
Don Hugo: Dígame usted, don Víctor, ¿qué es lo que queda de nuestro Marquina, con su prosopopeya y su rimbombancia patriótica?
Don Víctor: Para mí, que, desde el principio, sonó a cajas huecas y se marchitó “como las verduras de las eras”.
Don Hugo: Y, sin embargo, repare usted en el éxito avasallador del Cyrano de Rostand.
Don Víctor: Es que el Cyrano, aparte de revivir espléndidamente los versos clásicos de Racine y Corneille, amén de ser amenísima y pletórica de humor, pesca en la frustración y el ánimo de revancha nacionalista ante la derrota de 1871.
Don Hugo: Sí, don Víctor, pero es que a nosotros bien que nos escocía también la pérdida de las últimas colonias.
Don Víctor: Marquina, en primer lugar, no tiene sentido del humor; en segundo lugar, sus versos adolecen de retórica acartonada y sus personajes no interesan… pero creo, don Hugo, que el sentimiento patriótico en nuestro país encontró en los teatros otra vía de expresión, vibrante y sincera.
Don Hugo: Calle, que le estoy adivinando. El efecto electrizante en toda España de las jotas de nuestros zarzuelistas.
Don Hugo: Ahí jugaban con ventaja al incorporar la música, que es la mejor de las retóricas…
(cantando:) Mi patria clavó esta cruz
En la tumba de un querer…
Don Víctor y don Hugo (cantando:) Bendito el amor de España
De España, de España