
Don Hugo: Mire usted, don Víctor, hay algo en las películas que siempre me ha exasperado y es que los hijos nunca se parezcan a los padres ni los hermanos entre sí. Es una incongruencia contra el verismo consustancial al cine.
Don Víctor: Si sólo fuera eso, don Hugo… Recuerdo que en la versión cinematográfica de “Mucho ruido y pocas nueces” de Kenneth Branagh, el rey de Aragón es negro. En el teatro, tratándose de un buen actor, lo habría aceptado perfectamente, pero en el cine se me atraganta.
Don Hugo: El cine está demasiado apegado a la piel de la realidad como para permitir semejantes suplantaciones.
Don Víctor: En cambio, el teatro impone otra distancia, con su perspectiva y su visión de conjunto.
Don Hugo: Como mucho, modernamente, mediante el juego de focos, reduce el campo óptico, pero nunca nos acerca al personaje.
Don Víctor: Claro, don Hugo, el rey de Aragón seguirá pareciendo negro, pero lo que cobra relevancia es la voz y el movimiento de su cuerpo entero. Ya no es un usurpador como lo era en la pantalla.
Don Hugo: Más convencional aún que el propio teatro es la ópera.
Don Víctor: ¡Que también es teatro, como nunca se cansó de recordarnos el maestro Alfredo Kraus!
Don Hugo: ¡Qué importa que la Norma, que trae de cabeza a los centuriones romanos, no sea una odalisca en toda regla con tal de que cante divinamente!
Don Víctor: Todo cuanto aquí hemos debatido se corresponde con el siglo XX, pero ya antes, en el XIX, se daba esta gradación de exigencias, estando en la base de la ficción la novela.
Don Hugo: La lectura es un acto privado y solitario en que cabía incluso lo sórdido. El teatro supuso ya un acto social donde todo el público se estaba viendo. Hay cosas que no se podían mostrar ni escuchar.
Don Víctor: El mejor ejemplo nos lo proporciona la metamorfosis de “La Dama de las Camelias”: de novela a drama y de éste a ópera.
Don Hugo: Sí, en la ópera la estilización es todavía mayor e incluso la gran cortesana parece una conmovedora criatura angelical, víctima inocente de la sociedad.
Don Víctor: Claro, se ahorran peleas entre los amantes que sí se muestran en el drama y chocarrerías de la protagonista que, en la novela, avergüenzan a Armand.
Don Hugo: El cine ha venido a enlazar con la novela.
Don Víctor: No sé si era Mihura quien decía que “le habría prestado la novela “La dama de las Camelias” a una prostituta; habría visto el drama con Tono, Edgar Neville y Mingote; y habría llevado a su mujer y sus sobrinas a ver “La Traviata”.