Centauro Flaubert

Don Víctor: ¡Qué bella es la muerte de Ofelia, don Hugo!… Y sólo puede serlo porque, en realidad, no es teatro: no la vemos, nos la cuentan. Es literatura.

Don Hugo: Sí, pero luego bien que nos la muestran los prerrafaelitas, con tanta minuciosidad como hermosura.

Don Víctor: Lo mismo que David cuando convierte el cadáver de Marat en la bañera en todo un monumento

Don Hugo: Pues, para mí, que en esta ocasión el doctor Juarros discreparía. Escuche usted, don Víctor: “¿Por qué los escultores griegos, cinceladores de tipos estéticos, abstractos, no se atrevieron a posar su inspiración en los muertos?”

Don Víctor: Es cierto que, aunque idealizados, los relieves del Cerámico los representan en su plenitud física, si bien con actitudes melancólicas…

Don Hugo: … como los encuentra Ulises en el Hades… ¡otra vez literatura!… Sí, pero, en cambio, ahí tiene usted el “Galo moribundo”.

Don Víctor: Ciertamente, don Hugo, pero ¿no es el mismo cuerpo en plenitud y parecido pathos que en aquellas estelas?

Don Hugo: ¿Y no le parece a usted que la música, con su capacidad transfiguradora, llega a permitir muertes sublimes sobre el escenario de un teatro?

Don Víctor: ¡Evidentemente! ¿No añadió el sabio Donizetti un número final a su “Lucrezia Borgia” para que hiciera llorar a todo el mundo el gran Moriani, “tenore della bella morte”?

Don Hugo: Parece que las distintas artes se hayan visto siempre obligadas a velar las miserias de nuestra carne mortal en la más dramática de nuestras situaciones. Fíjese usted en la santa muerte de don Quijote, tan sereno, sensato y caritativo en su postrer discurso, ya cuerdo y sabio, incluso antes de hallarse en presencia de Dios.

Don Víctor: Sí, con los dos pies prácticamente ya en los estribos…. Ahora bien, don Hugo, nuestra civilización no puede conformarse con esto. Siempre aparecerá quien enarbole la antítesis, quien no se conforme, quien agüe la fiesta, como aquellos centauros a los despreocupados Lapitas.

Don Hugo: Pero, ¿con qué me sale usted ahora, don Víctor? Ya está usted haciendo arte incluso hablando.

Don Víctor: Me refiero al centauro Flaubert, si le parece a usted bien. ¿No recuerda que usted mismo nos recitó a todos la muerte de Madame Bovary aquella vez en que Dupré se mareó en el autobús, allá por Cinque Terre?

Don Hugo: La verdad es que luego me remordió algo  la conciencia…

Don Víctor: Si es que la recitó usted entera mientras el pobre Dupré echaba hasta la primera papilla.

Don Hugo (declamando:) “Poco después tuvo un vómito de sangre. Su boca convirtióse en una línea finísima y se crisparon sus miembros. El cuerpo se cubrió de manchas oscuras. Al tomarle el pulso, se lo notaba vibrar como un hilo tenso, como la cuerda de un arpa próxima a romperse. Comenzó a gritar horriblemente…”

Don Víctor: La verdad, don Hugo, es que aquella vez superó usted todas las manifestaciones del centaurismo español que en demasiadas ocasiones hemos compartido con nuestros amigos.

Deja un comentario