
Don Hugo: ¿Está todo resuelto, don Víctor?… porque trae usted mala cara. ¿Qué le ha dicho Herranz?
Don Víctor: No sé por dónde empezar.
Don Hugo: Pero, don Víctor, si veo que tiene usted el pañuelo empapado. ¿Tan mal le ha pintado el futuro de nuestra fundación?… ¡Demonio de hombre, que le da ahora por llorar a la primera de cambio!… Si no puede ser, ¡pues no puede ser! Ya buscaremos por otro lado. ¡Que el mundo no acaba aquí!
Don Víctor: No, si yo no he llorado esta vez… ¡ha sido el propio Herranz!
Don Hugo: ¡Atiza! ¿El mismo Herranz, de “Herranz y Casau, abogados”?
Don Víctor: Como una Magdalena, don Hugo. No sé cómo, tras entregarle todos los documentos que nos pidió, más el proyecto y la memoria, después de felicitarnos por todo lo que llevábamos hecho y cómo nos complicamos la vida por unos fines tan altruistas, se ha puesto a enumerarme un centón de iniciativas suyas encaminadas al bien del prójimo, numerosas defensas de litigantes desamparados e insolventes y renuncias a derechos propios que en buena ley le correspondían, y todo en aras de la concordia entre las partes.
Don Hugo: Vamos, ¡que le ha contado su vida!
Don Víctor: Sí, sí, empecé a sentirme como san Pedro recibiendo las justificaciones de alguno que llama a las puertas del Cielo. ¡Ahí lo tenía usted, cada vez más emocionado y compadeciéndose a sí mismo!
Don Hugo: Pero… ¿Herranz, el del Lamborghini rojo, con esa esposa rubia tan jovencita, que podría ser artista de cine?…
Don Víctor: Eso pensé yo también y me ahorré las lágrimas. Es posible que Herranz sea tan bueno como se pinta a sí mismo, pero conozco yo a muchos igual de sacrificados, de honrados, de tenaces y de trabajadores que, por añadidura, pasan desapercibidos o incluso son desdeñados por la modestia de su porte y su actividad.
Don Hugo: Tiene usted toda la razón, don Víctor. ¡Cuántos héroes anónimos de lo cotidiano no se concitarían a nuestro alrededor durante la postguerra! ¡Con qué espaldas tan anchas cargaban con tanto azacaneo y tantas penurias sin rechistar ni llorarle a nadie, mirando siempre por los demás!
Don Víctor: ¡Con qué parsimonia se abre una flor en medio de aquel paisaje de sombras y privaciones!… pero se da, ¡se da!… Acuérdese de Bahamontes….
Don Hugo: ¿Bahamontes?… ¿Que tiene que correr la Vuelta al País Vasco?… Pues se sube a su bicicleta y para allá que va desde Toledo, sin pedir a nadie ni un duro ni un chusco de pan.
Don Víctor: ¡Claro, así se iba entrenando por el camino, y sin dar lástima a nadie!
Don Hugo: Y luego iba y la ganaba y, un día, hasta le llegó el Tour… pero, bueno, don Víctor, ¿qué pasa con nuestra fundación?… ¿Tenemos posibilidades?
Don Víctor: Entre hipidos y sollozos, Herranz me ha prometido conseguir la Declaración “de utilidad pública”. Eso sí, nos va a salir por un pico.
Don Hugo: ¡Todo sea por el maillot amarillo!