
Don Hugo: ¿Digital o analógica?… Ésta es la cuestión. He aquí el dilema.
Don Víctor: ¿Qué hace usted con esa urna que parece funeraria, don Hugo?
Don Hugo: Usted, don Víctor, ¿querría que lo incineraran o prefiere la inhumación de toda la vida?
Don Víctor: Don Hugo, ¡por amor de Dios!… ¿es que ha tenido usted noticia grave sobre mi salud?
Don Hugo: Tranquilícese, don Víctor, que no hay nada de eso. Le hablo a futuro. ¿Qué le parece lo de la urnita?
Don Víctor: Muy desagradable. Tengo la impresión de que se trata de acelerar la desaparición de todo rastro de nuestra existencia.
Don Hugo: Yo lo veo como una manifestación más de esa alarmante compulsión a que actuemos como si a nuestras espaldas no hubiera nada, ningún pasado que nos precediera ni nos condicionara. Nada que respetar ni recordar, ninguna enseñanza que buscar. Ningún recuerdo que venerar…
Don Hugo: ¡Vamos, que nos quedamos sin cementerios!, ¡y todos al limbo, que nadie sabe dónde está!
Don Víctor: Sí, ¡ahí con los niños sin bautizar! Anda que no he perdido yo fotografías y otros documentos, irrecuperables ya, en la famosa nube…
Don Hugo: Quien viaja desprovisto de pasado, carece de visión de futuro. Su mirada se sabe tan corta que apenas es capaz de prever más allá del día a día, como cuando en el coche seguimos las indicaciones del GPS, que nos va indicando el camino, sí, pero kilómetro a kilómetro, y hurtándonos la visión de conjunto…
Don Hugo: … como las migas de Pulgarcito… ¡Ay, cuánto añoro los mapas de carreteras!
Don Víctor: ¡Cuánto tiempo nos lleva crecer físicamente y sobre todo intelectualmente como para desaparecer totalmente en un minuto! Se rompe la proporcionalidad. A mí me gustaría volver a la tierra lentamente, de manera gradual y “analógica”.