
Don Hugo: Dígame, don Víctor, ¿son ganas de protestar por protestar o realmente ese movimiento vecinal de Tetuán en defensa de su neomudéjar tiene sentido?… porque en el caso de las Escuelas Aguirre, por ejemplo, está claro que sería una barbaridad borrar del mapa un edificio tan singular, resultado de un cuidadoso proyecto arquitectónico, de una gran inversión y de un programa decorativo muy elaborado y armonioso… pero en el caso de esas casitas de Tetuán…
Don Víctor: Es verdad que, a veces, se trata de pequeñas fachadas de edificios muy modestos que, arquitectónicamente, no son nada. Ahora bien, allí están los primores de aquellos maravillosos caravisteros, un patrimonio artesanal que sí merece todo el respeto y que es uno de los ornamentos de Madrid donde tantas vulgaridades sin carácter se acumulan.
Don Hugo: Supongo que también habrá otro elemento de tipo afectivo…
Don Víctor: ¿No será aquello de que la casa es el símbolo del cuerpo femenino?
Don Hugo: Déjese ahora de bromitas psicoanalíticas, don Víctor, que estoy hablando en serio. Quería decir que para los vecinos de estas obras tan características, forma parte de la identidad del barrio. Hace del espacio próximo un lugar antropológico lleno de connotaciones familiares, que son interiorizadas por todos.
Don Víctor: Eliminarlas sería borrar la memoria y socavar la identidad del barrio.
Don Hugo: Veo que tiene toda la razón, don Víctor. No es un capricho… No obstante, dejando aparte este caso, he de plantearle otro, y no pequeño: con lo contentos que vamos siempre a los toros y ¡es llegar a la vista de la plaza y sentir un cierto malestar!… mire que habré hecho análisis introspectivo para explicármelo, que si esa monumentalidad exenta y rotunda es la del opresor Superyo, que si su clausura sobre sí misma desencadena en mí una desazón narcisista que creo ya superada, que si…
Don Víctor: Pare usted, don Hugo, que la explicación se esconde en el primer pliegue de su discurso: Monumentalidad. ¿A que no le ocurre lo mismo cuando nos acercamos, por ejemplo, a la arena de Verona?
Don Hugo: Es verdad. Cuántas veces hemos estado y nunca he sentido ese comején.
Don Víctor: La decoración del mudéjar, tan pictórica, hecha de un prolijo claroscuro que desmaterializa los paños y esconde la estructura, dota de atractivo y pintoresquismo al quiosco, al recoleto patio porticado de pequeños pabellones con su fuente y canalillos, a la airosa torre que espejea con sus incrustaciones esmaltadas… pero enmascara y estorba la noble y grandiosa estructura de un anfiteatro a la romana. Para mí, don Hugo, que su malestar es estético.
Don Hugo: Ya veo, don Hugo, que, gracias a Dios, no era para tanto. Además, ahora que lo pienso, toda esa menuda decoración tampoco llega a disfrazar la plasmación tectónica del espíritu clásico. Ahora mismo, y de memoria, se me antoja como caprichosas colgaduras tendidas desde los balcones y ventanas en un día de fiesta.
Don Víctor: ¿Para cuándo volvemos a los toros, don Hugo?
Don Hugo: Para el día ocho, en que torea Morante, que se está convirtiendo en émulo de Gallito.
Don Víctor: Ya verá usted cómo no va a sentir la mínima molestia.