
Don Hugo: ¿Está usted viendo lo que yo, don Víctor? A pesar de las apariencias, vamos más uniformados que los chinos en la época de Mao.
Don Víctor: Veo que todos llevan vaqueros y lucen, de balde, propaganda en petos y espaldares.
Don Hugo: Y hay un único sexo, por más que haya ahora tantos géneros…
Don Víctor: Seguro que recuerda usted, don Hugo, cómo sin darnos cuenta, de niños, aprendimos a reconocer a aquéllos con quienes nos cruzábamos por las calles de Madrid, aunque no los hubiéramos visto antes: el hortera, la chacha de casa pobre, la de casa bien, el carbonero, el tabernero, la suripanta, el magistrado, el pasante de un bufete, el oficinista, la taquimecanógrafa…
Don Hugo: … hasta alcanzábamos a distinguir un agustino de un carmelita.
Don Víctor: Hoy en día, estamos todos igualados por abajo por obra y gracia del vaquero universal.
Don Hugo: Si hasta las alfombras rojas, donde se exhiben los últimos modelitos, parecen una fiesta de frescachonas camareras de road movie.
Don Víctor: En sí el vaquero era una prenda de gran dignidad, como ropa de trabajo del obrero rural.
Don Hugo: Claro, pero fíjese qué tempranamente se produjo un achabacanamiento semejante cuando empezó nuestra guerra civil. De un día para otro, todos se enfundaron el mono proletario, obedeciendo al instinto de mímesis social… ¡incluso las chicas!
Don Víctor: Y qué coqueta la mujer de Malraux cuando se presentó en España de aquella guisa, con un precioso mono de Chez Lanvin.