El velatorio de Valeriano

Don Víctor: Cómo lo sentí, don Hugo…. Fue marcharse usted del velatorio y empezó lo mejor. Hacía años que no nos reíamos tanto en la familia.

Don Hugo: Es típico de los funerales suscitar incontenibles jolgorios liberadores de una tensión psíquica inducida por la muerte del ser querido. No deja de ser un ejemplo más de las metáforas hidráulicas del psicoanálisis, tal y como con afán crítico las llama el conductista Bandura, con sus presiones y descompresiones.

Don Víctor: ¿Se refiere usted a si llorábamos de risa?

Don Hugo: En cierto modo: concentrando la presión en un lado, descomprimimos otro.

Don Víctor: Le dio a Daniel por contar una anécdota del difunto y fue empezar y no parar… Recordará usted, don Hugo, esa enorme cicatriz de mi primo Valeriano que le cubría la mejilla izquierda y que él mismo se había hecho hurgándose un grano, ¿verdad?

Don Hugo: ¡Atiza! Yo nunca me creí aquello de la selva y el zarpazo del tigre… ¡pero que se lo hiciera de esa manera!

Don Víctor: Claro, pero mis hijos, de pequeños, se lo creían a pies juntillas. Como lo de que mató a David Crockett en El Álamo: se escondió debajo de su cama y, cuando todos dormían, salió y le clavó un puñal en el pecho.

Don Hugo: ¿Y no me dijo usted, en una ocasión, que hacía creer también a sus hijos que se comía las avispas?

Don Víctor: Sí, las cazaba al vuelo en el chalé de Cercedilla, las agitaba dentro de su puño, aturdiéndolas, y, luego, poniendo la cara de perfil, simulaba tragárselas… ¡para admiración de los chavales y para indignación de Julita por su mal ejemplo!… También les fascinaba con sus cosas de bichos. Tuvo en su casa sucesivamente serpientes, lagartos, un autillo que paseaba como un nigromante sobre su hombro y, por último, en un acuario, unos zapateros que cogió en el Alberche.

Don Hugo: ¡Vaya manera de ir a menos, don Víctor!

Don Víctor: Celia nos recordó la suciedad plutónica que atesoraban por dentro los cuellos de sus camisas y el agua negra que salía de sus manos cuando venía a comer a casa y se las lavaba. Los niños hacían corro para presenciar aquel espectáculo, que tanto enorgullecía a su tío.

Don Hugo: ¿Y cómo llegaba así a su casa?

Don Víctor: Conducía una moto DKW bastante vieja por las calles de Madrid, siempre a cuerpo -aunque luego, para compensar, durmiera con seis mantas-, y con las manos pringadas de grasa… Por cierto, como también nos recordó Celia, a la mesa no usaba servilleta porque “eso es de cursis” y directamente, tras haber pelado unas gambas, se pasaba los dedos por la cabeza.

Don Hugo: Yo a eso lo llamo “fijador natural”, sin conservantes ni colorantes… una auténtica y precursora toilette sostenible.

Don Víctor: Luego Francisco recordó cómo le daban todos puñetazos en el estómago, mientras comía las lonchas de jamón de Jabugo que le ofrecíamos, sin expresar el mínimo dolor y sí el placer de degustar algo tan selecto.

Don Hugo: ¡Caracoles! Como Polifemo devorando marinos mientras le lanzan venablos enanos contra la panza…

Don Víctor: Algo así… Cada vez que venía a casa, Julita se echaba a temblar, pero para los niños era una fiesta y eso que, a veces, colocándose una moneda entre los dedos índice y corazón, les acariciaba arrastrando el canto de la moneda por la cocorota, hasta arrancarles un grito… pero ellos ¡tan felices de que luego los llamara “cretinitos”!

Don Hugo: ¿Cómo?… ¡Cretinitos!…

Don Víctor: Sí, sostenía que los bebés son auténticos cretinos, que ni hablan, ni caminan, ni razonan, miran sin ver… Recuerdo cómo doña Adela, una antigua amiga de la familia, le preguntó, una vez que vino por Madrid, por mi hermana Charito, y Valeriano le contestó que estaba muy bien, que se había casado y que tenía tres cretinitos. “¡Ay, la pobre, cómo lo siento!”, se lamentó la buena señora. También nos recordó Daniel cómo les decía, cuando iban al colegio, que no estudiaran pues aprobar estudiando no tenía mérito alguno, que eso lo hacía cualquiera. Y, a los niños varones, que nunca se les ocurriera fumar, que eso era “un vicio feminoide”.

Don Hugo: Veo que lo pasaron en grande. ¡Lástima que ayer toreara Morante y tuviera yo que marchar tan pronto!

Don Víctor: Hubo más, don Hugo. Por lo visto, en una ocasión en que estábamos tomando puré de lentejas, empezó a protestar de la mala fama de la mierda, que si la gente dice “eso es una mierda”, que “¡vaya una mierda!”, que “¡vete a la mierda!”… que él la había probado y que no estaba mala, que incluso ofrecía un cierto regustillo dulzón, nada desagradable.

Don Hugo: Esto me confirma que Julita es una santa.

Don Víctor: Atienda a lo mejor: cuando todos los veranos, los niños marchaban en tren hacia la costa, con sus abuelos, él iba a despedirlos a la estación y, apoyándose en la parte trasera del furgón, desencajando histriónicamente sus rasgos, fingía empujar todo el convoy cuando se ponía en marcha.

Don Hugo: ¡Una auténtica prueba de Hércules!

Don Víctor: Los niños, desde la ventanilla, aplaudían entusiasmados… Total, que yo también me apunté y me vi desgranando mi propio repertorio, suscitando nuevas carcajadas. Por ejemplo, ya que hablamos de cacas, recuerdo que él pasó algunos veranos en Alemania para aprender la lengua… ¡y que no aprendió nada!, y luego, a su vuelta, enseñaba a los amigos, dentro de una cajita muy coqueta, una mierda, que él presentaba como artificial, en todo igual a la biológica, ¡puesto que era auténtica!, prueba irrefutable, proclamaba, de lo avanzada que estaba la industria química pesada alemana. “Huélela, tócala con el dedo, pruébala… ¡Si es que está clavada!… ¡lo que no sean capaces de hacer estos alemanes…!” Y los amigos picaban.

Don Hugo: ¡Una prueba más de la fascinación regresiva que el excremento sigue ejerciendo en el adulto!

Don Víctor: En otra ocasión, a unas señoras de la cuestación contra el cáncer, les soltó: “De ninguna manera, señoras. Yo soy íntimo amigo del cáncer y no debo traicionarle”.

Don Hugo: ¡Vamos, que ni Ramón Gómez de la Serna!

Don Víctor: No en vano decía Julita que el primo Valeriano era el último bohemio: no quería que le regaláramos ropa ni calzado nuevos. Prefería gastar lo que desechaban sus conocidos, aunque fuera rellenando con periódico la punta de los zapatos grandes y afeitándose con las cuchillas usadas.

Don Hugo: Claro que sí, ¡desafiando al Sida como un valiente!

Don Víctor: Afirmaba que el sexo femenino no estaba oprimido y que así lo probaba el hecho de que los servicios femeninos estuvieran siempre limpios, mientras que los aseos masculinos eran auténticas zahurdas.

Don Hugo: Como boutade, no está nada mal, la verdad…

Don Víctor: Ahora, lo que nunca supimos a ciencia cierta fue de qué y cómo vivía, pero es que ¡siempre estaba contento!, y, sin embargo, ¡se quejaba de que nada le entusiasmaba vitalmente!

Don Hugo: Pero, don Víctor, ¿no logró escapar de una checa en Madrid? ¿No fue desde Mallorca a Roma al acabar la guerra para agradecer a Pío XII su apoyo a la Cruzada? ¿No estuvo a punto de perder nariz y orejas, por congelación, en una operación especial de sabotaje contra los tanques soviéticos durante su participación en la División Azul? ¿No le puso una bomba al general Varela por monárquico?… ¿No ha muerto a una edad tan avanzada, en plena caminata, a la vista ya de Santiago de Compostela?

Don Víctor: Al final, nos hizo ver Julita, que había estado llorando en un rincón, que era un superviviente de un tiempo y de una generación: mientras que Emilio Carrere, tras la guerra, se acomodó a la España que le tocaba en suerte, Valeriano, mucho más joven, siguió viviendo toda su existencia sin transigir ni adaptarse, siempre a contrapelo.                

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