El magnetismo del matón

Don Víctor: ¡”Los muertos mandan”, del olvidado Blasco Ibáñez! Recuerdo que en esa novela me sentí de repente en medio de un homenaje popular, en una villa vasca, a un etarra recién salido de prisión.

Don Hugo: Pero, don Víctor, ¡que se ha confundido usted de autor y de libro!

Don Víctor: ¡En el puerto de Ibiza ante la llegada de Ferrer, el matón de su pueblo!…

Don Hugo: ¡Ah sí, aquel verro!

Don Víctor: … un verro acaba de cumplir condena por asesinato.

Don Hugo: ¡Aquí está!… Tiene usted razón, pero escuche lo que dice aquí: “Los señores de la ciudad protestaban con indignación de estas costumbres bárbaras e inmorales de la payesía”… ¡Qué anticuado se ha quedado!… ¿Sabía usted, don Víctor, que Landrú, una vez en prisión, no paraba de recibir cartas de mujeres enamoradas?

Don Víctor: No sé yo si su Freud lo habrá estudiado, pero pienso que muchas veces vamos directamente a las fauces del lobo para evitarnos la insoportable ansiedad e incertidumbre de su amenaza permanente.

Don Hugo: Aunque no se lo crea, no va desencaminada su idea. Explicaría, entre otras cosas, el incomprensible síndrome de Estocolmo.

Don Víctor: Ciertamente el boxeador, a punto de ser derrotado, se abraza al rival para imposibilitarle los golpes, pero qué duda cabe también que su cuerpo manifiesta así afecto al agresor.

Don Hugo: Sí, don Víctor, es eso de “Tú me sacudes, pero yo te quiero”.

Don Víctor: A ver si así, a fuerza de quererte, me llegas a querer tú también.

Don Hugo: ¡Y no me matas!

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