
Don Hugo: Pero dígame, don Víctor, ¿de manera que ya no quiere usted disfrazarse de Groucho esta vez, con lo bien que lo hizo hace cinco años?
Don Víctor: Es que mi visita ayer a Resu, en su residencia, lo ha cambiado todo.
Don Hugo: ¿No me diga que ha tenido un bajón o que le ocurre algo peor?
Don Víctor: No, gracias a Dios, lo encontré muy bien de salud y con mejor cabeza que nunca. Si hasta me dio toda una lección dialéctica, ¡con lo bruto que ha sido siempre!
Don Hugo: ¡Arrea!
Don Víctor: Todo partió del disgusto que tiene con su nieto, abogado y ya con treinta años, que sigue viviendo con sus padres y no puede ni pensar en juntarse con su chica ni comprarse una casa. ¡Si gana tanto como el propio Resu con su pensión de portero!… y sus amigos, también todos licenciados, están igual.
Don Hugo: Pues porque está en la residencia, que si siguiera en la portería ¡ya estaba desenterrando el fusil de la carbonera!
Don Víctor: Yo empecé a argüirle que mientras en nuestro país no se aumente la productividad, no habrá manera de que la economía permita un aumento de los salarios, que los tenemos tan bajos… pero él opuso el embalsamiento de un verdadero ejército de trabajadores de reserva en paro, que tiran para abajo de los salarios por cualificados y productivos que sean los empleados.
Don Hugo: La culpa ha sido de la globalización: las grandes empresas deslocalizan su producción y, claro, a ver quién compite con los obreros del Tercer Mundo.
Don Víctor: También se lo dije, pero él me argumentó que eso sólo había sido posible por la concentración de capital. Entonces yo quise responsabilizar además a los sindicatos, que parece que también se hayan jubilado y él, entonces, me contradijo poniendo en evidencia el abandono por parte de los gobiernos supuestamente democráticos de todas las políticas sociales que protegieron a los proletarios.
Don Hugo: Vamos, que le sacó usted de sus casillas al bueno de Resu…
Don Víctor: Sí, llegó a gritarme que nuestro gobierno y los de los países como el nuestro estaban haciendo lo mismo que los tiranos corruptos africanos tras la descolonización, dejándose untar a cambio de vender sus países a las empresas transnacionales.
Don Hugo: ¡Vamos, que se pone usted a razonarle las tesis revisionistas de Bernstein y le arrea un guantazo!
Don Víctor: No se crea que no se me ocurrió, porque seguro que Resu ni lo conoce, pero lo peor es que comprendí inmediatamente que no hacía ninguna falta que lo conociera porque nos está fallando en todo.
Don Hugo: Hizo usted bien en callarse, don Víctor, porque la realidad está dando la razón, a día de hoy, a Rousseau, quien ya escribía en pleno siglo XVIII, con respecto a la organización social de su tiempo, “que era una funesta constitución aquella en que las riquezas acumuladas facilitan siempre los medios de seguir acumulándolas, mientras que al que nada tiene le es imposible adquirir nada”. ¡Fíjese usted, don Víctor, allí esta en germen la tesis marxista de la pauperización general de la población!
Don Víctor: ¡Y yo que hasta ayer pensaba que la razón la tenía Groucho Marx y no Karl!