¡Muerte al teatro!

Don Víctor: ¿Usted cree, don Hugo, que llegarán a prohibir el teatro?

Don Hugo: Hombre, don Víctor, por algo se empieza… Repare usted en todos los ataques al teatro sacro por antonomasia, la tauromaquia.

Don Víctor:  Ah, claro, se refiere usted a cuanto piensa Peter Brook, que el teatro primigenio evoca a una divinidad, la invoca y la reclama para que se haga presente entre los fieles. El primer teatro es litúrgico y el actor es sacerdote oficiante. ¿No es eso el matador, no comulgan los espectadores en ese mándala que es la plaza?

Don Hugo: ¡Qué bien lo ha expresado usted, don Víctor! Y cómo pone sus barbas a remojar cuantos se suben a unas tablas para representar lo que se da en llamar teatro convencional.

Don Víctor: Mil ojos internáuticos los escrutan y mil oídos se aguzan para detectar el máximo eco de lo patriarcal, lo no sostenible, lo xenófobo, lo no inclusivo…

Don Hugo: Sí, ahora nos ocurre a todos lo que Rousseau en sus manifestaciones paranoides expresaba, que “el suelo tiene ojos y los muros oídos” y que estamos “rodeados de espías y vigilantes malintencionados”.

Don Víctor: “Que me den seis líneas escritas por la mano del hombre más honrado y hallaré en ellas algún motivo para ahorcarlo”

Don Hugo: Eso sería en tiempos de Richelieu, que ahora con seis palabras, basta.

Don Víctor: Pues mire, don Hugo, para mí que para explicar todo esto habrá que volver a nombrar a don Jean-Jacques. De él nos llegó la traición más inesperada: en una más de sus flagrantes contradicciones, arremete contra el teatro, como un talibán cualquiera, por perturbar el orden social y dar malas ideas al pueblo.

Don Hugo: Sí, sí, don Víctor, ¡el mismo que inventó el “Pacto Social”!

Don Víctor: Claro, don Hugo, no olvide usted su educación calvinista y lo mal que le tuvo que saber la crítica de d´Alembert de que los ginebrinos carecieran de teatro.

Don Hugo: En definitiva, don Víctor, quememos los teatros y de paso las bibliotecas… y que ¡viva Kim Jong Un!

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