NIÑO PERDIDO

Don Víctor: La había dejado a la puerta de no sé qué comercio. ¿Por qué hice eso?… No puedo recordarlo. Sólo sé que tengo que cruzar Madrid a toda prisa para recuperarla, pero todo me lo impide: me desoriento, la policía ha cerrado la avenida, quiero dar un rodeo y no reconozco nada, quiero correr y las piernas no me responden. Además, luego, una masa ingente me arrolla por la calle que tuerce y me lleva no sé adónde…
Don Hugo: Pero, dígame, don Víctor, qué edad aproximada tenía su hija Celia en esa pesadilla.
Don Víctor: ¡Tres años!
Don Hugo: No se me apure usted. Eso es que su psique descompensada sale en busca del anima, esa parte femenina que corresponde a todo hombre equilibrado. ¿Qué es el folklore, en gran medida, sino la expresión de la carencia de animus y anima y, por tanto, de la necesidad y voluntad inconscientes de colmar ese vacío, en definitiva de hallar la plenitud psíquica?
Don Víctor: Oiga, don Hugo, hoy le veo a usted más junguiano que freudiano, pero si le parece que con eso voy a sobrellevar mejor esta descompensación, pues …¡viva Jung!
Don Hugo: No se crea, don Víctor, en mi interior se concilian ambos.
Don Víctor: A mí me llevó a pensar en aquella pobre criatura extraviada en las populosas calles de San Petersburgo…
Don Hugo: ¡”El adolescente!”, de Dostoievski.
Don Víctor: El chavalín sale corriendo cuando el protagonista se le acerca con ánimo protector. Y no se vuelve a saber nunca de él. ¡Pobrecito!
Don Hugo: ¡Y que lo diga! Lo que sufrí yo cuando, por primera vez, en misa, leyeron aquel episodio de los Evangelios en que el Niño Jesús no se encuentra ni en la caravana de los hombres ni en la de las mujeres, que vuelven a Nazaret.
Don Víctor: Ése es el sentimiento lacerante de responsabilidad que me hace despertar, aterrado. ¿Cómo he podido fallar así a la criatura? ¡Padres descerebrados!
Don Hugo: Si no fuera por ese sentimiento de culpa de sus progenitores, ¡vaya castigo que le hubiera caído al hijito del carpintero!
Don Víctor: Sí, se hubiera tirado todo un día igualando las patas descompensadas de las mesas que hacía su padre.

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