Antonello da Messina.

Don Víctor: Claro, don Hugo, pero es que también aquí hay una muerte aparente: la de Adonis, que ha fundido su éxtasis con el sueño, gracias a la solicitud del caritativo Morfeo.

Don Hugo: Desde luego, ¡la petite mort!, que diagnosticara Aristóteles, aunque no supiera francés. En el coito quedan abolidas las fronteras entre los amantes, se disipa toda individuación para fundirse en un todo dionisíaco y cósmico… tras ello, recuperada nuestra conciencia y percepción de ser diferenciado y aislado, ¿cómo no caer en una depresión, por pasajera que ésta sea?

Don Víctor: Y ¿cómo explicar, contra todo instinto, ese querer morirse?

Don Hugo: Quizás seamos víctimas de un espejismo: confundimos desvanecimiento, algo lenitivo, las más veces placentero y breve, con la muerte, final y eterna… pero, dígame, don Víctor, ¿quién no quiere volver una vez restaurado?

Don Víctor: No es por nada, pero le quedó ¡clavadito!

Don Hugo: Espere, que se lo voy a regalar. ¿Sabe que tengo ya solicitado el permiso para copiar el Antonello?

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